viernes, 6 de febrero de 2026

Cinco en el Ascensor

       En el elevador ya había tres personas cuando llegó la chica de la blusa verde, sonrió al entrar y de un giro les dio la espalda a todos en cuanto entró, pensando en poder ser la primera en bajarse.  Las puertas se empezaron a cerrar cuando una mano gorda y fuerte las detuvo a la altura de su cabeza.

-          Perdón, pero tengo que entrar.

Dijo un hombre alto y corpulento abriéndose paso para entrar. Para sorpresa de los ocupantes, el recién llegado era demasiado grande y gordo como para caber junto con ellos.

-          Lo siento señor, ya no cabe.

Le dijo la chica de la blusa verde.

-          Claro que quepo, además tengo prisa y no voy a llegar tarde a mi cita por culpa de un elevador lleno de gente… insensible y poco empática.

-          ¿Perdón? - Preguntó indignada la de verde, sin poder comprender que acababa de ser insultada por un perfecto desconocido.

-          La perdono – dice el hombrón – pero déjeme entrar, hágase tantito para atrás…

-          ¡Óigame!  - contesta molesta la chica de verde sintiéndose invadida en su espacio vita y haciendo que todos se apretujaran en el interior del espacio – no somos insensibles, ni poco empáticos, solamente que…

-          ¿Usted cómo lo sabe? – Pregunta el gigantón, y refiriéndose  a los demás, indaga - ¿Acaso, los conoce?

-          No, pero…

Y apenas iba a argumentar su respuesta, cuando fue interrumpida por una voz bajita y casi infantil que llegó desde el fondo del elevado

-          Tiene razón el señor, yo sí soy bastante insensible.

El que hablaba era un hombre tan bajito, que casi se podría decir que hasta ahora nadie lo había notado. Y justo la chica de verde iba a hablar cuando una señora encopetada y cargando una bolsa se le anticipó.

-          Y yo soy bastante apática.

En la confusión, la chica de verde ya no sabía si contestarle al gigantón, al chaparro o a la señora encopetada, así que decidió hacer su discurso en reversa…

-          A ver, señora, el señor no dijo apática, dijo empática.

-          Ay perdón, ¿y eso qué es? – pregunta la señora haciendo una mueca.

Y justo estaba por contestar la chica de la blusa verde, cuando el quinto pasajero; un flaco alto con aires de autosuficiencia se le adelantó:

-          Hepática, es toda aquella enfermedad que tiene que ver con el hígado… como la hepatitis.

-          ¡Oye al otro! -  Se burla el gigantón, buscando complicidad en la chica de la blusa verde y si poder dar crédito a todo lo que había provocado con su comentario.

Y cuando parecía que la plática podía retomar su rumbo,  porque la chica de verde aclararía el punto para todos, agrega la señora de la bolsa.

-          Al hijo de una vecina le dio hepatitis en el hígado y se puso bien malo.

-          Y a mi compadre le dio cirrosis en el hígado también - Agrega el chaparrito, que seguía en su rincón sin molestar a nadie, pero que gozaba de participar en pláticas que no eran de su incumbencia - y se le quitó hasta que se murió.

-          Eso significa – Vuelve la señora, como demostrando haber entendido la explicación, - que ser hepático es cuando se dice que la gente es bien hígado, o sea, que a nadie le cae bien.

La chica de verde levanta las dos manos por encima de su cabeza como para detener aquella confusión y alzando la voz aclara:

-          No, no es nada de eso…

-          Pues que raro – dice el señor sabelotodo - porque dicen que el hígado es muy bueno, y contiene mucho hierro. - Y buscando la complicidad del chaparrito, le hace un guiño como asegurando que la chica de verde no sabe ni lo que dice… a lo cual el chaparrito comenta.

-          Tiene razón, a mí me lo daban de chiquito con harta cebolla.

Mientras la chica de verde se gira sobre sus tacones para encarar al par de pelmazos argumentando:

-          Es que nadie dijo hepático, sino empático.

Ahhh!!! – Exclaman todos, como reconociendo que con aquel comentario, todo volviera a la calma, aunque era evidente que en más de uno, aquella palabra no significaba nada.

-          ¿Por qué no dejan de discutir – Preguntó el grandulón; poniéndole carácter a la conversación - y presionan el botón para que subamos de una vez? - Sugirió desesperado sin dar crédito a lo que se había provocado con su intromisión, a lo que sigiloso contestó el chaparrito del rincón.

