domingo, 5 de julio de 2026

La Fiebre del Mundial


Para nuestra familia, la emoción comenzó con el álbum y sus casi mil estampas o figuritas. Lo compramos a principios de mayo y todavía no lo completamos. Mi esposa y mi hijo son quienes más pasión y tiempo le han dedicado. Para mí, lo bonito es ver cómo el álbum se suma a sus antecesores de los mundiales 2014, 2018 y 2022. La colección sigue creciendo.
En las redes sociales, ya pudimos ver que el fenómeno es; como su nombre lo indica, de proporciones mundiales, la participación de 48 países ha hecho que, en más de uno, haya tenido que consultar dónde carajos está. ¿Quién había oído hablar de Cabo Verde?
En la familia, tanto mi hija “la china”, (nombrada así por su cabellera, no cran que la importamos), como yo, fluimos con el mundial al ritmo que nos toquen, no es que no nos importe, sino que nuestras pasiones van por otro lado, y el juego de pelota nos da más o menos lo mismo. Ah, pero si juega la selección nacional, la cosa cambia.
Es increíble en lo que se transforma México y un mexicano promedio cuando juega su selección. Ya quedó claro, que el futbol es capaz de lograr lo que ninguna otra cosa en este país, ni la virgencita de Guadalupe; con todo respeto, ni ningún artista, ni por supuesto, ningún partido político, con todo y su horda de acarreados. Ahora sí ya quedó claro para todos, lo que significa llenar el zócalo, el Paseo de la Reforma y las plazas públicas.
Qué falta nos hacía a los mexicanos volver a vivir la emoción de algo que nos uniera a todos. Esta fiesta me hace sentir que traigo el tanque emocional lleno de nacionalismo y pasión. El “bélico acento” dice nuestro himno, que lo siento como unirnos en una sola voz para no tenerle miedo a cuanta selección nos pongan enfrente. Aquí nos estaremos midiendo cara a cara con los ingleses este domingo. Ya si ganamos o pierden ellos, será lo que Dios quiera… nomás acuérdate Diosito, ¿Quién te hace su calvario en Iztapalapa cada semana santa… ¿Quién?
Aclarando que soy un total desconocedor de tema, (Por si no lo habían notado) qué bonito es ver a la selección jugando como lo hicieron contra Ecuador. Pero qué bonito también, es ir por las calles, al súper, a la escuela o al trabajo, y ver que la mayoría la gente va portando la camiseta de la selección o al menos vestidos de verde. Esos son mensajes de unidad, que no nos pueden pasar desapercibidos. Esas son señales de un pueblo que se siente orgulloso y se sabe organizar sin que nadie lo dirija ni lo mangonee. Y luego esa frase retórica, que se nos metió hasta la cocina (literalmente y por los huevos) y nos ha llegado al corazón como un rayito de esperanza, ¿Y si sí?
Qué fascinante es ver a nuestro equipo nacional conformado por deportistas veteranos como Guillermo Ochoa con cuarenta años y seis mundiales, jugando junto a otros con la juventud brotándole como espinillas, como Gilberto Mora, que cuando Ochoa fue a su primer mundial, este inocente ni siquiera había nacido.
Y luego está la afición, esa afición que desde que empezó el mundial se ha dejado ver cómo la gran anfitriona fuera de la cancha. Esa afición que apoya desde donde esté y que sabe vivir la fiesta en pareja, en familia, con amigos o en grandes masas y como si nos conociéramos de toda la vida.
Ahí están los que asisten a los estadios, que es una experiencia que no he vivido, pero que de verla imagino el estallido de emociones y comprendo el por qué afloran las lágrimas en buena parte de la concurrencia… yo creo, que si lo viviera en persona, sería de los que comienzan a chillar desde que se entona el himno nacional. Por algo pasan las cosas. Pero bien por ellos, por los que han podido estar presentes y vivir la experiencia de algo que quizá nunca más se va a repetir.
