domingo, 25 de junio de 2017

No me gusta el término “FACILITADOR”

No me gusta el término “Facilitador” cuando se usa para referirse a un maestro, instructor o entrenador de un grupo de personas.  

Me estorba el término, porque se auto define como alguien capaz de hacer que lo difícil se vuelva fácil… eso podrá estar bien en algunos ámbitos, pero no creo que al hablar de educación sea algo que nadie deba ofrecer ni mucho menos otros debamos esperar. 

A mí me gustaría que los maestros de mis hijos, hicieran lo humanamente posible por enseñarles todo lo que deben aprender, que pudieran ser su compañía en todo el proceso de aprendizaje; no importa cuánto tiempo les lleve ni qué tengan que hacer para lograrlo, pero sin facilitarles nada. Es decir, que me gustaría pensar que un maestro es un acompañante a lo largo de todo el camino, pero no un facilitador, pues no esperaría, ni mucho menos exigiría que el proceso de aprender fuera fácil. Podrá ser desafiante, interesante, cansado, por ocasiones tedioso, algunas veces incluso divertido, pero no fácil.

Todo proceso de educación o capacitación, supone que el alumno adquiera conocimientos y/o desarrolle habilidades que aumenten su competitividad. Muchas veces serán conocimientos o habilidades nuevas, y quizá algunas veces sólo se trate de recordar o reaprender algo por segunda vez. En cualquier caso, presupone un proceso de aprendizaje, entrenamiento y práctica. ¿De dónde sale la cándida idea de que aquello tiene que ser fácil, si todo proceso de aprendizaje implica esfuerzo y disciplina?

Es cierto que a veces la suerte, la fe, o quizá hasta el universo pareciera que conspiran en nuestro favor y nos benefician de manera inexplicable, habría que aprovechar esas oportunidades. A mí la vida me ha enseñado que es mejor creer en nuestro propio potencial, transformarlo en trabajo con dedicación y disciplina, y enfocarlo en aquello que se queremos lograr.

Yo estaré más agradecido con los maestros de mis hijos, si fungieran más como guías y compañeros en su proceso de aprendizaje que como facilitadores de todo aquello que les represente un reto, me encantaría que fueran ellos quienes los lleven a poner en práctica el inspirador pensamiento del General Venezolano Francisco de Miranda, quien nos dejó como parte de su legado que el tamaño de nuestro éxito, será del tamaño de nuestro esfuerzo.


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domingo, 18 de junio de 2017

Diálogos con mi hijo


Mi pequeño Pablo me preguntó:

-¿Qué te gustaba más, ser niño o ser adulto?
- Me gustaba más ser niño cuando era niño, pero ahora me gusta más ser adulto.
- ¿Por qué?
- Porque todas las etapas de la vida son bonitas, siempre y cuando las sepas disfrutar.

Si cuando eres niño te la pasas deseando ser adulto, estarás perdiendo el tiempo, porque desearlo no te convierte en adulto, ni te podrás divertir como si lo fueras. Así que más te conviene aprender a disfrutar la vida como niño mientras lo seas.

También funciona igual cuando eres mayor. A mí de nada me serviría querer volver a ser niño, porque eso no va a suceder. Así que prefiero disfrutar la vida de acuerdo a la edad que tengo, porque de todas formas esa tengo.

Así como hay  niños y adolescentes que les encantaría ser mayores, también hay adultos que darían todo lo que tienen por volver a ser jóvenes y hasta niños.  Tal vez dejaron cosas pendientes por hacer en aquellas etapas, o quizá no quieren aceptar que la vida avanza y que es mejor avanzar junto con ella.  No lo sé.

Tu por ahora diviértete como niño, cuando crezcas aprende a disfrutar la vida como joven y luego como adulto. En esos pequeños secretos, la vida esconde sus mejores tesoros y te los da como si fuera una gran recompensa.

-          -    ¿A ti ya te la dio?
-          -    Por supuesto que ya
-          -   ¿Cuándo?
-  Cuando me convertí en papá.

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miércoles, 14 de junio de 2017

La Comunicación, ese eterno problema

Cuando estudié en la universidad, teníamos una serie de materias que formaban parte del llamado “Tronco común”, y  no era otra cosa que un grupo de materias de curso obligatorio independientemente de la carrera que escogieras. Ahí estaban “Redacción en Español”, “Redacción Avanzada” y “Expresión Oral”.