-          No puedo presionarlo hasta que me digan a dónde van.

Aquella intromisión tomó a todos por sorpresa y el hombrecito recibió por respuesta la mirada inquisidora de los otros cuatro.

-          ¿Y usted por qué quiere saber a dónde vamos? ¿A usted qué le importa? – Agregó amoscado el grandulón.

-          Porque soy el elevadorista. – contestó modesto el chaparrito.

-          ¡Por ahí hubiéramos empezado! – Dijo la chica de verde, mientras todos hablaban y se lamentaban por el caos que se había generado a falta de claridad de todos, pero sobre todo del supuesto elevadorista, que evidentemente no cumplía a cabalidad con su oficio.

-          ¿Y por qué no pone orden en este caos? – le espetó el grandulón

-          Ya le dije – contestó el hombrecito sin inmutarse desde su rincón - Porque soy insensible. A mí realmente no me importa a donde vayan, yo aquí subo y bajo todo el día.

-          ¡Pues lléveme al tercer piso, si me hace el favor! – Le espetó el grandulón inclinándose hasta que su cabeza quedó a la altura de la del sotaco elevadorista.

Con semejante vozarrón se hizo un silencio momentáneo que fue cortado por la chica de la blusa verde, interviniendo en favor del ineficiente chaparro.

-          Tanto escándalo para ir a un tercer piso, ¿Y por qué no sube por las escaleras?

-          Porque no puedo.  – Contesta el corpulento gigantón apenado por tener que reconocer su debilidad ante los demás.

Oportunidad que aprovechó la señora encopetada para sacar de su bolsa un abanico, aprovechando que el chisme se estaba poniendo bueno y decidió participar:

-          Ay, ¿no me diga que está malo? En el tercer piso hay puros consultorios…

-          Algo hay de eso… - se avergüenza el hombrón bajando un poco la voz, mientras que la señora se le acerca como para poder platicar con más confianza.

-          No me lo diga, le duelen las rodillas, y de seguro no puede subir escaleras… a mi marido le pasó igual… y luego con semejante sobrepeso.

-          ¡Óigame! – Responde el gigantón - ¿y a usted quien le dijo que tengo problema de sobrepeso?

-          Pero si no hace falta que me lo diga nadie… - Se justifica la señora que ahora se da cuenta que no hay espacio suficiente ni para mover el abanico.

-          Tiene razón el señor, - Interviene la chica de la blusa verde - Usted no debe hacer comentarios que pongan en evidencia los defectos de las personas…

-          ¿Usted también? – Le recrimina indignado el gigantón a la chica que desde el principio no lo dejaba entrar.

-          ¿Yo qué?, yo solamente lo estoy defendiendo.  – le contestó la chica - Pero ultimadamente defiéndase usted solo, que ya está bastante, pero bastante grandezote. – Y le hizo un mohín al tiempo que se giraba para darle la espalda.  

-          Tengo sobrepeso, es verdad - contesta el grandulón apenado y serio - pero ese no es mi problema…

-          ¿Entonces cuál? – Preguntó con curiosidad el flaco sabelotodo que por un largo rato se había mantenido como espectador de la conversación y sólo disfrutaba del golpeteo entre las partes.  Lo que aprovechó la chica de la blusa verde.

-          Oiga, pues qué metiche es usted.

A lo que el flaco respondió con frescura y ligereza

-          Yo no soy metiche, - contestó el sabelotodo - nada más quiero saber…

-          ¿Y para qué quiere saber? - se le encaró la chica de verde. Situación que aprovechó la señora de la bolsa para sacar parte del veneno que le tenía guardado a la de verde.

-          Ahora la metiche es usted… y se embozó con el abanico como si con ello lo dicho fuera menos grave.

-          ¿Cómo se atreve?  - revienta la chica contra la encopetada señora sin poder creer cómo le había volteado su propio argumento, y tratando de encontrar con la mirada a alguien que le diera la razón, hizo que el sabelotodo volviera a comentar para calmar los ánimos.

-          Es que yo también voy al tercer piso… ¿Usted a qué hora tiene su cita? Porque la mía es en cinco minutos.

