En el elevador ya había tres personas cuando llegó la chica de la blusa verde, sonrió al entrar y de un giro les dio la espalda a todos en cuanto entró, pensando en poder ser la primera en bajarse. Las puertas se empezaron a cerrar cuando una mano gorda y fuerte las detuvo a la altura de su cabeza.
-
Perdón, pero tengo que entrar.
Dijo un hombre alto y corpulento abriéndose
paso para entrar. Para sorpresa de los ocupantes, el recién llegado era
demasiado grande y gordo como para caber junto con ellos.
-
Lo siento señor, ya no cabe.
Le dijo la chica de la blusa
verde.
-
Claro que quepo, además tengo prisa y no voy a
llegar tarde a mi cita por culpa de un elevador lleno de gente… insensible y
poco empática.
-
¿Perdón? - Preguntó indignada la de verde, sin
poder comprender que acababa de ser insultada por un perfecto desconocido.
-
La perdono – dice el hombrón – pero déjeme
entrar, hágase tantito para atrás…
-
¡Óigame!
- contesta molesta la chica de verde sintiéndose invadida en su espacio
vita y haciendo que todos se apretujaran en el interior del espacio – no somos
insensibles, ni poco empáticos, solamente que…
-
¿Usted cómo lo sabe? – Pregunta el gigantón, y
refiriéndose a los demás, indaga -
¿Acaso, los conoce?
-
No, pero…
Y apenas iba a argumentar su
respuesta, cuando fue interrumpida por una voz bajita y casi infantil que llegó
desde el fondo del elevado
-
Tiene razón el señor, yo sí soy bastante
insensible.
El que hablaba era un hombre tan bajito,
que casi se podría decir que hasta ahora nadie lo había notado. Y justo la
chica de verde iba a hablar cuando una señora encopetada y cargando una bolsa
se le anticipó.
-
Y yo soy bastante apática.
En la confusión, la chica de
verde ya no sabía si contestarle al gigantón, al chaparro o a la señora
encopetada, así que decidió hacer su discurso en reversa…
-
A ver, señora, el señor no dijo apática, dijo
empática.
-
Ay perdón, ¿y eso qué es? – pregunta la señora
haciendo una mueca.
Y justo estaba por contestar la
chica de la blusa verde, cuando el quinto pasajero; un flaco alto con aires de autosuficiencia
se le adelantó:
-
Hepática, es toda aquella enfermedad que tiene
que ver con el hígado… como la hepatitis.
-
¡Oye al otro! -
Se burla el gigantón, buscando complicidad en la chica de la blusa verde
y si poder dar crédito a todo lo que había provocado con su comentario.
Y cuando parecía que la plática
podía retomar su rumbo, porque la chica
de verde aclararía el punto para todos, agrega la señora de la bolsa.
-
Al hijo de una vecina le dio hepatitis en el
hígado y se puso bien malo.
-
Y a mi compadre le dio cirrosis en el hígado
también - Agrega el chaparrito, que seguía en su rincón sin molestar a nadie, pero
que gozaba de participar en pláticas que no eran de su incumbencia - y se le
quitó hasta que se murió.
-
Eso significa – Vuelve la señora, como demostrando
haber entendido la explicación, - que ser hepático es cuando se dice que la
gente es bien hígado, o sea, que a nadie le cae bien.
La chica de verde levanta las dos
manos por encima de su cabeza como para detener aquella confusión y alzando la
voz aclara:
-
No, no es nada de eso…
-
Pues que raro – dice el señor sabelotodo - porque
dicen que el hígado es muy bueno, y contiene mucho hierro. - Y buscando la
complicidad del chaparrito, le hace un guiño como asegurando que la chica de
verde no sabe ni lo que dice… a lo cual el chaparrito comenta.
-
Tiene razón, a mí me lo daban de chiquito con
harta cebolla.
Mientras la chica de verde se
gira sobre sus tacones para encarar al par de pelmazos argumentando:
-
Es que nadie dijo hepático, sino empático.
Ahhh!!! – Exclaman todos, como
reconociendo que con aquel comentario, todo volviera a la calma, aunque era
evidente que en más de uno, aquella palabra no significaba nada.
-
¿Por qué no dejan de discutir – Preguntó el
grandulón; poniéndole carácter a la conversación - y presionan el botón para
que subamos de una vez? - Sugirió desesperado sin dar crédito a lo que se había
provocado con su intromisión, a lo que sigiloso contestó el chaparrito del
rincón.
-
No puedo presionarlo hasta que me digan a dónde van.
Aquella intromisión tomó a todos
por sorpresa y el hombrecito recibió por respuesta la mirada inquisidora de los
otros cuatro.
-
¿Y usted por qué quiere saber a dónde vamos? ¿A
usted qué le importa? – Agregó amoscado el grandulón.
-
Porque soy el elevadorista. – contestó modesto
el chaparrito.