¡Ah cómo se quejaban muchos compañeros de aquellas clases!, y no me remonto a la época de prepa o secundaria donde existían sus equivalentes, porque ahí los intereses eran otros, pero ya en la universidad, cuando se supone que estás adquiriendo herramientas que te van a servir toda la vida, había una terrible resistencia contra esas 3 materias, especialmente con las 2 primeras que implicaban aprender a redactar.

En su momento estas materias no me quitaron el sueño, y aunque quizá no eran tan divertidas como las específicas de mi profesión, digamos que hubo otras que sí me hicieron sufrir. Años más tarde, y siendo parte de una empresa, me doy cuenta de lo importante que fueron aquellas 3 materias, pues en casi toda mi experiencia laboral he visto que el problemas más recurrentes y constante en toda organización es la mala comunicación entre sus colaboradores, y entre éstos y los clientes y proveedores. Eso no significa que no haya comunicación, sino que la que existe, suele ser de muy mala calidad.

¿A qué se debe?,  seguramente a múltiples factores. Aunque a cada rato me vienen a la mente algunos compañeros que argumentaban  -  ¿Para qué quiero saber redacción y ortografía, si yo voy a tener una secretaria para que haga eso? – comentario más misógino y pendejo no podían haber dicho…  y me pregunto yo: ¿Por qué pensaban aquellos angelitos, que “alguien” iba a hacer por ellos, lo que ni ellos mismos estaban dispuestos a hacer? 

Ahora  más que nunca, lo que nos sobran son aparatos para comunicarnos, tenemos medios que en nuestra juventud ni siquiera imaginamos, pero los problemas de comunicación continúan.  ¿A qué se debe? Pues a que el principal problema sigue estando en las  personas, y no en los aparatos. En esa incapacidad de saber transmitir ideas con claridad, llamándole a las cosas por su nombre y entendiendo que la responsabilidad de que un mensaje se comprenda radica en quien lo emite, y no en quien lo escucha.  Para decirlo más claro: Si este texto no se entiende, será debido a una incapacidad  de quien lo suscribe, y jamás se debe responsabilizar de su comprensión a quien solamente lo lea.

Otro problema común, consiste en que nos cuesta trabajo distinguir una idea central de una idea periférica:
-         -  ¿Cómo sucedió el accidente?
-    -  Íbamos llegando al restaurante… ya vez que era cumpleaños de mi tía, la hermana mayor de mi mamá, la que vive en Mérida… Cuando escuchamos un ruido… haz de cuenta como si se hubiera caído algo muy pesado… y volteamos hacia la ventana y vimos el auto con las llantas para arriba…

O revolvamos hechos con suposiciones, y todavía las mezclamos con un poquito de nuestras propias opiniones.
-      -     ¿Por qué no pudieron entregar el paquete?
  - Pues llegamos a la oficina, y otra vez estaba cerrada, a mí se me hace que fue porque salieron temprano a comer…. Ya vez que con ellos siempre es lo mismo… ya vez cómo son… a mí por eso no me gusta ir ahí, yo prefiero para la próxima…

Y por si lo anterior fuera poco, a veces también evadimos nuestra responsabilidad culpando a otros de nuestras incapacidades:

-         -  ¿Qué pasó con el reporte que te pedí?
-     -  ¿El reporte?... lo que pasó fue  “de que”… ya ve que se enfermó la secretaria… y que quedó de mandarme unos datos… y pues ya se los pedí pero yo creo que no ha visto mi correo porque como no vino… pero yo creo que mañana ya va a venir, así que si quiere se lo hago para mañana…

Problemas de comunicación, existen por montones y de ejemplos pudiéramos hacer varios tomos.  
Pero la realidad es que aprender a comunicarnos es una habilidad que se puede aprender sin importar la edad que tengamos o el rol que nos toque jugar dentro de una organización. 

Dejemos de inventar excusas y hagámonos responsables de los mensajes que emitimos. Si todos fuéramos más conscientes de la importancia de este tema y del quebranto que puede causar en una empresa cuando este recurso no se cuidad, tendríamos  más cuidado en la forma de expresarnos, sobre todo desarrollaríamos la costumbre de asegurar la comprensión de nuestros mensajes. Si lográramos hacer eso, nuestro trabajo y por consiguiente nuestra vida personal se verán rápidamente recompensados.






sábado, 27 de mayo de 2017

Hogar - Empresa /Tiempo para uno mismo

¿No sientes que a veces necesitas tiempo para ti mismo?, ¿No sientes que en ocasiones el trabajo y la familia acaban con tu tiempo?, ¿Que cuando finalmente ya todos se han ido, quedas tan exhausto que lo único que quieres es dormir?

