domingo, 5 de julio de 2026

La Fiebre del Mundial


Para nuestra familia, la emoción comenzó con el álbum y sus casi mil estampas o figuritas. Lo compramos a principios de mayo y todavía no lo completamos. Mi esposa y mi hijo son quienes más pasión y tiempo le han dedicado. Para mí, lo bonito es ver cómo el álbum se suma a sus antecesores de los mundiales 2014, 2018 y 2022. La colección sigue creciendo.
En las redes sociales, ya pudimos ver que el fenómeno es; como su nombre lo indica, de proporciones mundiales, la participación de 48 países ha hecho que, en más de uno, haya tenido que consultar dónde carajos está. ¿Quién había oído hablar de Cabo Verde?
En la familia, tanto mi hija “la china”, (nombrada así por su cabellera, no cran que la importamos), como yo, fluimos con el mundial al ritmo que nos toquen, no es que no nos importe, sino que nuestras pasiones van por otro lado, y el juego de pelota nos da más o menos lo mismo. Ah, pero si juega la selección nacional, la cosa cambia.
Es increíble en lo que se transforma México y un mexicano promedio cuando juega su selección. Ya quedó claro, que el futbol es capaz de lograr lo que ninguna otra cosa en este país, ni la virgencita de Guadalupe; con todo respeto, ni ningún artista, ni por supuesto, ningún partido político, con todo y su horda de acarreados. Ahora sí ya quedó claro para todos, lo que significa llenar el zócalo, el Paseo de la Reforma y las plazas públicas.
Qué falta nos hacía a los mexicanos volver a vivir la emoción de algo que nos uniera a todos. Esta fiesta me hace sentir que traigo el tanque emocional lleno de nacionalismo y pasión. El “bélico acento” dice nuestro himno, que lo siento como unirnos en una sola voz para no tenerle miedo a cuanta selección nos pongan enfrente. Aquí nos estaremos midiendo cara a cara con los ingleses este domingo. Ya si ganamos o pierden ellos, será lo que Dios quiera… nomás acuérdate Diosito, ¿Quién te hace su calvario en Iztapalapa cada semana santa… ¿Quién?
Aclarando que soy un total desconocedor de tema, (Por si no lo habían notado) qué bonito es ver a la selección jugando como lo hicieron contra Ecuador. Pero qué bonito también, es ir por las calles, al súper, a la escuela o al trabajo, y ver que la mayoría la gente va portando la camiseta de la selección o al menos vestidos de verde. Esos son mensajes de unidad, que no nos pueden pasar desapercibidos. Esas son señales de un pueblo que se siente orgulloso y se sabe organizar sin que nadie lo dirija ni lo mangonee. Y luego esa frase retórica, que se nos metió hasta la cocina (literalmente y por los huevos) y nos ha llegado al corazón como un rayito de esperanza, ¿Y si sí?
Qué fascinante es ver a nuestro equipo nacional conformado por deportistas veteranos como Guillermo Ochoa con cuarenta años y seis mundiales, jugando junto a otros con la juventud brotándole como espinillas, como Gilberto Mora, que cuando Ochoa fue a su primer mundial, este inocente ni siquiera había nacido.
Y luego está la afición, esa afición que desde que empezó el mundial se ha dejado ver cómo la gran anfitriona fuera de la cancha. Esa afición que apoya desde donde esté y que sabe vivir la fiesta en pareja, en familia, con amigos o en grandes masas y como si nos conociéramos de toda la vida.
Ahí están los que asisten a los estadios, que es una experiencia que no he vivido, pero que de verla imagino el estallido de emociones y comprendo el por qué afloran las lágrimas en buena parte de la concurrencia… yo creo, que si lo viviera en persona, sería de los que comienzan a chillar desde que se entona el himno nacional. Por algo pasan las cosas. Pero bien por ellos, por los que han podido estar presentes y vivir la experiencia de algo que quizá nunca más se va a repetir.
Luego están los que van a los Fan Fest… ahí se juntan los que no cupieron en el estadio, o no tuvieron los medios para ir. Es una fiesta popular donde sale a relucir lo más folclórico y alegórico de nuestra raza. Fanáticos, aficionados, familias, grupos de amigos, gente con mascotas, chicos y grandes, pobres y ricos y ahí, todos juntos, unidos en una misma fiesta por ver jugar y ganar a su selección. De festejos como este han surgido porras, celebraciones y gritos como el de “quiere volar, quiere volar” que preceden a acto de ver a alguna víctima levantada en volandas, subir y bajar por los aires, en brazos de una caterva de orates casi siempre alcoholizados.