Luego están los que van a los Fan Fest… ahí se juntan los que no cupieron en el estadio, o no tuvieron los medios para ir. Es una fiesta popular donde sale a relucir lo más folclórico y alegórico de nuestra raza. Fanáticos, aficionados, familias, grupos de amigos, gente con mascotas, chicos y grandes, pobres y ricos y ahí, todos juntos, unidos en una misma fiesta por ver jugar y ganar a su selección. De festejos como este han surgido porras, celebraciones y gritos como el de “quiere volar, quiere volar” que preceden a acto de ver a alguna víctima levantada en volandas, subir y bajar por los aires, en brazos de una caterva de orates casi siempre alcoholizados.
También están los que festejan en el cine, yo he sido de esos (un ambiente mucho más controlado, para gente argüendera y con tendencia al relajo pero bajo techo) Era una sala donde no cabía un alma más, (como cuando se estrenó Titanic) ahí se vive la emoción y la pasión en pantalla grande. No sé a cuánto lleguen los decibeles, pero estoy seguro que ni la explosión de la estrella de la muerte, ni Top Gun con sus mejores aviones han logrado tales estruendos, (Ya sé que mis referencias cinematográficas son del siglo pasado, pero por más que quise acordarme de una película estruendosa reciente, no lo logré, en todas me duermo y los estruendos en el cine, me hacen lo que el viento a Juárez, ahí la única que me despierta es mi esposa cuando ronco, ya no se puede confiar ni en la familia, no dejan dormir a gusto, en fin).
Ya casi para terminar, diré que después de los aficionados racionalmente normales, vienen un grupo radical de lo más primitivo, los fanáticos tóxicos, esos que agarran el festejo como pretexto para cometer excesos y desmanes de todo tipo. Para ellos todo mi repudio. Son los que suelen echar a perder la fiesta, es como el imbécil que empuja al cumpleañero sobre su pastel, haciéndose el chistoso y dejando al festejado en la ignominia y a los invitados sin pastel. Con esa gente nadie gana. Ahí están los que se lanzan al vacío desde cualquier estrado al estilo Juan Escutia, los que se trepan a un semáforo o a una farola de alumbrado público sin más oficio ni beneficio que hacer desmanes y provocar desmadres. Con esa gente no se logra nada bueno.
Mejor volvamos a nuestros seleccionados, para ellos todo mi respeto y toda mi admiración. Espero que como en los anteriores partidos, sigan dando lo mejor de sí, conscientes de que, por ahora, son el mejor referente de lo que para los mexicanos significa que a la patria, el cielo “un soldado en cada hijo le dio”. Y ya de paso, pedirles a los jugadores, que por ningún motivo dejar solo a Morita, es el más chiquito y deben evitar que se encierre por largos períodos en el baño del hotel, díganle que la patria lo necesita con todas sus energías dentro.
Los grandes ausentes… ya sabemos quiénes son. Las autoridades, que ni siendo anfitriones, se han tomado la molestia de presenciar un solo partido de la selección en vivo, de verdad que bastante poco se espera de ellas, y aun así, nos logran decepcionar.
No me resta más que pedirle a dios que el domingo nos regale un buen clima, a la selección, que dé lo mejor de sí, y a la afición; que somos la inmensa mayoría, que vivamos el día con mucha pasión y nos portemos bien. En el último partido que ganamos de puro celebrar fallecieron cuatro personas, como en el brindis del bohemio, “…desbordantes de dicha y de contento”. No me quiero imaginar qué sucedería si llegara una derrota.
Los extranjeros vinieron a comprobar lo que nosotros ya sabíamos, que como México no hay dos, pero no la chinguen, también sabemos que a duras penas tenemos uno y que si nos apendejamos, al rato no vamos a tener ninguno. José Alfredo nos enseño que “aquí se apuesta la vida, y se respeta al que gana”. No me estoy arredrando contra los ingleses ni contra ninguna selección, nomás le estoy tanteando el agua a los camotes para que nos vaya bien ¿Será que llegamos a la final?... ¿Y si sí?