A mí sí me ha pasado, y  por momentos me estresaba no poder encontrar tiempo para mí mismo. Estaba tan inmerso en mi trabajo y dedicándole a mi familia el tiempo que me sobraba del trabajo, que sentía que los días pasaban y nunca me daba tiempo para mí.  Tiempo para hacer mis cosas personales, es decir, las cosas que me gustan a mí. Yo formo parte de esa generación a la que alguien tuvo la simpleza de llamar despectivamente “Equis”, y muchos  contemporáneos estarán de acuerdo en que cuando éramos niños hacíamos lo que nuestros padres decían y ahora que somos adultos nuestros hijos quieren que hagamos lo que ellos dice, total que si nos descuidamos se nos va la vida y pareciera que lo único que hemos hecho en tantos años ha sido aprender a  obedecer.  Pero no, tampoco es así de dramático.  

La realidad es que casi siempre hago lo que nos gusta, porque lo que más me gusta es estar con mi familia y cumplir con mi trabajo. Lo que sucede es que por momentos el agobio llega a ser tanto, que uno añora tener un rato de soledad o de reposo para recargar baterías como “en aquellos tiempos”, cuando el trabajo era poco o nulo y la familia actual todavía no existía.

Si bien, siempre debe uno darse tiempo para todo, no siempre es tiempo de poder hacerlo todo, pues ciertas circunstancias personales o familiares cambian. Pero lo que si conviene hacer, es saber administrar nuestro tiempo, para poder hacer lo que nos gusta, sin demérito del tiempo que debemos dedicarle a los demás. Si a mí me gusta practicar algún deporte,  al respecto puedo escoger entre tres opciones: practicarlo solo, dejar de practicarlo por falta de tiempo, o inculcar a mi familia el gusto por dicha actividad. Así que más me conviene inculcar a mis hijos el gusto por aquello que a mí me gusta,  es decir que con ese ejemplo, podemos convivir en familia y practicar ese deporte que tanto me gusta al mismo tiempo.

Algo similar ocurre con quienes tenemos afición por la lectura. Para poder hacerlo requerimos tiempo y que nuestros hijos también aprendan a leer.  Es decir, generalmente leer ya saben, pero más nos conviene enseñarlos a que lean por placer, para que juntos disfrutemos de esta actividad, y de todo lo que ello conlleva, como entablar una buena conversación, hacer visitas cotidianas a las librerías, o dedicarle toda una tarde a pasearnos por una feria de libros.

Tiempo para nosotros mismos… es el que le dedicamos a hacer las cosas que nos gustan, pero nadie dijo que había que hacerlas solos. Por lo tanto, no debemos pensar que las cosas que nos gustan son ajenas a las que podemos hacer con nuestra familia, con el equipo de trabajo o con los amigos. Así que por qué no clasificar “las cosas que nos gustan” en grandes grupos, las que puedo hacer con mi familia, las que me gustan y puedo o  me conviene hacer con mis compañeros de trabajo y las que me gusta hacer con mis amigos.


Ahora bien, siempre habrá cosas que nos gusta hacer solos,  y está muy bien que así sea, pues siempre son reconfortantes los momentos de soledad, ya que abren un espacio a la reflexión y un momento al silencio que nos permitirá escuchar la voz de nuestra conciencia a la que pocas veces dejamos hablar. Procuremos esos momentos de soledad y aceptemos que tan importante es tenerlos, como permitir que las personas a nuestro alrededor también los tengan.

domingo, 21 de mayo de 2017

Los Millennials, y el cambio generacional.

De pronto la generación Millennials se ha puesto de moda y yo, aplaudo el hecho.

Hace días, vi una nota en el periódico que decía “¿Qué pasará cuando los Millennials crezcan?” Creo ese es el asunto, que ya crecieron y algunos apenas nos estamos dando cuenta. De pronto esta nueva generación se puso de moda, como si alguien hubiera destapado la caja y se salieron sin control… los jóvenes están por todos lados.