-          ¿Y a mí qué me importa? – le contesta gritando el hombrón al que quería saber más de la cuenta, después, buscando con la mirada al hombrecito que seguía como siempre en su rincón con una voz atronadora le espetó:

-           - ¿Por qué no nos vamos de una vez?  si no quiere que me empiece a desesperar y me desquite con usted. – a lo que el hombrecito le contestó sin perder la propiedad ni contagiarse de su histérica emoción.

-          Porque es necesario que se baje una persona para que el elevador cierre sus puertas. -  Y se cruzó de brazos como si el asunto no fuera suyo.

-          ¡Tal cosa me ha dicho!¡Cómo no lo supe antes!, - dijo el grandulón mientras tomaba al hombrecito por la solapa de su saco - El que se va a bajar es usted, que aparentemente es el único de los cinco que no tiene nada a qué subir.

Y sin más lo llevó de un movimiento hasta afuera del elevador haciendo que de inmediato se activara el cierre de las puertas. El chaparrito se quedó parado sin inmutarse por lo sucedido, y arreglándose nuevamente su saco, sacó de su pantalón un llavero y dijo:   

-          No irán a ningún lado, el elevador cierra sus puertas, pero no subirá hasta que ponga la llave.

Y con la fresca de la mañana se alejó caminando y silbando el manicero.

Fin.

domingo, 24 de agosto de 2025

La Magia de la Radio…

Mis recuerdos más antiguos con la radio se remontan a finales de los setentas; cuando era niño. Los domingos por la tarde, la rutina se repetía; Mis papás nos llevaban a mí y ocasionalmente alguno de mis hermanos (porque entre que se sentían grandes y que no cabíamos todos) a “dar la vuelta” de Ramos a Saltillo. El paseo por sí solo era emocionante, sabía que acabaríamos con una nieve o un globo en la alameda o la plaza de armas, pero el plus del paseo era escuchar “La hora de Cri-Crí” el grillito cantor. Hermoso programa radiofónico que transmitía los cuentos y canciones del incomparable Francisco Gabilondo Soler. Ahí los aprendí y todavía no los olvido.

También recuerdo de aquella época, que las personas mayores, escuchaban en la radio “Kalimán” y “El Ojo de Vidrio” que quizá por la edad que tenía, no llamaban tanto mi atención. Sin embargo recuerdo a mi papá, los fines de semana por la noche, sirviéndose una coca con mucho hielo y sintonizando la radio en la cocina de la casa, para escuchar las crónicas de peleas de box.

Otro recuerdo con la radio, ocurría diariamente en tiempos de escuela. Desde la primaria hasta la prepa, la XESJ se convirtió en la radiodifusora de compañía y referencia de todos los que salíamos temprano a la escuela o al trabajo. El canto de un gallo se escuchaba cada vez que iban a dar la hora y la temperatura y el entrañable locutor Don José “El Compadre” Medina, nos apuraba para que llegáramos temprano. ¡Cómo olvidarlo!

Con mayor edad, quizá en los noventas, supe que mi papá era aficionado a un programa radiofónico que transmitieron desde Cuba a mediados del siglo pasado, llamado “La Tremenda Corte” y que retransmitía cuarenta años después la misma XESJ. Me bastó escuchar dos o tres programas para volverme fanático de sus personajes y su estilo de comedia. Con los años me encargué de que mis hijos lo conocieran y hasta la fecha cuando los escuchamos nos siguen haciendo reír.

Luego; ya más grande, en Saltillo, tuve la oportunidad de conocer al señor Carlos Baena, actor de la época de oro del cine nacional, que por algunas circunstancias llegó a vivir a la capital de mi estado y me invitó junto con un grupo de actores, a participar en un proyecto de radio teatro. Lectura en voz alta de una obra de teatro que al mismo tiempo, era transmitida por la radio, desde una sala con escenario donde teníamos público en vivo.

Es decir, que el radio teatro, se parece a una radio novela, con la diferencia de que en el primero tienes público en vivo, y los capítulos no continúan, sino que cada uno empieza y termina con una trama única. Mientras que, en las radionovelas, la trama continua por varios capítulos y las grabaciones se hace en un estudio sin público y se pueden transmitir en vivo o editar previamente a la transmisión. Valga decir que “La Tremenda Corte” era un ejemplo de radio teatro, y “Kalimán” un ejemplo de radionovela.