Un Día del Padre, Muy Padre.


Este año decidí, que junto con mi esposa y mis hijos, celebraríamos el día del padre con una visita a Guanajuato capital. Esa romántica ciudad que no se parece a ninguna otra, y en cuyo centro histórico parece por momentos que el tiempo se detuvo, allí siempre la paso bien. Llegamos a media tarde del sábado, dejamos el auto en el estacionamiento frente al jardín Reforma y comenzamos a caminar por las estrechas calles y todavía más estrechas banquetas, entre vehículos y peatones, turistas y comerciantes, en la tradicional fila india que siempre tiene uno que hacer, porque en esa ciudad no hay de otra.
Llegamos al callejón del beso, donde tantas veces habíamos estado y escuchado la famosa leyenda que le da nombre al también estrechísimo lugar. (Aquella donde Ana y Carlos, la rica española y el pobre minero, se ponían a “Echar reja” de balcón a balcón a escondidas de Don Luis, el celoso padre de Ana). Pero esta vez con tan buena fortuna, que ni había fila, ni había nadie… así que decidimos entrar a las casas para recrear la parte romántica de la leyenda.
Mi señora en un lado y el que escribe en el otro, ocupamos sendos balcones y nos dimos el besote de balcón a balcón, que dejamos inmortalizado en setenta y cinco fotografías que tomó el ingrato que nos cobró, para que escogiéramos la que más nos gusta… (a la típica usanza de quien porta un camarón pero no es capaz de tomar un par de fotos decentes) Luego nos tomamos fotos con los hijos y nos dieron otra docena - de fotos, no de hijos - total que para cuando bajamos de las alturas, ya había una fila de gente como si hubiera llegado un Primera Plus de turistas a formarse detrás nuestro.
Salimos riendo y apretujados, y nos fuimos a comprar boletos para una “Callejoneada”, a cargo de la estudiantina que en forma original se hacían llamar “Estudiantuna.” Ahora había que esperar un par de horas y en algo teníamos que entretenernos. Caminamos rumbo al jardín de la unión, que muchos conocen como el jardín principal de la ciudad. Aquello era un hervidero de gente, así que nos refugiamos en un bar y botaneamos gorditas y garnachas con cervezas, cabe señalar que mis dos hijos ya son mayores de edad, lo que nos faculta para empezar a tener otro tipo de experiencias donde como en esta que les cuento, el alcohol comienza a fluir por cuatro.
Llegado el momento y con el tentempié instalado en la barriga, nos apersonamos en el atrio del tempo de San Diego para el inicio de la mentada “callejoneada.” La estudiantina se instaló en su sitio y nosotros ocupamos las escalinatas del atrio como si fuera gradería. Comenzó la música y comenzó la fiesta, al ritmo de las guitarras, el pandero, las mandolinas, y un tololoche que siempre le toca cargarlo, al más chaparrito del grupo, que en esta ocasión además resultaba ser una señorita, así con esas, las canciones populares típicas del género comenzaron a surgir y con ello nos fuimos poniendo en ambiente.
Cabe señalar que el grupo estaba conformado por nacionales de varios estados, un grupo nutrido de colombianos y un par de chinos que nunca entendió nada de lo que pasaba pero igual se reían.
Canciones como “De Colores” y “Aires Vascos” nos hicieron corear junto con los músicos y marcaron el inicio de la siguiente hora y media en la que caminaríamos y cantaríamos por los callejones de la ciudad. Luego vino el baile del pandero, donde el ejecutante más que bailarín parecía acróbata con electrochoques a punto de descoyuntarse de tanto brinco. Lo único que le envidié fueron las rodillas.
Todavía en el atrio, y cuando creías haberlo visto todo, sacaron otro más excéntrico que hizo el baile de la capa, ese parecía torero pero sin toro, haciendo firuletes con la capa “a la vuelta y vuelta” mientras los músicos parecían que entre más tocaban más le daban cuerda, por fortuna terminó antes de que le viniera un infarto.
Así siguieron canciones como el cielito lindo, que lindamente todos coreamos y luego otras como ojos españoles, el rey, las bicicletas y el porompompero… y así nos fuimos calles arriba y callejones abajo cantando y tomando, porque justo es decir que aunque ya no se dan los clásicos porrones; que antaño se llenaban con bebidas espirituosas que nomás ellos sabían qué contenían, ahora te venden cantaritos de barro, preparados con diversos cocteles, de tal suerte que todos terminamos enfiestados.
Ya para terminar, nos acercamos nuevamente al callejón del beso, donde recreamos la leyenda entre improvisaciones y risas de la concurrencia. Ahí una pareja de espontáneos turistas, personificaron a Ana y Carlos, los irredentos y calenturientos enamorados que por más que les echaban agua fría no entendían razones. Y nuevamente su seguro servidor, hizo las veces de Don Luis, el suegro celoso que termina por apuñalar a la hija por andarse besuqueando con el primer naco que le habló bonito, pero que luego se arrepintió y se apuñalarse a si mismo, como diciendo “me la bañe.”
Terminamos el recorrido felices y cansados, por lo que era propio reponer fuerzas, y para ello nada mejor que un esquite de los de la Plaza de San Fernando. Los vende una familia que prepara entre ocho y diez recetas distintas de esquites, con chile de árbol, con tuétano, con rajas con queso, con espinazo, con pollo, etc. Total, una delicia. Y ya con eso y la caminada, teníamos suficiente para decir que aquello había sido un festejo del día del padre, a todo dar.
Regresamos a casa pasada la medianoche, cansados pero contentos y con ganas de volver y repetir la experiencia, pero sobre todo, felices de que al día siguiente era domingo, en mi caso adicionalmente pensaba – no es cualquier domingo, pues el día del padre apenas comienza.
Espero que todos los papás que pasen sus ojos por estas letras, hayan pasado un excelente día. Mis felicitaciones y reconocimiento para ustedes.

viernes, 6 de febrero de 2026

Cinco en el Ascensor

       En el elevador ya había tres personas cuando llegó la chica de la blusa verde, sonrió al entrar y de un giro les dio la espalda a todos en cuanto entró, pensando en poder ser la primera en bajarse.  Las puertas se empezaron a cerrar cuando una mano gorda y fuerte las detuvo a la altura de su cabeza.

-          Perdón, pero tengo que entrar.

Dijo un hombre alto y corpulento abriéndose paso para entrar. Para sorpresa de los ocupantes, el recién llegado era demasiado grande y gordo como para caber junto con ellos.

-          Lo siento señor, ya no cabe.

Le dijo la chica de la blusa verde.

-          Claro que quepo, además tengo prisa y no voy a llegar tarde a mi cita por culpa de un elevador lleno de gente… insensible y poco empática.