También están los que festejan en el cine, yo he sido de esos (un ambiente mucho más controlado, para gente argüendera y con tendencia al relajo pero bajo techo) Era una sala donde no cabía un alma más, (como cuando se estrenó Titanic) ahí se vive la emoción y la pasión en pantalla grande. No sé a cuánto lleguen los decibeles, pero estoy seguro que ni la explosión de la estrella de la muerte, ni Top Gun con sus mejores aviones han logrado tales estruendos, (Ya sé que mis referencias cinematográficas son del siglo pasado, pero por más que quise acordarme de una película estruendosa reciente, no lo logré, en todas me duermo y los estruendos en el cine, me hacen lo que el viento a Juárez, ahí la única que me despierta es mi esposa cuando ronco, ya no se puede confiar ni en la familia, no dejan dormir a gusto, en fin).
Ya casi para terminar, diré que después de los aficionados racionalmente normales, vienen un grupo radical de lo más primitivo, los fanáticos tóxicos, esos que agarran el festejo como pretexto para cometer excesos y desmanes de todo tipo. Para ellos todo mi repudio. Son los que suelen echar a perder la fiesta, es como el imbécil que empuja al cumpleañero sobre su pastel, haciéndose el chistoso y dejando al festejado en la ignominia y a los invitados sin pastel. Con esa gente nadie gana. Ahí están los que se lanzan al vacío desde cualquier estrado al estilo Juan Escutia, los que se trepan a un semáforo o a una farola de alumbrado público sin más oficio ni beneficio que hacer desmanes y provocar desmadres. Con esa gente no se logra nada bueno.
Mejor volvamos a nuestros seleccionados, para ellos todo mi respeto y toda mi admiración. Espero que como en los anteriores partidos, sigan dando lo mejor de sí, conscientes de que, por ahora, son el mejor referente de lo que para los mexicanos significa que a la patria, el cielo “un soldado en cada hijo le dio”. Y ya de paso, pedirles a los jugadores, que por ningún motivo dejar solo a Morita, es el más chiquito y deben evitar que se encierre por largos períodos en el baño del hotel, díganle que la patria lo necesita con todas sus energías dentro.
Los grandes ausentes… ya sabemos quiénes son. Las autoridades, que ni siendo anfitriones, se han tomado la molestia de presenciar un solo partido de la selección en vivo, de verdad que bastante poco se espera de ellas, y aun así, nos logran decepcionar.
No me resta más que pedirle a dios que el domingo nos regale un buen clima, a la selección, que dé lo mejor de sí, y a la afición; que somos la inmensa mayoría, que vivamos el día con mucha pasión y nos portemos bien. En el último partido que ganamos de puro celebrar fallecieron cuatro personas, como en el brindis del bohemio, “…desbordantes de dicha y de contento”. No me quiero imaginar qué sucedería si llegara una derrota.
Los extranjeros vinieron a comprobar lo que nosotros ya sabíamos, que como México no hay dos, pero no la chinguen, también sabemos que a duras penas tenemos uno y que si nos apendejamos, al rato no vamos a tener ninguno. José Alfredo nos enseño que “aquí se apuesta la vida, y se respeta al que gana”. No me estoy arredrando contra los ingleses ni contra ninguna selección, nomás le estoy tanteando el agua a los camotes para que nos vaya bien ¿Será que llegamos a la final?... ¿Y si sí?

Un Día del Padre, Muy Padre.


Este año decidí, que junto con mi esposa y mis hijos, celebraríamos el día del padre con una visita a Guanajuato capital. Esa romántica ciudad que no se parece a ninguna otra, y en cuyo centro histórico parece por momentos que el tiempo se detuvo, allí siempre la paso bien. Llegamos a media tarde del sábado, dejamos el auto en el estacionamiento frente al jardín Reforma y comenzamos a caminar por las estrechas calles y todavía más estrechas banquetas, entre vehículos y peatones, turistas y comerciantes, en la tradicional fila india que siempre tiene uno que hacer, porque en esa ciudad no hay de otra.
Llegamos al callejón del beso, donde tantas veces habíamos estado y escuchado la famosa leyenda que le da nombre al también estrechísimo lugar. (Aquella donde Ana y Carlos, la rica española y el pobre minero, se ponían a “Echar reja” de balcón a balcón a escondidas de Don Luis, el celoso padre de Ana). Pero esta vez con tan buena fortuna, que ni había fila, ni había nadie… así que decidimos entrar a las casas para recrear la parte romántica de la leyenda.