Con este preámbulo se me removieron los recuerdos, y todo ello, sólo para contarles que recientemente fui invitado a hacer una audición para grabar una radionovela que se desarrolla en el corazón de Guanajuato en el siglo XVI, cuando la región brillaba por la explotación de sus minas. Una historia de fantasía y misterio producida por TV4, a quien agradezco profundamente la experiencia de haber participado en este proyecto.

El texto, la dirección, el equipo técnico y la participación de actrices y actores que prestamos nuestras voces, hacemos la magia para que la imaginación haga el resto. No se pierdan esta fantástica aventura y sientan el placer de engancharse con la historia de Joaquín el minero, nuestro protagonista, y a partir del tercer episodio, conozcan a Macario, el viejo sabio de la comunidad, a quien honrosamente me tocó interpretar. Espero que la disfruten como en aquellos tiempos… cuando las imágenes ocurrían en nuestra mente, sin competir con las pantallas, que despiadadamente acaparar nuestra atención.

Los episodios se podrán escuchar semanalmente, en diferentes plataformas de podcast, aquí les dejo la liga del primero de ellos:

https://open.spotify.com/episode/0hwk61GGURVjNoEMiTQT4Q?si=czv8iMXaRLe4lWClxYcRfA&context=spotify%3Ashow%3A3bTAPNEgd5lzgLFbwKUCxl&fbclid=IwY2xjawMYhL5leHRuA2FlbQIxMABicmlkETF5U3cyc093VVNRa2RjOHhVAR4hktWlDcSNCeVYGh3A1vV_pLNcN7vC8ZSlPUM3_qYhL6_qWI09LBqwj9_WLg_aem_gb6h9XhKEvqO2DKNvmRG9g&nd=1&dlsi=abbe3bb486d94840

 

 

domingo, 29 de junio de 2025

Una Mascota de Diez Años

 

Una mascota de 10 años

¿Tienes o estás pensando tener una mascota?

Lo recogimos de la calle hace 10 años. Tenía tres o cuatro años en ese momento y se convirtió en el guardián y timbre de la casa. Después de raparlo, bañarlo y desparasitarlo, resultó ser un schnauzer color pimienta, y aunque no era muy corpulento, era muy territorial y siempre estaba pendiente de quién pasaba por afuera o se acercaba a nuestra casa. Lo mismo daba si eran personas, vehículos o animales, el “Pip” como lo llamamos en honor a un personaje literario, no tenía reparo en armar un alboroto.

Cuando joven (el perro), me acompañaba en caminatas y salidas a correr, luego vi que no era práctico por su incontenible devaneo de orinar en todos lados. Nunca le supe quitar esa maña.

Con los años y siendo viejo (el perro), pasó de ser guardián, a una noble y fiel compañía.  Luego fue perdiendo la vista, el oído y en general la salud, hasta que llegó el momento en que decidimos dormirlo para siempre. Su calidad de vida se deterioró de tal forma que el mismo veterinario nos recomendó acelerar el final antes de que comenzara el sufrimiento. Sabíamos que era lo mejor para él y para todos.

Ahora pienso sobre la conveniencia de tener o no tener otra mascota. Recordé aquel viejo “test” que contesté para seleccionar al perro más adecuado para nuestro estilo de vida. (y donde justamente recomendaban la raza Schnauzer como una de las opciones) Si no lo han hecho y lo están pensando, háganlo.

Es un cuestionario donde defines el tiempo que estás dispuesto a pasar con tu mascota, el presupuesto que piensas invertir en su manutención y cuidados. Los hábitos del dueño y la familia, para ver el grado de compatibilidad que tendrían o no con ciertas razas. Por ejemplo, con relación al deporte, si existe algún hábito personal o familiar, conviene saber si el perro va a formar parte de dicha rutina o no. O cosas tan simples como los patrones de comportamiento en casa y en lugares públicos, y hasta la tendencia de comprar accesorios, ropa, juguetes, etc. todo lo relacionado al estilo de vida, que sin duda se verá afectado por el nuevo integrante. Alguna vez me cruzó por la mente la idea de tener un boxer. - ¿Tienes niños? – me preguntó un amigo – Si, tengo dos. - Pues con el boxer, haz de cuenta que tendrías tres.