-          ¿Perdón? - Preguntó indignada la de verde, sin poder comprender que acababa de ser insultada por un perfecto desconocido.

-          La perdono – dice el hombrón – pero déjeme entrar, hágase tantito para atrás…

-          ¡Óigame!  - contesta molesta la chica de verde sintiéndose invadida en su espacio vita y haciendo que todos se apretujaran en el interior del espacio – no somos insensibles, ni poco empáticos, solamente que…

-          ¿Usted cómo lo sabe? – Pregunta el gigantón, y refiriéndose  a los demás, indaga - ¿Acaso, los conoce?

-          No, pero…

Y apenas iba a argumentar su respuesta, cuando fue interrumpida por una voz bajita y casi infantil que llegó desde el fondo del elevado

-          Tiene razón el señor, yo sí soy bastante insensible.

El que hablaba era un hombre tan bajito, que casi se podría decir que hasta ahora nadie lo había notado. Y justo la chica de verde iba a hablar cuando una señora encopetada y cargando una bolsa se le anticipó.

-          Y yo soy bastante apática.

En la confusión, la chica de verde ya no sabía si contestarle al gigantón, al chaparro o a la señora encopetada, así que decidió hacer su discurso en reversa…

-          A ver, señora, el señor no dijo apática, dijo empática.

-          Ay perdón, ¿y eso qué es? – pregunta la señora haciendo una mueca.

Y justo estaba por contestar la chica de la blusa verde, cuando el quinto pasajero; un flaco alto con aires de autosuficiencia se le adelantó:

-          Hepática, es toda aquella enfermedad que tiene que ver con el hígado… como la hepatitis.

-          ¡Oye al otro! -  Se burla el gigantón, buscando complicidad en la chica de la blusa verde y si poder dar crédito a todo lo que había provocado con su comentario.

Y cuando parecía que la plática podía retomar su rumbo,  porque la chica de verde aclararía el punto para todos, agrega la señora de la bolsa.

-          Al hijo de una vecina le dio hepatitis en el hígado y se puso bien malo.

-          Y a mi compadre le dio cirrosis en el hígado también - Agrega el chaparrito, que seguía en su rincón sin molestar a nadie, pero que gozaba de participar en pláticas que no eran de su incumbencia - y se le quitó hasta que se murió.

-          Eso significa – Vuelve la señora, como demostrando haber entendido la explicación, - que ser hepático es cuando se dice que la gente es bien hígado, o sea, que a nadie le cae bien.

La chica de verde levanta las dos manos por encima de su cabeza como para detener aquella confusión y alzando la voz aclara:

-          No, no es nada de eso…

-          Pues que raro – dice el señor sabelotodo - porque dicen que el hígado es muy bueno, y contiene mucho hierro. - Y buscando la complicidad del chaparrito, le hace un guiño como asegurando que la chica de verde no sabe ni lo que dice… a lo cual el chaparrito comenta.

-          Tiene razón, a mí me lo daban de chiquito con harta cebolla.

Mientras la chica de verde se gira sobre sus tacones para encarar al par de pelmazos argumentando:

-          Es que nadie dijo hepático, sino empático.

Ahhh!!! – Exclaman todos, como reconociendo que con aquel comentario, todo volviera a la calma, aunque era evidente que en más de uno, aquella palabra no significaba nada.

-          ¿Por qué no dejan de discutir – Preguntó el grandulón; poniéndole carácter a la conversación - y presionan el botón para que subamos de una vez? - Sugirió desesperado sin dar crédito a lo que se había provocado con su intromisión, a lo que sigiloso contestó el chaparrito del rincón.

-          No puedo presionarlo hasta que me digan a dónde van.

Aquella intromisión tomó a todos por sorpresa y el hombrecito recibió por respuesta la mirada inquisidora de los otros cuatro.

-          ¿Y usted por qué quiere saber a dónde vamos? ¿A usted qué le importa? – Agregó amoscado el grandulón.

-          Porque soy el elevadorista. – contestó modesto el chaparrito.

-          ¡Por ahí hubiéramos empezado! – Dijo la chica de verde, mientras todos hablaban y se lamentaban por el caos que se había generado a falta de claridad de todos, pero sobre todo del supuesto elevadorista, que evidentemente no cumplía a cabalidad con su oficio.

-          ¿Y por qué no pone orden en este caos? – le espetó el grandulón

-          Ya le dije – contestó el hombrecito sin inmutarse desde su rincón - Porque soy insensible. A mí realmente no me importa a donde vayan, yo aquí subo y bajo todo el día.

-          ¡Pues lléveme al tercer piso, si me hace el favor! – Le espetó el grandulón inclinándose hasta que su cabeza quedó a la altura de la del sotaco elevadorista.

Con semejante vozarrón se hizo un silencio momentáneo que fue cortado por la chica de la blusa verde, interviniendo en favor del ineficiente chaparro.

-          Tanto escándalo para ir a un tercer piso, ¿Y por qué no sube por las escaleras?

-          Porque no puedo.  – Contesta el corpulento gigantón apenado por tener que reconocer su debilidad ante los demás.

Oportunidad que aprovechó la señora encopetada para sacar de su bolsa un abanico, aprovechando que el chisme se estaba poniendo bueno y decidió participar:

-          Ay, ¿no me diga que está malo? En el tercer piso hay puros consultorios…

-          Algo hay de eso… - se avergüenza el hombrón bajando un poco la voz, mientras que la señora se le acerca como para poder platicar con más confianza.

-          No me lo diga, le duelen las rodillas, y de seguro no puede subir escaleras… a mi marido le pasó igual… y luego con semejante sobrepeso.

-          ¡Óigame! – Responde el gigantón - ¿y a usted quien le dijo que tengo problema de sobrepeso?

-          Pero si no hace falta que me lo diga nadie… - Se justifica la señora que ahora se da cuenta que no hay espacio suficiente ni para mover el abanico.

-          Tiene razón el señor, - Interviene la chica de la blusa verde - Usted no debe hacer comentarios que pongan en evidencia los defectos de las personas…

-          ¿Usted también? – Le recrimina indignado el gigantón a la chica que desde el principio no lo dejaba entrar.

-          ¿Yo qué?, yo solamente lo estoy defendiendo.  – le contestó la chica - Pero ultimadamente defiéndase usted solo, que ya está bastante, pero bastante grandezote. – Y le hizo un mohín al tiempo que se giraba para darle la espalda.  

-          Tengo sobrepeso, es verdad - contesta el grandulón apenado y serio - pero ese no es mi problema…

-          ¿Entonces cuál? – Preguntó con curiosidad el flaco sabelotodo que por un largo rato se había mantenido como espectador de la conversación y sólo disfrutaba del golpeteo entre las partes.  Lo que aprovechó la chica de la blusa verde.

-          Oiga, pues qué metiche es usted.

A lo que el flaco respondió con frescura y ligereza

-          Yo no soy metiche, - contestó el sabelotodo - nada más quiero saber…

-          ¿Y para qué quiere saber? - se le encaró la chica de verde. Situación que aprovechó la señora de la bolsa para sacar parte del veneno que le tenía guardado a la de verde.

-          Ahora la metiche es usted… y se embozó con el abanico como si con ello lo dicho fuera menos grave.

-          ¿Cómo se atreve?  - revienta la chica contra la encopetada señora sin poder creer cómo le había volteado su propio argumento, y tratando de encontrar con la mirada a alguien que le diera la razón, hizo que el sabelotodo volviera a comentar para calmar los ánimos.

-          Es que yo también voy al tercer piso… ¿Usted a qué hora tiene su cita? Porque la mía es en cinco minutos.

-          ¿Y a mí qué me importa? – le contesta gritando el hombrón al que quería saber más de la cuenta, después, buscando con la mirada al hombrecito que seguía como siempre en su rincón con una voz atronadora le espetó:

-           - ¿Por qué no nos vamos de una vez?  si no quiere que me empiece a desesperar y me desquite con usted. – a lo que el hombrecito le contestó sin perder la propiedad ni contagiarse de su histérica emoción.

-          Porque es necesario que se baje una persona para que el elevador cierre sus puertas. -  Y se cruzó de brazos como si el asunto no fuera suyo.

-          ¡Tal cosa me ha dicho!¡Cómo no lo supe antes!, - dijo el grandulón mientras tomaba al hombrecito por la solapa de su saco - El que se va a bajar es usted, que aparentemente es el único de los cinco que no tiene nada a qué subir.

Y sin más lo llevó de un movimiento hasta afuera del elevador haciendo que de inmediato se activara el cierre de las puertas. El chaparrito se quedó parado sin inmutarse por lo sucedido, y arreglándose nuevamente su saco, sacó de su pantalón un llavero y dijo:   

-          No irán a ningún lado, el elevador cierra sus puertas, pero no subirá hasta que ponga la llave.

Y con la fresca de la mañana se alejó caminando y silbando el manicero.

Fin.

domingo, 24 de agosto de 2025

La Magia de la Radio…

Mis recuerdos más antiguos con la radio se remontan a finales de los setentas; cuando era niño. Los domingos por la tarde, la rutina se repetía; Mis papás nos llevaban a mí y ocasionalmente alguno de mis hermanos (porque entre que se sentían grandes y que no cabíamos todos) a “dar la vuelta” de Ramos a Saltillo. El paseo por sí solo era emocionante, sabía que acabaríamos con una nieve o un globo en la alameda o la plaza de armas, pero el plus del paseo era escuchar “La hora de Cri-Crí” el grillito cantor. Hermoso programa radiofónico que transmitía los cuentos y canciones del incomparable Francisco Gabilondo Soler. Ahí los aprendí y todavía no los olvido.