Yo pertenezco a la generación anterior, aquella que rimbombantemente bautizaron como “Equis”, la que formamos los que nacimos desde mediados de los 60´s hasta finales de los 70´s. Los últimos que podremos decir con orgullo que somos “Personas A.C.” es decir “Antes de las Computadoras” (no confundir con “Antes de Cristo”, que no es para tanto).

Una generación donde las oportunidades de estudio se multiplicaron, permitiendo que el nivel universitario estuviera prácticamente al alcance de cualquiera. Recuerdo que mi papá decía: “A mis hijos les va a tocar una lucha de gente preparada contra gente preparada”, y tenía razón. Quizá por eso somos una generación muy echada para adelante en lo tocante al trabajo.  
También experimentamos un trascendente cambio a nivel familiar, pues casi todos los que ahora somos padres, tenemos más hermanos que hijos. Lo cual justificamos mediante el apotegma de que “La familia pequeña vive mejor.”

Y por si eso fuera poco, tenemos ejemplos para casi todo, cuando se trata de comparar nuestra infancia con la de nuestros hijos,  o el contrastante estilo de vida de ahora con el que teníamos cuando éramos niños.

¿Y qué pasa con los Millennials?.

Pues que los niños de ayer, se están convirtiendo en los hombres de hoy. Es decir, los primeros Millennials han llegado a la edad adulta y están comenzando a ocupar lugares de trabajo, por lo mismo están comenzando a ganar dinero y eso hace que una sociedad tan superficial como la nuestra finalmente los esté volteando a ver.

- “¿Quién se cree este chamaco y por qué tiene un puesto mejor que el mío?”
- “¿Y este “lepe” por qué gana tanto dinero si no sabe ni limpiarse los mocos?”

Con todo respeto para mis contemporáneos, creo que en muchas cosas hemos envidiado a los Millennials desde nos dimos cuenta de que ellos sí se podían subir a los juegos de Mc. Donald´s y nosotros no porque ya éramos grandes. Allí comenzó el problema.  Luego vinieron los miles de accesorios para niños y la era digital que a ellos les tocó disfrutar gratis desde que nacieron cuando a nosotros tuvimos que pagar por ella hasta que salíamos de la universidad, pues ya éramos grandes.

¿Y a qué viene tanta queja de la generación “X”?, que si los Millennials son esto o aquello, que no les gustan adquirir compromisos, que si son irresponsables, que si no son estables en sus trabajos, que si están acostumbrados a una vida fácil y llena de comodidades, que no les gusta batallar... etc.  Pero ¿Ya recapacitamos en que no hay un sólo Millennials, cuyos padres no pertenezcan a la generación X?  Así que, si son como son, es porque nosotros los enseñamos a ser así, ya sea porque les promovimos ese tipo de comportamientos, o porque se los permitimos en su etapa formativa… (con el eterno miedo de: “no se vayan a traumar”).  Decía un amigo que cuando era niño el único sicólogo que conoció fue un cinto piteado talla 40 de su papá… pero claro, aquellos eran otros tiempos.

¿Y ahora quién podrá defendernos?, pues nadie, porque nadie nos está atacando. Simplemente tenemos que entender chicos y grandes, “X” y “Y” que todo cambio generacional ofrece oportunidades para crecer y desarrollarnos.  Ambas generaciones estamos llenos de cosas positivas, debemos hacer a un lado nuestra soberbia y los “X” dejar de pensar que todo tiempo pasado fue mejor, eso es una mentira; que por cierto Woody Allen la expone magistralmente en su película “Midnight in Paris” (2011) y los “Y” entender de una vez por todas que todavía les falta; al igual que a nosotros, mucho por aprender.

Aprendamos unos de otros, somos generaciones complementarias, donde los “X” podemos aportar experiencia, conocimientos y habilidades que hemos desarrollado debido a nuestra edad y donde los Millennials; siendo expertos en manejo de tecnología digital y conectividad, pueden potencializar ese conocimiento aceptando que no todo en la vida se resuelve a través de una pantalla. Habrá temas que a ambas generaciones nos resulten difíciles de comprender, pues nacimos en diferentes épocas y circunstancias en las que el mundo cambió mucho, pero la oportunidad ahí está.  Aunque sólo sacarán provecho de ella quienes tengamos la disponibilidad y la sepamos aprovechar.