El cuestionario me ayudó a ser consciente de lo que implica tener un perro en casa, organizar la agenda para dedicar un tiempo a estar con él, sacarlo a pasear, hacer ejercicio, hacernos responsable de sus visitas al veterinario, sus vacunas y por supuesto la limpieza de todas sus descargas. (Que yo no sé por qué hay tanta gente irresponsable y mañosa, que en lugares públicos, se hace de la vista gorda como si su perro fuera eléctrico y sólo produjera gases) El test sirvió para saber si en la dinámica familiar el perro encajaría bien o no, si viviría dentro de la casa o sólo en el patio, cómo impactaría en los gastos mensual y cómo habría que resolver su situación en casos especiales, como cuando la familia sale de viaje y debes decidir si llevarás a la mascota o quién lo cuidará durante ese tiempo.

Los años pasaron y por ahora nuestra mascota se volvió un recuerdo. Nosotros también hemos cambiado y la dinámica familiar con hijos grandes también se ha modificado. Pienso que, si volviera a contestar el “test”, el resultado me recomendaría comprar un perro de peluche. La paciencia para atender a un perro como se merece, siento que la he perdido, además cuando era niño aprendí que en las casas se pueden tener “o patas o matas” y por ahora prefiero las matas (macetas y plantas). Y como sigo sintiendo un gran respeto y cariño por los animales, no sería capaz de tener uno si no fuera con los cuidados que se merece.

Lo pensaré algún tiempo, quizá cambie de opinión, pero por ahora así estamos bien. Me conformo con los pájaros que llegan a las plantas y al comedero de semillas. En casa los perros siempre han vivido y convivido en el exterior. No entran en las habitaciones, no se suben a los muebles, ni mucho menos a las camas. No usan ropa, ni zapatos especiales para perros. Estoy a favor de quererlos, de cuidarlos y por supuesto de hacerme responsable de ellos, pero esa tendencia de algunas personas de darles trato como pretendiendo humanizarlos, eso sí que no. Los animales me gustan con su instinto natural. Quizá algún día vuelva a tener otra mascota.  Pienso que la convivencia entre humanos y animales nos hace bien a ambos, querernos y respetarnos es estar en paz con la naturaleza, esa que pocas veces se equivoca y de la cual todos finalmente somos parte.

viernes, 27 de junio de 2025

Manos de Papá

 MANOS DE PAPÁ


Ya sé por qué no te extraño,

y es simple, no te has marchado. 


Pensaba que con la muerte tu historia habría terminado,

y te volverías recuerdo, que el tiempo iría esfumando.


Pero te quedaste Inmerso, como escondido, jugando

y te fui reconociendo, y te fuiste rebelando,

en mis maneras de ser y mi modo de ir andando.

Y hace tiempo descubrí, que te metiste en mis manos.

Juraría que son las tuyas, que me siguen apoyando.


Su color, sus vellos, manchas; 

las que todos conocemos que aparece con la edad, 

y esa piel que pareciera, que ya no se ha de llenar. 


Manos que cuentan historias

porque al igual que las tuyas manejaron sin cesar, 

muchas horas al volante, muchos años trabajar.

muchas palmas estrechadas, mucha gente saludar, 

alguna que otra mentada y en las noches persignar. 


Las mismas, que pocas veces un golpe hubieron de dar, 

o un manotazo en la mesa, o el índice levantar.

Y otras veces con caricias ayudaron a sanar 

heridas y moretones que sufrimos al andar,

y en los momentos más duros, una lágrima enjugar. 

 

Y por eso no te extraño, 

porque estás dentro de mí, 

pues tan solo ver mis manos, 

me hace acordarme de ti.

domingo, 9 de junio de 2024

Gente Promedio

Lo primero que debemos decir, es que estamos hablando de un grupo de gente muy numeroso.

La gente promedio, es gente común y corriente que en promedio hace lo que debe de hacer.

¿Esto qué significa? Que si usted es estudiante, y estudia más o menos igual que el resto de sus compañeros, usted es un estudiante promedio. Si usted trabaja, y trabaja más o menos igual que los demás, usted es un trabajador promedio. Si es empresario y se comporta en términos generales igual que sus colegas, usted es un empresario promedio, y si acaso es de los que se pasa el día en la casa siendo padre o madre de familia y hace lo que suele hacer cotidianamente un padre o una madre de familia, también es usted una persona promedio, como coloquialmente se dice, una persona “del montón.”