También recuerdo de aquella época, que las personas mayores, escuchaban en la radio “Kalimán” y “El Ojo de Vidrio” que quizá por la edad que tenía, no llamaban tanto mi atención. Sin embargo recuerdo a mi papá, los fines de semana por la noche, sirviéndose una coca con mucho hielo y sintonizando la radio en la cocina de la casa, para escuchar las crónicas de peleas de box.

Otro recuerdo con la radio, ocurría diariamente en tiempos de escuela. Desde la primaria hasta la prepa, la XESJ se convirtió en la radiodifusora de compañía y referencia de todos los que salíamos temprano a la escuela o al trabajo. El canto de un gallo se escuchaba cada vez que iban a dar la hora y la temperatura y el entrañable locutor Don José “El Compadre” Medina, nos apuraba para que llegáramos temprano. ¡Cómo olvidarlo!

Con mayor edad, quizá en los noventas, supe que mi papá era aficionado a un programa radiofónico que transmitieron desde Cuba a mediados del siglo pasado, llamado “La Tremenda Corte” y que retransmitía cuarenta años después la misma XESJ. Me bastó escuchar dos o tres programas para volverme fanático de sus personajes y su estilo de comedia. Con los años me encargué de que mis hijos lo conocieran y hasta la fecha cuando los escuchamos nos siguen haciendo reír.

Luego; ya más grande, en Saltillo, tuve la oportunidad de conocer al señor Carlos Baena, actor de la época de oro del cine nacional, que por algunas circunstancias llegó a vivir a la capital de mi estado y me invitó junto con un grupo de actores, a participar en un proyecto de radio teatro. Lectura en voz alta de una obra de teatro que al mismo tiempo, era transmitida por la radio, desde una sala con escenario donde teníamos público en vivo.

Es decir, que el radio teatro, se parece a una radio novela, con la diferencia de que en el primero tienes público en vivo, y los capítulos no continúan, sino que cada uno empieza y termina con una trama única. Mientras que, en las radionovelas, la trama continua por varios capítulos y las grabaciones se hace en un estudio sin público y se pueden transmitir en vivo o editar previamente a la transmisión. Valga decir que “La Tremenda Corte” era un ejemplo de radio teatro, y “Kalimán” un ejemplo de radionovela.

Con este preámbulo se me removieron los recuerdos, y todo ello, sólo para contarles que recientemente fui invitado a hacer una audición para grabar una radionovela que se desarrolla en el corazón de Guanajuato en el siglo XVI, cuando la región brillaba por la explotación de sus minas. Una historia de fantasía y misterio producida por TV4, a quien agradezco profundamente la experiencia de haber participado en este proyecto.

El texto, la dirección, el equipo técnico y la participación de actrices y actores que prestamos nuestras voces, hacemos la magia para que la imaginación haga el resto. No se pierdan esta fantástica aventura y sientan el placer de engancharse con la historia de Joaquín el minero, nuestro protagonista, y a partir del tercer episodio, conozcan a Macario, el viejo sabio de la comunidad, a quien honrosamente me tocó interpretar. Espero que la disfruten como en aquellos tiempos… cuando las imágenes ocurrían en nuestra mente, sin competir con las pantallas, que despiadadamente acaparar nuestra atención.

Los episodios se podrán escuchar semanalmente, en diferentes plataformas de podcast, aquí les dejo la liga del primero de ellos:

https://open.spotify.com/episode/0hwk61GGURVjNoEMiTQT4Q?si=czv8iMXaRLe4lWClxYcRfA&context=spotify%3Ashow%3A3bTAPNEgd5lzgLFbwKUCxl&fbclid=IwY2xjawMYhL5leHRuA2FlbQIxMABicmlkETF5U3cyc093VVNRa2RjOHhVAR4hktWlDcSNCeVYGh3A1vV_pLNcN7vC8ZSlPUM3_qYhL6_qWI09LBqwj9_WLg_aem_gb6h9XhKEvqO2DKNvmRG9g&nd=1&dlsi=abbe3bb486d94840

 

 

domingo, 29 de junio de 2025

Una Mascota de Diez Años

 

Una mascota de 10 años

¿Tienes o estás pensando tener una mascota?

Lo recogimos de la calle hace 10 años. Tenía tres o cuatro años en ese momento y se convirtió en el guardián y timbre de la casa. Después de raparlo, bañarlo y desparasitarlo, resultó ser un schnauzer color pimienta, y aunque no era muy corpulento, era muy territorial y siempre estaba pendiente de quién pasaba por afuera o se acercaba a nuestra casa. Lo mismo daba si eran personas, vehículos o animales, el “Pip” como lo llamamos en honor a un personaje literario, no tenía reparo en armar un alboroto.

Cuando joven (el perro), me acompañaba en caminatas y salidas a correr, luego vi que no era práctico por su incontenible devaneo de orinar en todos lados. Nunca le supe quitar esa maña.