Mi señora en un lado y el que escribe en el otro, ocupamos sendos balcones y nos dimos el besote de balcón a balcón, que dejamos inmortalizado en setenta y cinco fotografías que tomó el ingrato que nos cobró, para que escogiéramos la que más nos gusta… (a la típica usanza de quien porta un camarón pero no es capaz de tomar un par de fotos decentes) Luego nos tomamos fotos con los hijos y nos dieron otra docena - de fotos, no de hijos - total que para cuando bajamos de las alturas, ya había una fila de gente como si hubiera llegado un Primera Plus de turistas a formarse detrás nuestro.
Salimos riendo y apretujados, y nos fuimos a comprar boletos para una “Callejoneada”, a cargo de la estudiantina que en forma original se hacían llamar “Estudiantuna.” Ahora había que esperar un par de horas y en algo teníamos que entretenernos. Caminamos rumbo al jardín de la unión, que muchos conocen como el jardín principal de la ciudad. Aquello era un hervidero de gente, así que nos refugiamos en un bar y botaneamos gorditas y garnachas con cervezas, cabe señalar que mis dos hijos ya son mayores de edad, lo que nos faculta para empezar a tener otro tipo de experiencias donde como en esta que les cuento, el alcohol comienza a fluir por cuatro.
Llegado el momento y con el tentempié instalado en la barriga, nos apersonamos en el atrio del tempo de San Diego para el inicio de la mentada “callejoneada.” La estudiantina se instaló en su sitio y nosotros ocupamos las escalinatas del atrio como si fuera gradería. Comenzó la música y comenzó la fiesta, al ritmo de las guitarras, el pandero, las mandolinas, y un tololoche que siempre le toca cargarlo, al más chaparrito del grupo, que en esta ocasión además resultaba ser una señorita, así con esas, las canciones populares típicas del género comenzaron a surgir y con ello nos fuimos poniendo en ambiente.
Cabe señalar que el grupo estaba conformado por nacionales de varios estados, un grupo nutrido de colombianos y un par de chinos que nunca entendió nada de lo que pasaba pero igual se reían.
Canciones como “De Colores” y “Aires Vascos” nos hicieron corear junto con los músicos y marcaron el inicio de la siguiente hora y media en la que caminaríamos y cantaríamos por los callejones de la ciudad. Luego vino el baile del pandero, donde el ejecutante más que bailarín parecía acróbata con electrochoques a punto de descoyuntarse de tanto brinco. Lo único que le envidié fueron las rodillas.
Todavía en el atrio, y cuando creías haberlo visto todo, sacaron otro más excéntrico que hizo el baile de la capa, ese parecía torero pero sin toro, haciendo firuletes con la capa “a la vuelta y vuelta” mientras los músicos parecían que entre más tocaban más le daban cuerda, por fortuna terminó antes de que le viniera un infarto.
Así siguieron canciones como el cielito lindo, que lindamente todos coreamos y luego otras como ojos españoles, el rey, las bicicletas y el porompompero… y así nos fuimos calles arriba y callejones abajo cantando y tomando, porque justo es decir que aunque ya no se dan los clásicos porrones; que antaño se llenaban con bebidas espirituosas que nomás ellos sabían qué contenían, ahora te venden cantaritos de barro, preparados con diversos cocteles, de tal suerte que todos terminamos enfiestados.
Ya para terminar, nos acercamos nuevamente al callejón del beso, donde recreamos la leyenda entre improvisaciones y risas de la concurrencia. Ahí una pareja de espontáneos turistas, personificaron a Ana y Carlos, los irredentos y calenturientos enamorados que por más que les echaban agua fría no entendían razones. Y nuevamente su seguro servidor, hizo las veces de Don Luis, el suegro celoso que termina por apuñalar a la hija por andarse besuqueando con el primer naco que le habló bonito, pero que luego se arrepintió y se apuñalarse a si mismo, como diciendo “me la bañe.”
Terminamos el recorrido felices y cansados, por lo que era propio reponer fuerzas, y para ello nada mejor que un esquite de los de la Plaza de San Fernando. Los vende una familia que prepara entre ocho y diez recetas distintas de esquites, con chile de árbol, con tuétano, con rajas con queso, con espinazo, con pollo, etc. Total, una delicia. Y ya con eso y la caminada, teníamos suficiente para decir que aquello había sido un festejo del día del padre, a todo dar.
Regresamos a casa pasada la medianoche, cansados pero contentos y con ganas de volver y repetir la experiencia, pero sobre todo, felices de que al día siguiente era domingo, en mi caso adicionalmente pensaba – no es cualquier domingo, pues el día del padre apenas comienza.
Espero que todos los papás que pasen sus ojos por estas letras, hayan pasado un excelente día. Mis felicitaciones y reconocimiento para ustedes.