Recuerdo esa tira de Mafalda en la que los padres se toman de las manos y dicen “Tenemos una hija que ya va a la escuela” y se ve como en los siguientes cuadritos de la tira, van envejeciendo… conste que sólo “me viene a la mente”, pero de ninguna manera, me siento cerca del sentimiento de envejecer. Será el amor a la vida, las ganas de vivir o lo mucho que disfruto cada experiencia con mi esposa y mis hijos.
En nuestro caso, la frase sería “Ya
tenemos dos hijos que van a la universidad” y la frase más que pesarme, me hace
sentir muy feliz y orgulloso de ellos, y de lo que como familia hemos
construido.
Mis hijos vivieron su educación
básica en el colegio Martin Luther King, al que le tenemos mucha estima y del
que tenemos buenos recuerdos. Nos abrió las puertas al llegar a León, nos dejó muy
buenos amigos y a mis hijos un muy buen nivel de inglés, y fuimos muy felices desde
que llegamos a preescolar y primaria, hasta que salimos de la secundaria con
todo y lo que implicó la etapa de pandemia.
Luego entramos a la prepa, y nos hicimos
familia del Instituto lux, un colegio gigantesco, con enseñanza estricta bajo
instrucción Jesuita, pero lo mejor, con una generación de más de doscientos cincuenta
estudiantes que ayudó a que mis hijos hicieran nuevas amistades, que después del
encierro fueron una bendición.
Transitamos la prepa con
altibajos escolares, echándole la culpa al cambio de escuela, al cambio de método,
a las secuelas de la pandemia y al ajuste de esa etapa de la vida que ocurre entre
la adolescencia y la juventud y que suele venir acompañada de una montaña rusa
de emociones.
Avanzamos paso a pasito entre
clases, proyectos, exámenes, presentaciones, viajes escolares y muchas colegiaturas,
hasta que llegamos a la graduación, primero (hace dos años) mi hija y ahora mi
hijo.
No me pregunten por qué, pero en
esta ocasión, primero asistimos a la fiesta y después al acto académico. En mis
tiempos hubiera sido impensable. “Primero el deber y luego el placer” me
hubieran dicho. Pero las cosas han cambiado tanto, que ahora nadie se incomoda
por despachar primero la fiesta y luego el acto protocolario en el que
finalmente vemos si hay diploma o hay sorpresas.
Felizmente todo salió bien, un
fiestón de lujo, al que asistimos en familia, los cuatro más una querida
“sobrina adoptada”, hija de queridísimos amigos, que fue con nosotros en
calidad de acompañante del graduado.
En el fiestón éramos más de mil
personas, un tremendo salón, una rica cena, música y una gran pista de baile
donde todos llegamos muy monos y algunos fueron perdiendo figura. (Yo no, que
quede claro). Ahí fuimos viendo a los que bailan bien y a los que tiene dos
pies izquierdos. A quienes se empinan la botella de tequila como si fuera de
Gatorade y desinhibidos por el alcohol, van revelando sus pasos prohibidos. En este
comentario caben alumnos, maestros, padres de familia y personal administrativo
del instituto. El caso fue que todos bailamos y nos divertimos.
Después de dos o tres horas de
brinqueteo (Aquí lo correcto hubiera sido escribir “bailoteo”, pero sépase que en
estos tiempos “la chaviza” ya no baila, sólo brinca... y nunca en pareja, eso
resulta impensable, brincan todos en bola, y esa es la nueva forma de bailar), y
celebración (aquí entiéndanse que algunos chupaban como tabique nuevo) comenzamos
a ver algunos soldados caídos o a punto de… Los primeros que vimos se
desplazaban en zigzag para ir a cualquier lado, otros aventaron el saco y se
desfajaron la camisa, unos lucían sus corbatas como estolas en el cuello, y hubo
quienes las llevaban como bandas para contener el sudor de la frente. Algunos
caminaban tambaleándose o con ayuda de algún cómplice rumbo al baño, a pagar
sabrá Dios qué mandas, y otros de plano, prefirieron juntar sillas para
dormirse como cuando eran niños.
Por fortuna, no hubo nada grave
qué lamentar, los típicos pasados de copas, a quienes simplemente la fiesta les
duró menos que a los demás, y seguramente al día siguiente padecieron una memorable
resaca.
Salimos del lugar cerca de las
cinco de la mañana todavía caminando derechos, ahora seguía “El after” en mis
tiempos se llamaba “la torna” (torna graduación, hubiera sido el término
completo) y no era más que el pretexto para seguir conviviendo, comiendo y bebiendo
hasta ver el amanecer, que a decir verdad, no le faltaba mucho para llegar.
Dejamos a mi hijo y su
acompañante en el mentado “after” a las cinco y media de la madrugada y nos fuimos
a dormir, y a las dos horas ya me estaba hablando para que fuera por ellos. “Tanto
para tan poco…” (pensé, pero no lo dije). Estoico me levanté (como pude) y fui
por ellos para llevarlos a la casa a descansar. A esa hora y habiendo dormido
tan poquito, mi desafío mayor fue amarrarme los tenis. Manejé sintiéndome bastante
maltrecho, pero cuando llegué por ellos, nomás de verlos, me sentí mejor. Parecían
sobrevivientes rescatados del Titanic. No entraré en detalles, sólo contaré que
para estas horas ellos ya no podían ni con su alma, ni yo tampoco con la mía. El problema fue que al llegar a casa, a mí se
me fue el sueño…
Cabe señalar que mi hermosa hija,
bailarina apasionada, después de bailotear toda la noche; porque ella sí sabe
lo que es bailar… se fue al ensayo de su academia desde las siete de la mañana
prácticamente “en vivo” ¿quién tuviera veinte años otra vez? Eso sí me dio
envidia.
El resto del domingo fue para
descansar y tratar de dormir. A media tarde, yo me sentía como si me hubieran
atropellado dos veces seguidas. En la noche salí de mi habitación para contar a
los miembros de la familia y asegurarme de que seguíamos siendo los mismos. Todo estaba en orden, nos movíamos como zombis,
pero estábamos completos.
A los pocos días asistimos
nuevamente en familia al acto académico, repuestos y bañados, parecíamos otra
una familia nueva, y juntos, fuimos testigos de cómo mi hijo recibía su constancia
de estudios. ¡Aleluya! Nos vamos a la
universidad, a seguir escribiendo y contando esta fascinante historia. La
historia de mi proyecto favorito, y que más satisfacciones me ha dado, o sea,
mi familia. (seguiremos informando).