¿Y acaso eso está mal? Por supuesto que no, ser persona promedio no tiene nada de malo, sobre todo si sus aspiraciones en la vida también son aspiraciones promedio, es decir, si usted es de los que se conforma con llevar una vida promedio y tener una familia promedio, un ingreso promedio y un estilo de vida promedio, no hay nada de qué preocuparse, ni hay por qué ni para qué desgastarse en tratar de ser más que los demás. Así como es y así como está, seguramente tiene y tendrá un destino promedio y un final promedio. Y tanto sus preocupaciones y problemas, como su alegrías y placeres, oscilarán entre lo cotidiano y lo común de lo que le ocurre a cualquier persona promedio.

¡Ah!, pero si usted se considera una persona con aspiraciones por encima del promedio, si acaso usted es de los que no se conforma con ser alguien del montón, ni mucho menos con tener lo que suelen tener las personas promedio, entonces sí que tendrá un asunto por resolver. Aquí es donde la frustración puede aparecer en escena y mostrar su mejor peor faceta. 

Si nuestras aspiraciones son mayores que las de una persona promedio, si nuestros sueños, anhelos, proyectos y ganas de sacarle jugo a la vida, son superiores a las que tiene el común de la gente, entonces sí preparémonos, y estemos convencidos de que algo diferente debemos hacer. 

Si la distancia entre nuestra realidad actual y la realidad que nos gustaría tener es mucha; una de dos, o nos resignamos a lo que somos y tenemos, o empezamos el viaje necesario para acortar esa distancia y llegar a donde queremos estar. Es más fácil y mucho más cómodo conformarse y encontrar pretextos para no hacer nada y justificarnos diciendo que la vida que anhelamos está predestinada sólo para personas superdotadas. Pero también está el otro camino, donde las decisiones son la llave, podemos hacer ajustes en nuestros hábitos, en nuestras rutinas, y paulatinamente hacer cambios en nuestra vida que nos permita caminar en la dirección de nuestras metas y sueños.

¿Es posible? Claro que lo es, aunque conviene precisar que el camino no es fácil, ni rápido. Si algo hemos aprendido es que las cosas que valen la pena suelen llevar tiempo y exigen ser perseverantes La pregunta es ¿Creemos realmente que vale la pena?

Si soy estudiante y quiero destacar como estudiante, tengo que hacer más de lo que hace un estudiante promedio. Si soy deportista, y quiero sobresalir entre los deportistas, el talento no será suficiente, debo hacer más que lo que hace un deportista promedio; entrenar más horas, practicar para mejorar mi técnica, pedir retroalimentación al entrenador, etc.  Si soy empleado o padrón de una empresa y quiero destacar profesionalmente y aspirar a crecer y desarrollarme más que el promedio, no hay duda, debo hacer algo más que lo que hace un colega promedio. Aprender más, practicar más, hablar otro idioma, desarrollar otras habilidades, o incluso mejorar mis actitudes hacia los demás.

Ahora que si al hacer mi examen de consciencia, me doy cuenta que no estoy haciendo lo que debería hacer y ni siquiera estoy al nivel de una persona promedio en mis circunstancias, entonces el caso es más serio. Habrá que descubrir qué o cuáles son los factores que me están impidiendo tener una vida inferior al promedio. Descubrir qué es aquello que no me permite estar donde quisiera estar, puede ser evidente a nuestros ojos, u oculto y a la espera de descubrirse. Como quiera que sea, conviene poner empeño en saberlo y clarificarlo, si no fuera posible por medios propios, o la ayuda de alguien de confianza, recurrir a un profesional sería una gran decisión.

La vida es un gran regalo que nunca sabemos cuánto va a durar, aprovecharlo o dejarlo pasar es una actitud que depende cien por ciento de cada uno y de las decisiones que tomemos cada día. Por una vida personal, familiar y social mejor, tomemos acciones y hablemos del tema.

 

 

 

 

domingo, 12 de mayo de 2024

El Ego y la Soberbia, se Disfrazan.

 

El ego; escuché alguna vez, en boca del Dr. José Antonio Lozano Diez, presidente de la junta de gobierno de la Universidad Panamericana y el IPADE; se alimenta de tres cosas: de lo que tenemos, de lo que hemos hecho y de defender nuestra verdad. La reflexión de aquellas palabras me ha dado para meses, si no es que para años.

“Lo que tenemos”, pues claro, si tengo todo esto y los demás no lo tienen, es muy fácil hacer gala de mi egolatría, y verme diferente a los demás. Quizá no lo diga, pero lo pienso y lo creo.