-
¡Por ahí hubiéramos empezado! – Dijo la chica de
verde, mientras todos hablaban y se lamentaban por el caos que se había generado
a falta de claridad de todos, pero sobre todo del supuesto elevadorista, que
evidentemente no cumplía a cabalidad con su oficio.
-
¿Y por qué no pone orden en este caos? – le
espetó el grandulón
-
Ya le dije – contestó el hombrecito sin
inmutarse desde su rincón - Porque soy insensible. A mí realmente no me importa
a donde vayan, yo aquí subo y bajo todo el día.
-
¡Pues lléveme al tercer piso, si me hace el
favor! – Le espetó el grandulón inclinándose hasta que su cabeza quedó a la
altura de la del sotaco elevadorista.
Con semejante vozarrón se hizo un
silencio momentáneo que fue cortado por la chica de la blusa verde,
interviniendo en favor del ineficiente chaparro.
-
Tanto escándalo para ir a un tercer piso, ¿Y por
qué no sube por las escaleras?
-
Porque no puedo.
– Contesta el corpulento gigantón apenado por tener que reconocer su
debilidad ante los demás.
Oportunidad que aprovechó la
señora encopetada para sacar de su bolsa un abanico, aprovechando que el chisme
se estaba poniendo bueno y decidió participar:
-
Ay, ¿no me diga que está malo? En el tercer piso
hay puros consultorios…
-
Algo hay de eso… - se avergüenza el hombrón
bajando un poco la voz, mientras que la señora se le acerca como para poder
platicar con más confianza.
-
No me lo diga, le duelen las rodillas, y de
seguro no puede subir escaleras… a mi marido le pasó igual… y luego con
semejante sobrepeso.
-
¡Óigame! – Responde el gigantón - ¿y a usted
quien le dijo que tengo problema de sobrepeso?
-
Pero si no hace falta que me lo diga nadie… - Se
justifica la señora que ahora se da cuenta que no hay espacio suficiente ni
para mover el abanico.
-
Tiene razón el señor, - Interviene la chica de
la blusa verde - Usted no debe hacer comentarios que pongan en evidencia los
defectos de las personas…
-
¿Usted también? – Le recrimina indignado el
gigantón a la chica que desde el principio no lo dejaba entrar.
-
¿Yo qué?, yo solamente lo estoy defendiendo. – le contestó la chica - Pero ultimadamente
defiéndase usted solo, que ya está bastante, pero bastante grandezote. – Y le hizo
un mohín al tiempo que se giraba para darle la espalda.
-
Tengo sobrepeso, es verdad - contesta el
grandulón apenado y serio - pero ese no es mi problema…
-
¿Entonces cuál? – Preguntó con curiosidad el flaco
sabelotodo que por un largo rato se había mantenido como espectador de la
conversación y sólo disfrutaba del golpeteo entre las partes. Lo que aprovechó la chica de la blusa verde.
-
Oiga, pues qué metiche es usted.
A lo que el flaco respondió con
frescura y ligereza
-
Yo no soy metiche, - contestó el sabelotodo - nada
más quiero saber…
-
¿Y para qué quiere saber? - se le encaró la
chica de verde. Situación que aprovechó la señora de la bolsa para sacar parte del
veneno que le tenía guardado a la de verde.
-
Ahora la metiche es usted… y se embozó con el
abanico como si con ello lo dicho fuera menos grave.
-
¿Cómo se atreve? - revienta la chica contra la encopetada
señora sin poder creer cómo le había volteado su propio argumento, y tratando
de encontrar con la mirada a alguien que le diera la razón, hizo que el
sabelotodo volviera a comentar para calmar los ánimos.
-
Es que yo también voy al tercer piso… ¿Usted a
qué hora tiene su cita? Porque la mía es en cinco minutos.
-
¿Y a mí qué me importa? – le contesta gritando
el hombrón al que quería saber más de la cuenta, después, buscando con la
mirada al hombrecito que seguía como siempre en su rincón con una voz
atronadora le espetó:
-
- ¿Por
qué no nos vamos de una vez? si no
quiere que me empiece a desesperar y me desquite con usted. – a lo que el
hombrecito le contestó sin perder la propiedad ni contagiarse de su histérica
emoción.
-
Porque es necesario que se baje una persona para
que el elevador cierre sus puertas. - Y
se cruzó de brazos como si el asunto no fuera suyo.
-
¡Tal cosa me ha dicho!¡Cómo no lo supe antes!, -
dijo el grandulón mientras tomaba al hombrecito por la solapa de su saco - El
que se va a bajar es usted, que aparentemente es el único de los cinco que no
tiene nada a qué subir.
Y sin más lo llevó de un
movimiento hasta afuera del elevador haciendo que de inmediato se activara el
cierre de las puertas. El chaparrito se quedó parado sin inmutarse por lo
sucedido, y arreglándose nuevamente su saco, sacó de su pantalón un llavero y
dijo:
-
No irán a ningún lado, el elevador cierra sus
puertas, pero no subirá hasta que ponga la llave.
Y con la fresca de la mañana se
alejó caminando y silbando el manicero.
Fin.
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