Con los años y siendo viejo (el perro), pasó de ser guardián, a una noble y fiel compañía.  Luego fue perdiendo la vista, el oído y en general la salud, hasta que llegó el momento en que decidimos dormirlo para siempre. Su calidad de vida se deterioró de tal forma que el mismo veterinario nos recomendó acelerar el final antes de que comenzara el sufrimiento. Sabíamos que era lo mejor para él y para todos.

Ahora pienso sobre la conveniencia de tener o no tener otra mascota. Recordé aquel viejo “test” que contesté para seleccionar al perro más adecuado para nuestro estilo de vida. (y donde justamente recomendaban la raza Schnauzer como una de las opciones) Si no lo han hecho y lo están pensando, háganlo.

Es un cuestionario donde defines el tiempo que estás dispuesto a pasar con tu mascota, el presupuesto que piensas invertir en su manutención y cuidados. Los hábitos del dueño y la familia, para ver el grado de compatibilidad que tendrían o no con ciertas razas. Por ejemplo, con relación al deporte, si existe algún hábito personal o familiar, conviene saber si el perro va a formar parte de dicha rutina o no. O cosas tan simples como los patrones de comportamiento en casa y en lugares públicos, y hasta la tendencia de comprar accesorios, ropa, juguetes, etc. todo lo relacionado al estilo de vida, que sin duda se verá afectado por el nuevo integrante. Alguna vez me cruzó por la mente la idea de tener un boxer. - ¿Tienes niños? – me preguntó un amigo – Si, tengo dos. - Pues con el boxer, haz de cuenta que tendrías tres.

El cuestionario me ayudó a ser consciente de lo que implica tener un perro en casa, organizar la agenda para dedicar un tiempo a estar con él, sacarlo a pasear, hacer ejercicio, hacernos responsable de sus visitas al veterinario, sus vacunas y por supuesto la limpieza de todas sus descargas. (Que yo no sé por qué hay tanta gente irresponsable y mañosa, que en lugares públicos, se hace de la vista gorda como si su perro fuera eléctrico y sólo produjera gases) El test sirvió para saber si en la dinámica familiar el perro encajaría bien o no, si viviría dentro de la casa o sólo en el patio, cómo impactaría en los gastos mensual y cómo habría que resolver su situación en casos especiales, como cuando la familia sale de viaje y debes decidir si llevarás a la mascota o quién lo cuidará durante ese tiempo.

Los años pasaron y por ahora nuestra mascota se volvió un recuerdo. Nosotros también hemos cambiado y la dinámica familiar con hijos grandes también se ha modificado. Pienso que, si volviera a contestar el “test”, el resultado me recomendaría comprar un perro de peluche. La paciencia para atender a un perro como se merece, siento que la he perdido, además cuando era niño aprendí que en las casas se pueden tener “o patas o matas” y por ahora prefiero las matas (macetas y plantas). Y como sigo sintiendo un gran respeto y cariño por los animales, no sería capaz de tener uno si no fuera con los cuidados que se merece.

Lo pensaré algún tiempo, quizá cambie de opinión, pero por ahora así estamos bien. Me conformo con los pájaros que llegan a las plantas y al comedero de semillas. En casa los perros siempre han vivido y convivido en el exterior. No entran en las habitaciones, no se suben a los muebles, ni mucho menos a las camas. No usan ropa, ni zapatos especiales para perros. Estoy a favor de quererlos, de cuidarlos y por supuesto de hacerme responsable de ellos, pero esa tendencia de algunas personas de darles trato como pretendiendo humanizarlos, eso sí que no. Los animales me gustan con su instinto natural. Quizá algún día vuelva a tener otra mascota.  Pienso que la convivencia entre humanos y animales nos hace bien a ambos, querernos y respetarnos es estar en paz con la naturaleza, esa que pocas veces se equivoca y de la cual todos finalmente somos parte.

viernes, 27 de junio de 2025

Manos de Papá

 MANOS DE PAPÁ


Ya sé por qué no te extraño,

y es simple, no te has marchado. 


Pensaba que con la muerte tu historia habría terminado,

y te volverías recuerdo, que el tiempo iría esfumando.


Pero te quedaste Inmerso, como escondido, jugando

y te fui reconociendo, y te fuiste rebelando,

en mis maneras de ser y mi modo de ir andando.

Y hace tiempo descubrí, que te metiste en mis manos.

Juraría que son las tuyas, que me siguen apoyando.


Su color, sus vellos, manchas; 

las que todos conocemos que aparece con la edad, 

y esa piel que pareciera, que ya no se ha de llenar. 


Manos que cuentan historias

porque al igual que las tuyas manejaron sin cesar, 

muchas horas al volante, muchos años trabajar.

muchas palmas estrechadas, mucha gente saludar, 

alguna que otra mentada y en las noches persignar. 


Las mismas, que pocas veces un golpe hubieron de dar, 

o un manotazo en la mesa, o el índice levantar.