sábado, 29 de abril de 2017

Hogar / Empresa.- Planeación Estratégica en Familia

      Recuerdo cuando participé por primera vez en una planeación estratégica. Fueron 3 días de estar en una ciudad distinta a donde radicaba. Iniciábamos los días con pláticas impartidas por expertos, y continuábamos en reuniones intensivas escuchando hablar sobre el entorno y la forma como la empresa tenía participación en el sector. Cuando viajé de regreso a mi ciudad de residencia, concluí que mi sentimiento de bienestar se debía a dos cosas: Haber vivido aquella experiencia y contar con un plan de trabajo perfectamente definido para el resto del año. De pronto, llegó a mi mente una idea genial. ¿Qué pasaría si aplicara la metodología de la planeación estratégica a mi vida personal?

      En aquel entonces era un soltero soñador de 26 años, y el ansia de repetir el ejercicio me hizo verme con un plan de trabajo donde se desglosaran actividades de tipo personal como conseguir novia, casarme, hacer algunos viajes, hacer deporte, salir de fiesta con amigos, formar una familia, bajar de peso, estudiar una maestría, etc.  La idea por un tiempo quedó más en mi mente que en algún papel, aunque un día finalmente abrí una hoja de excel y vacié lo que consideré un FODA (fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas) de mí mismo. Luego tracé mis objetivos a corto, mediano y largo plazo y me visualicé como un explorador a quien le dan un mapa con las pistas para encontrar un gran tesoro. 

      Hasta ahí todo iba bien, seguí mi plan durante un buen tiempo y al cabo de unos años, se fueron concretando varios de mis objetivos. Luego quise repetir el ejercicio, pero el problema comenzó cuando decidí involucrar a mi familia, es decir, a mi esposa… quien con palabras muy presidenciales contestó a mi invitación con preguntas como:

-          ¿Y yo por qué?
-          ¿Y para qué lo quieres?
-          ¿Y cuánto nos vamos a tardar?
-          ¿Y por qué no lo haces tú?

      Mi esposa y yo no compartíamos el mismo lenguaje laboral, y nuestra idea de hacer planes familiares; aunque es similar en el fondo, es muy distinta en la forma. Sobra decir que el ejercicio terminé haciéndolo yo solo y creo que como ejercicio fue lo mejor.

      Con más de 10 años de casado, puedo comentar que de todos los proyectos en los que he participado, ninguno ha sido tan complejo ni simultáneamente tan reconfortante como el proyecto de formar y ver crecer a mi familia. Laboralmente proyectos van y proyectos vienen; unos más exitosos y desafiantes que otros ya sea técnica, financiera o comercialmente, pero todos ellos al fin de cuentas se traducen en dos cosas: Que cierta cantidad de dinero pasó de unas manos a otras y que haber participado en aquello, nos enriqueció con una experiencia nueva que contribuye a seguir desarrollarnos como personas y como profesionistas.

      En cambio, el proyecto de formar una familia, implica desde actividades planeadas hasta sucesos inesperados, desde actividades intrascendentes hasta aquellas donde pones a prueba todos tus conocimientos, desde tardes placenteras hasta noches de insomnio, o desde momentos donde abundan las risas hasta otros donde nuestro carácter y temperamento se pone a prueba, pareciera que es igual que en el trabajo, pero no, aquí todo es más delicado pues las cosas ocurren con personas a las que amamos, que esperan de nosotros amor incondicional y el ejemplo diario de lo que un padre o una madre deben ser.


      El hecho es que planear se ha vuelto un ejercicio en mi caso más de tipo laboral que familiar, así como soy de riguroso para planear en el trabajo, así soy de flexible para los asuntos personales o familiares, por supuesto que algunas actividades familiares convienen planearse, pero también he aprendido que más vale saberse adaptar a las circunstancias cuando las cosas no son como tu esperas. Ahora bien,  no es bueno caer en la tentación de hacer participar a mis hijos y a mi esposa como si fueran miembros de mi equipo de trabajo, en principio porque no lo son, y en segundo porque jamás esperaría de ellos lo que espero de mis compañeros. Aquí cabe la célebre frase  “A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, en donde se deja clara la ambivalencia de los dos mundos en los que nos movemos constantemente y donde hemos de aprender a navegar cual  experimentados capitanes de barco en mares picados. 

domingo, 23 de abril de 2017

Hogar - Empresa.- El mayor desafío

Actualmente el reto más grande de un hombre de negocios, no está en el negocio.
No importa si ocupamos una silla dentro del consejo de administración, si somos parte de la cúpula directiva, o ejecutivos de cualquier otro nivel. Ya sea que estemos dentro de una empresa chica, mediana o grande, el reto principal de los hombres de negocios actualmente, radica en saber equilibrar el mundo laboral con su vida familiar.
Lejos ha quedado el estilo de vida en el cual el tiempo alcanzaba hasta para tomar una siesta, actualmente muchos de los que formamos la población económicamente activa, dejamos la cama cada mañana mucho antes de que salga el sol y durante todo el día andamos de un tema a otro, de una actividad a otra, sorteando pendientes, revisando indicadores y teniendo contacto con cientos de personas. Y todo eso está muy bien, siempre y cuando no olvidemos que tenemos una familia que también necesita una buena parte de nuestra atención.
Entre el actual ritmo de vida y el constante bombardeo de información que nos entra por ojos y oídos, cada vez es más difícil satisfacer las expectativas de quienes nos rodean. En el trabajo se nos exige que tengamos una entrega que rebase el 100% y nuestra familia espera de nosotros algo más que “...el tiempo que nos quede libre...”, por lo mismo, los compromisos laborales y familiares son tantos que se vuelve indispensable saber priorizar para poder equilibrar la balanza.
Encontrar el equilibrio no sólo es cuestión de repartir el tiempo, sino de saber balancear ideas, citas, actividades, llamadas, detalles, eventos y compromisos a los que hay que asistir, o al menos hacer presencia de algún modo, y que por variados y sui generis que suelen ser, debemos aprender a sortear asuntos que van desde lo más trivial hasta lo más trascendente.
Balancear nuestros roles en la vida; como seguramente hemos escuchado, se parece a mantener en el aire y en equilibrio varias pelotas a la vez; tal como lo hace un malabarista. Esta es una analogía muy conocida, y para hacerla más dramática, debemos suponer que cada pelota representa un rol que tenemos en la vida, asumiendo que la pelota que representa a nuestra familia es una pelota de cristal, a diferencia de las demás que podríamos imaginar que son de goma o cualquier otro material. Es decir, que si alguna pelota se nos cae, la podríamos levantar de nuevo o reponer fácilmente, pero si se llega a caer la que representa a la familia, ésta se romperá para siempre.
Muchos años he vivido coordinando proyectos de diversa índole, y sin temor a equivocarme puedo decir que el más complicado, pero a la vez el más satisfactorio, es el proyecto de formar y ver crecer a mi familia. Es, como todo lo que vale la pena, un proyecto de largo plazo, donde nuevos integrantes llegan y tristemente otros se van. Donde cada quien juega un rol totalmente distinto al de los demás, y sin embargo de todos se espera un crecimiento, una integración y una participación absoluta. Y donde por encima de todo existe un ingrediente que nos aglutina y nos permite adoptar posturas que en otro ámbito no lo haríamos, el amor.
Resulta difícil más no imposible aprender a programar en una sola agenda todo lo que hay que hacer: Reuniones, videoconferencias, audiencias, cumpleaños, eventos, tareas, festivales infantiles, cortes de cabello, horas de juego, envíos de flores, correos, mensajes y llamadas tanto de negocio, como de familiares y amigos. Se requiere tiempo e inteligencia para saber acomodar todo aquello en 24 horas cada día. Pero al fin de cuentas a eso y más estamos acostumbrados quienes nos esforzamos todos los días por lograr un desarrollo personal y profesional. Sabemos que las cosas no suceden por arte de magia, sino que debemos asegurarnos de que sucedan mediante la implementación de un plan.
Ya sea que lo agendemos en un smartphone, o que lo apuntemos en un post-it, o que simplemente nos cambiemos un anillo de dedo como recordatorio, el hecho es que debemos echar mano de todas las herramientas relacionadas con la planeación y la administración del tiempo para poder sortear dignamente cada uno de nuestros roles. Parece sencillo pero resulta todo un desafío abordar el tema con disciplina y constancia, para hacer de esta habilidad un hábito, que nos permita ser personas con un desempeño equilibrado y no individuos de una sola ocasión, que brillamos como flor de un día cuando estamos ante los reflectores, pero que nos olvidamos del tema cuando la atención de los que nos rodean se dispersa.