“Lo que hemos hecho”, ¡pues hombre!, si tengo más experiencia que todos, si he desempeñado tales puestos y he logrado lo que casi nadie, ¿cómo pretenden que me vea y me sienta igual que los demás? ¿Quién me van a venir a decir algo que no sepa?

“De defender nuestra verdad,” ¿Y cuál otra podríamos a defender?, si la nuestra es la que mejor conocemos. ¿Y quién va a venir a decirnos cómo son las cosas si nadie las ha vivido mejor que nosotros?

Pues sí, así se alimenta el ego, de responder y aceptar como ciertas todas esas preguntas, porque quizá conocemos los hechos y con eso nos justificamos, pero ¿conoceremos también las causas y las intenciones detrás de esos hechos? ¿A caso nuestro punto de vista y nuestra perspectiva es la única cierta?

Con la soberbia pasa igual, con facilidad vamos por la vida con esa necesidad de creernos superiores a los demás y sentir que nadie nos merece, aunado a la falta de humildad que nos impide poner los pies sobre la tierra, reconocer nuestra propia realidad y aceptar que nadie es más que los demás, que todo podemos mejorar, si abrimos nuestra mente y escuchamos lo que otros nos pueden decir.

El ego y la soberbia, dos características del ser humano, que día con día se meten en nuestra vida y afloran a través de nuestras palabras y nuestro comportamiento. ¿Las reconoce? ¿Las ha vivido en carne propia? Le voy a ayudar, porque como nadie vamos por la calle con un letrero que diga “Soy Soberbio” ni “Soy ególatra” resulta que se disfrazan, ¿Las sabría reconocer?

Ahí donde usted siempre quiere tener la última palabra, ahí donde esgrime sus argumentos haciendo alarde de su experiencia o sus títulos, ahí donde presume, ahí donde se ufana, ahí donde interrumpe al que está hablando porque usted tiene algo mejor qué decir, ahí donde subestima la opinión de los demás o simplemente la ignora. Es el ego, disfrazado.

Ahí donde alguien le pide una cita y lo hace esperar, ahí donde agenda una reunión y llega tarde, ahí donde hace un compromiso que jamás cumple, ahí donde le llaman y no contesta, ahí donde dice “ahorita te regreso la llamada” y no lo hace. Ahí, en su consciencia, donde sólo usted puede estar, donde piensa que ya lo sabe todo y que sólo usted tiene la razón, ahí justo ahí, está la soberbia, disfrazada también.

Donde levanta la voz para imponerse, donde hace aspavientos para llamar la atención, donde escucha a los demás con los ojos viendo al cielo, donde participa en una reunión y no es capaz de tomar nota, donde llega y no saluda, donde critica sin afán propositivo, donde nada le gusta, donde nada le satisface, donde no es capaz de aceptar la crítica sin defenderse, pregúntese ¿Por qué me comporto así? Acepte su realidad y reflexione con humildad, resuelva el origen, tenga el valor de cambie su actitud o tenga el valor de cambiar de lugar.

sábado, 27 de abril de 2024

Hablar con desconocidos.

Si de niño le dijeron que hablar con desconocidos era malo y peligroso, sus padres estaban en lo cierto. 

Sin embargo, cuando se es adulto, las cosas cambian, hablar con desconocidos pueden encerrar un mundo de posibilidades que abarque desde lo irrelevante hasta lo profundamente trascendente y placentero. 

Se ha imaginado que cuando está rodeado de gente desconocida, a su lado puede estar alguien que usted no conoce, pero le encantaría conocer. 

Y no me refiero a gente famosa con la que haya soñado toda la vida; que por supuesto tampoco se excluye, sino a gente con experiencias de vida que a usted le interesen y que ellas estarían encantadas de compartir. 

Haga el intento, la próxima vez que esté en una sala de espera, o de viaje en algún aeropuerto, en un restaurante comiendo solo,  arriésguese y platiqué con alguien desconocido, si las cosas no salen como esperaba, no habrá perdido mucho, sin embargo, si la vida le sonríe, puede descubrir que la persona a su lado colecciona las mismas barajitas que usted, o que tienen en común más de lo que se imaginan. De la habilidad de ambos, puede surgir una conversación interesante que les haga pasar mejor el rato, puede ampliar sus redes de relaciones públicas para sus propios fines o incluso puede ser el inicio de una nueva amistad.