Y otras veces con caricias ayudaron a sanar 

heridas y moretones que sufrimos al andar,

y en los momentos más duros, una lágrima enjugar. 

 

Y por eso no te extraño, 

porque estás dentro de mí, 

pues tan solo ver mis manos, 

me hace acordarme de ti.

domingo, 9 de junio de 2024

Gente Promedio

Lo primero que debemos decir, es que estamos hablando de un grupo de gente muy numeroso.

La gente promedio, es gente común y corriente que en promedio hace lo que debe de hacer.

¿Esto qué significa? Que si usted es estudiante, y estudia más o menos igual que el resto de sus compañeros, usted es un estudiante promedio. Si usted trabaja, y trabaja más o menos igual que los demás, usted es un trabajador promedio. Si es empresario y se comporta en términos generales igual que sus colegas, usted es un empresario promedio, y si acaso es de los que se pasa el día en la casa siendo padre o madre de familia y hace lo que suele hacer cotidianamente un padre o una madre de familia, también es usted una persona promedio, como coloquialmente se dice, una persona “del montón.”

¿Y acaso eso está mal? Por supuesto que no, ser persona promedio no tiene nada de malo, sobre todo si sus aspiraciones en la vida también son aspiraciones promedio, es decir, si usted es de los que se conforma con llevar una vida promedio y tener una familia promedio, un ingreso promedio y un estilo de vida promedio, no hay nada de qué preocuparse, ni hay por qué ni para qué desgastarse en tratar de ser más que los demás. Así como es y así como está, seguramente tiene y tendrá un destino promedio y un final promedio. Y tanto sus preocupaciones y problemas, como su alegrías y placeres, oscilarán entre lo cotidiano y lo común de lo que le ocurre a cualquier persona promedio.

¡Ah!, pero si usted se considera una persona con aspiraciones por encima del promedio, si acaso usted es de los que no se conforma con ser alguien del montón, ni mucho menos con tener lo que suelen tener las personas promedio, entonces sí que tendrá un asunto por resolver. Aquí es donde la frustración puede aparecer en escena y mostrar su mejor peor faceta. 

Si nuestras aspiraciones son mayores que las de una persona promedio, si nuestros sueños, anhelos, proyectos y ganas de sacarle jugo a la vida, son superiores a las que tiene el común de la gente, entonces sí preparémonos, y estemos convencidos de que algo diferente debemos hacer. 

Si la distancia entre nuestra realidad actual y la realidad que nos gustaría tener es mucha; una de dos, o nos resignamos a lo que somos y tenemos, o empezamos el viaje necesario para acortar esa distancia y llegar a donde queremos estar. Es más fácil y mucho más cómodo conformarse y encontrar pretextos para no hacer nada y justificarnos diciendo que la vida que anhelamos está predestinada sólo para personas superdotadas. Pero también está el otro camino, donde las decisiones son la llave, podemos hacer ajustes en nuestros hábitos, en nuestras rutinas, y paulatinamente hacer cambios en nuestra vida que nos permita caminar en la dirección de nuestras metas y sueños.

¿Es posible? Claro que lo es, aunque conviene precisar que el camino no es fácil, ni rápido. Si algo hemos aprendido es que las cosas que valen la pena suelen llevar tiempo y exigen ser perseverantes La pregunta es ¿Creemos realmente que vale la pena?

Si soy estudiante y quiero destacar como estudiante, tengo que hacer más de lo que hace un estudiante promedio. Si soy deportista, y quiero sobresalir entre los deportistas, el talento no será suficiente, debo hacer más que lo que hace un deportista promedio; entrenar más horas, practicar para mejorar mi técnica, pedir retroalimentación al entrenador, etc.  Si soy empleado o padrón de una empresa y quiero destacar profesionalmente y aspirar a crecer y desarrollarme más que el promedio, no hay duda, debo hacer algo más que lo que hace un colega promedio. Aprender más, practicar más, hablar otro idioma, desarrollar otras habilidades, o incluso mejorar mis actitudes hacia los demás.

Ahora que si al hacer mi examen de consciencia, me doy cuenta que no estoy haciendo lo que debería hacer y ni siquiera estoy al nivel de una persona promedio en mis circunstancias, entonces el caso es más serio. Habrá que descubrir qué o cuáles son los factores que me están impidiendo tener una vida inferior al promedio. Descubrir qué es aquello que no me permite estar donde quisiera estar, puede ser evidente a nuestros ojos, u oculto y a la espera de descubrirse. Como quiera que sea, conviene poner empeño en saberlo y clarificarlo, si no fuera posible por medios propios, o la ayuda de alguien de confianza, recurrir a un profesional sería una gran decisión.

La vida es un gran regalo que nunca sabemos cuánto va a durar, aprovecharlo o dejarlo pasar es una actitud que depende cien por ciento de cada uno y de las decisiones que tomemos cada día. Por una vida personal, familiar y social mejor, tomemos acciones y hablemos del tema.