Este año decidí, que junto con mi esposa y mis hijos, celebraríamos el día del padre con una visita a Guanajuato capital. Esa romántica ciudad que no se parece a ninguna otra, y en cuyo centro histórico parece por momentos que el tiempo se detuvo, allí siempre la paso bien. Llegamos a media tarde del sábado, dejamos el auto en el estacionamiento frente al jardín Reforma y comenzamos a caminar por las estrechas calles y todavía más estrechas banquetas, entre vehículos y peatones, turistas y comerciantes, en la tradicional fila india que siempre tiene uno que hacer, porque en esa ciudad no hay de otra.
Llegamos al callejón del beso, donde tantas veces habíamos estado y escuchado la famosa leyenda que le da nombre al también estrechísimo lugar. (Aquella donde Ana y Carlos, la rica española y el pobre minero, se ponían a “Echar reja” de balcón a balcón a escondidas de Don Luis, el celoso padre de Ana). Pero esta vez con tan buena fortuna, que ni había fila, ni había nadie… así que decidimos entrar a las casas para recrear la parte romántica de la leyenda.
Mi señora en un lado y el que escribe en el otro, ocupamos sendos balcones y nos dimos el besote de balcón a balcón, que dejamos inmortalizado en setenta y cinco fotografías que tomó el ingrato que nos cobró, para que escogiéramos la que más nos gusta… (a la típica usanza de quien porta un camarón pero no es capaz de tomar un par de fotos decentes) Luego nos tomamos fotos con los hijos y nos dieron otra docena - de fotos, no de hijos - total que para cuando bajamos de las alturas, ya había una fila de gente como si hubiera llegado un Primera Plus de turistas a formarse detrás nuestro.
Salimos riendo y apretujados, y nos fuimos a comprar boletos para una “Callejoneada”, a cargo de la estudiantina que en forma original se hacían llamar “Estudiantuna.” Ahora había que esperar un par de horas y en algo teníamos que entretenernos. Caminamos rumbo al jardín de la unión, que muchos conocen como el jardín principal de la ciudad. Aquello era un hervidero de gente, así que nos refugiamos en un bar y botaneamos gorditas y garnachas con cervezas, cabe señalar que mis dos hijos ya son mayores de edad, lo que nos faculta para empezar a tener otro tipo de experiencias donde como en esta que les cuento, el alcohol comienza a fluir por cuatro.
Llegado el momento y con el tentempié instalado en la barriga, nos apersonamos en el atrio del tempo de San Diego para el inicio de la mentada “callejoneada.” La estudiantina se instaló en su sitio y nosotros ocupamos las escalinatas del atrio como si fuera gradería. Comenzó la música y comenzó la fiesta, al ritmo de las guitarras, el pandero, las mandolinas, y un tololoche que siempre le toca cargarlo, al más chaparrito del grupo, que en esta ocasión además resultaba ser una señorita, así con esas, las canciones populares típicas del género comenzaron a surgir y con ello nos fuimos poniendo en ambiente.
Cabe señalar que el grupo estaba conformado por nacionales de varios estados, un grupo nutrido de colombianos y un par de chinos que nunca entendió nada de lo que pasaba pero igual se reían.
Canciones como “De Colores” y “Aires Vascos” nos hicieron corear junto con los músicos y marcaron el inicio de la siguiente hora y media en la que caminaríamos y cantaríamos por los callejones de la ciudad. Luego vino el baile del pandero, donde el ejecutante más que bailarín parecía acróbata con electrochoques a punto de descoyuntarse de tanto brinco. Lo único que le envidié fueron las rodillas.
Todavía en el atrio, y cuando creías haberlo visto todo, sacaron otro más excéntrico que hizo el baile de la capa, ese parecía torero pero sin toro, haciendo firuletes con la capa “a la vuelta y vuelta” mientras los músicos parecían que entre más tocaban más le daban cuerda, por fortuna terminó antes de que le viniera un infarto.
Así siguieron canciones como el cielito lindo, que lindamente todos coreamos y luego otras como ojos españoles, el rey, las bicicletas y el porompompero… y así nos fuimos calles arriba y callejones abajo cantando y tomando, porque justo es decir que aunque ya no se dan los clásicos porrones; que antaño se llenaban con bebidas espirituosas que nomás ellos sabían qué contenían, ahora te venden cantaritos de barro, preparados con diversos cocteles, de tal suerte que todos terminamos enfiestados.
Ya para terminar, nos acercamos nuevamente al callejón del beso, donde recreamos la leyenda entre improvisaciones y risas de la concurrencia. Ahí una pareja de espontáneos turistas, personificaron a Ana y Carlos, los irredentos y calenturientos enamorados que por más que les echaban agua fría no entendían razones. Y nuevamente su seguro servidor, hizo las veces de Don Luis, el suegro celoso que termina por apuñalar a la hija por andarse besuqueando con el primer naco que le habló bonito, pero que luego se arrepintió y se apuñalarse a si mismo, como diciendo “me la bañe.”
Terminamos el recorrido felices y cansados, por lo que era propio reponer fuerzas, y para ello nada mejor que un esquite de los de la Plaza de San Fernando. Los vende una familia que prepara entre ocho y diez recetas distintas de esquites, con chile de árbol, con tuétano, con rajas con queso, con espinazo, con pollo, etc. Total, una delicia. Y ya con eso y la caminada, teníamos suficiente para decir que aquello había sido un festejo del día del padre, a todo dar.
Regresamos a casa pasada la medianoche, cansados pero contentos y con ganas de volver y repetir la experiencia, pero sobre todo, felices de que al día siguiente era domingo, en mi caso adicionalmente pensaba – no es cualquier domingo, pues el día del padre apenas comienza.
Espero que todos los papás que pasen sus ojos por estas letras, hayan pasado un excelente día. Mis felicitaciones y reconocimiento para ustedes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario