comocadajueves
Un blog sobre "Familia y Sociedad" Sígueme en facebook en "El Cuaderno de Manuel" https://www.facebook.com/elcuadernodemanuel/
domingo, 5 de julio de 2026
La Fiebre del Mundial
Un Día del Padre, Muy Padre.
viernes, 6 de febrero de 2026
Cinco en el Ascensor
En el elevador ya había tres personas cuando llegó la chica de la blusa verde, sonrió al entrar y de un giro les dio la espalda a todos en cuanto entró, pensando en poder ser la primera en bajarse. Las puertas se empezaron a cerrar cuando una mano gorda y fuerte las detuvo a la altura de su cabeza.
-
Perdón, pero tengo que entrar.
Dijo un hombre alto y corpulento abriéndose
paso para entrar. Para sorpresa de los ocupantes, el recién llegado era
demasiado grande y gordo como para caber junto con ellos.
-
Lo siento señor, ya no cabe.
Le dijo la chica de la blusa
verde.
-
Claro que quepo, además tengo prisa y no voy a
llegar tarde a mi cita por culpa de un elevador lleno de gente… insensible y
poco empática.
-
¿Perdón? - Preguntó indignada la de verde, sin
poder comprender que acababa de ser insultada por un perfecto desconocido.
-
La perdono – dice el hombrón – pero déjeme
entrar, hágase tantito para atrás…
-
¡Óigame!
- contesta molesta la chica de verde sintiéndose invadida en su espacio
vita y haciendo que todos se apretujaran en el interior del espacio – no somos
insensibles, ni poco empáticos, solamente que…
-
¿Usted cómo lo sabe? – Pregunta el gigantón, y
refiriéndose a los demás, indaga -
¿Acaso, los conoce?
-
No, pero…
Y apenas iba a argumentar su
respuesta, cuando fue interrumpida por una voz bajita y casi infantil que llegó
desde el fondo del elevado
-
Tiene razón el señor, yo sí soy bastante
insensible.
El que hablaba era un hombre tan bajito,
que casi se podría decir que hasta ahora nadie lo había notado. Y justo la
chica de verde iba a hablar cuando una señora encopetada y cargando una bolsa
se le anticipó.
-
Y yo soy bastante apática.
En la confusión, la chica de
verde ya no sabía si contestarle al gigantón, al chaparro o a la señora
encopetada, así que decidió hacer su discurso en reversa…
-
A ver, señora, el señor no dijo apática, dijo
empática.
-
Ay perdón, ¿y eso qué es? – pregunta la señora
haciendo una mueca.
Y justo estaba por contestar la
chica de la blusa verde, cuando el quinto pasajero; un flaco alto con aires de autosuficiencia
se le adelantó:
-
Hepática, es toda aquella enfermedad que tiene
que ver con el hígado… como la hepatitis.
-
¡Oye al otro! -
Se burla el gigantón, buscando complicidad en la chica de la blusa verde
y si poder dar crédito a todo lo que había provocado con su comentario.
Y cuando parecía que la plática
podía retomar su rumbo, porque la chica
de verde aclararía el punto para todos, agrega la señora de la bolsa.
-
Al hijo de una vecina le dio hepatitis en el
hígado y se puso bien malo.
-
Y a mi compadre le dio cirrosis en el hígado
también - Agrega el chaparrito, que seguía en su rincón sin molestar a nadie, pero
que gozaba de participar en pláticas que no eran de su incumbencia - y se le
quitó hasta que se murió.
-
Eso significa – Vuelve la señora, como demostrando
haber entendido la explicación, - que ser hepático es cuando se dice que la
gente es bien hígado, o sea, que a nadie le cae bien.
La chica de verde levanta las dos
manos por encima de su cabeza como para detener aquella confusión y alzando la
voz aclara:
-
No, no es nada de eso…
-
Pues que raro – dice el señor sabelotodo - porque
dicen que el hígado es muy bueno, y contiene mucho hierro. - Y buscando la
complicidad del chaparrito, le hace un guiño como asegurando que la chica de
verde no sabe ni lo que dice… a lo cual el chaparrito comenta.
-
Tiene razón, a mí me lo daban de chiquito con
harta cebolla.
Mientras la chica de verde se
gira sobre sus tacones para encarar al par de pelmazos argumentando:
-
Es que nadie dijo hepático, sino empático.
Ahhh!!! – Exclaman todos, como
reconociendo que con aquel comentario, todo volviera a la calma, aunque era
evidente que en más de uno, aquella palabra no significaba nada.
-
¿Por qué no dejan de discutir – Preguntó el
grandulón; poniéndole carácter a la conversación - y presionan el botón para
que subamos de una vez? - Sugirió desesperado sin dar crédito a lo que se había
provocado con su intromisión, a lo que sigiloso contestó el chaparrito del
rincón.
-
No puedo presionarlo hasta que me digan a dónde van.
Aquella intromisión tomó a todos
por sorpresa y el hombrecito recibió por respuesta la mirada inquisidora de los
otros cuatro.
-
¿Y usted por qué quiere saber a dónde vamos? ¿A
usted qué le importa? – Agregó amoscado el grandulón.
-
Porque soy el elevadorista. – contestó modesto
el chaparrito.
-
¡Por ahí hubiéramos empezado! – Dijo la chica de
verde, mientras todos hablaban y se lamentaban por el caos que se había generado
a falta de claridad de todos, pero sobre todo del supuesto elevadorista, que
evidentemente no cumplía a cabalidad con su oficio.
-
¿Y por qué no pone orden en este caos? – le
espetó el grandulón
-
Ya le dije – contestó el hombrecito sin
inmutarse desde su rincón - Porque soy insensible. A mí realmente no me importa
a donde vayan, yo aquí subo y bajo todo el día.
-
¡Pues lléveme al tercer piso, si me hace el
favor! – Le espetó el grandulón inclinándose hasta que su cabeza quedó a la
altura de la del sotaco elevadorista.
Con semejante vozarrón se hizo un
silencio momentáneo que fue cortado por la chica de la blusa verde,
interviniendo en favor del ineficiente chaparro.
-
Tanto escándalo para ir a un tercer piso, ¿Y por
qué no sube por las escaleras?
-
Porque no puedo.
– Contesta el corpulento gigantón apenado por tener que reconocer su
debilidad ante los demás.
Oportunidad que aprovechó la
señora encopetada para sacar de su bolsa un abanico, aprovechando que el chisme
se estaba poniendo bueno y decidió participar:
-
Ay, ¿no me diga que está malo? En el tercer piso
hay puros consultorios…
-
Algo hay de eso… - se avergüenza el hombrón
bajando un poco la voz, mientras que la señora se le acerca como para poder
platicar con más confianza.
-
No me lo diga, le duelen las rodillas, y de
seguro no puede subir escaleras… a mi marido le pasó igual… y luego con
semejante sobrepeso.
-
¡Óigame! – Responde el gigantón - ¿y a usted
quien le dijo que tengo problema de sobrepeso?
-
Pero si no hace falta que me lo diga nadie… - Se
justifica la señora que ahora se da cuenta que no hay espacio suficiente ni
para mover el abanico.
-
Tiene razón el señor, - Interviene la chica de
la blusa verde - Usted no debe hacer comentarios que pongan en evidencia los
defectos de las personas…
-
¿Usted también? – Le recrimina indignado el
gigantón a la chica que desde el principio no lo dejaba entrar.
-
¿Yo qué?, yo solamente lo estoy defendiendo. – le contestó la chica - Pero ultimadamente
defiéndase usted solo, que ya está bastante, pero bastante grandezote. – Y le hizo
un mohín al tiempo que se giraba para darle la espalda.
-
Tengo sobrepeso, es verdad - contesta el
grandulón apenado y serio - pero ese no es mi problema…
-
¿Entonces cuál? – Preguntó con curiosidad el flaco
sabelotodo que por un largo rato se había mantenido como espectador de la
conversación y sólo disfrutaba del golpeteo entre las partes. Lo que aprovechó la chica de la blusa verde.
-
Oiga, pues qué metiche es usted.
A lo que el flaco respondió con
frescura y ligereza
-
Yo no soy metiche, - contestó el sabelotodo - nada
más quiero saber…
-
¿Y para qué quiere saber? - se le encaró la
chica de verde. Situación que aprovechó la señora de la bolsa para sacar parte del
veneno que le tenía guardado a la de verde.
-
Ahora la metiche es usted… y se embozó con el
abanico como si con ello lo dicho fuera menos grave.
-
¿Cómo se atreve? - revienta la chica contra la encopetada
señora sin poder creer cómo le había volteado su propio argumento, y tratando
de encontrar con la mirada a alguien que le diera la razón, hizo que el
sabelotodo volviera a comentar para calmar los ánimos.
-
Es que yo también voy al tercer piso… ¿Usted a
qué hora tiene su cita? Porque la mía es en cinco minutos.
-
¿Y a mí qué me importa? – le contesta gritando
el hombrón al que quería saber más de la cuenta, después, buscando con la
mirada al hombrecito que seguía como siempre en su rincón con una voz
atronadora le espetó:
-
- ¿Por
qué no nos vamos de una vez? si no
quiere que me empiece a desesperar y me desquite con usted. – a lo que el
hombrecito le contestó sin perder la propiedad ni contagiarse de su histérica
emoción.
-
Porque es necesario que se baje una persona para
que el elevador cierre sus puertas. - Y
se cruzó de brazos como si el asunto no fuera suyo.
-
¡Tal cosa me ha dicho!¡Cómo no lo supe antes!, -
dijo el grandulón mientras tomaba al hombrecito por la solapa de su saco - El
que se va a bajar es usted, que aparentemente es el único de los cinco que no
tiene nada a qué subir.
Y sin más lo llevó de un
movimiento hasta afuera del elevador haciendo que de inmediato se activara el
cierre de las puertas. El chaparrito se quedó parado sin inmutarse por lo
sucedido, y arreglándose nuevamente su saco, sacó de su pantalón un llavero y
dijo:
-
No irán a ningún lado, el elevador cierra sus
puertas, pero no subirá hasta que ponga la llave.
Y con la fresca de la mañana se
alejó caminando y silbando el manicero.
Fin.
domingo, 24 de agosto de 2025
La Magia de la Radio…
Mis recuerdos más antiguos con la radio se remontan a finales de los setentas; cuando era niño. Los domingos por la tarde, la rutina se repetía; Mis papás nos llevaban a mí y ocasionalmente alguno de mis hermanos (porque entre que se sentían grandes y que no cabíamos todos) a “dar la vuelta” de Ramos a Saltillo. El paseo por sí solo era emocionante, sabía que acabaríamos con una nieve o un globo en la alameda o la plaza de armas, pero el plus del paseo era escuchar “La hora de Cri-Crí” el grillito cantor. Hermoso programa radiofónico que transmitía los cuentos y canciones del incomparable Francisco Gabilondo Soler. Ahí los aprendí y todavía no los olvido.
También recuerdo de aquella época,
que las personas mayores, escuchaban en la radio “Kalimán” y “El Ojo de Vidrio”
que quizá por la edad que tenía, no llamaban tanto mi atención. Sin embargo
recuerdo a mi papá, los fines de semana por la noche, sirviéndose una coca con
mucho hielo y sintonizando la radio en la cocina de la casa, para escuchar las
crónicas de peleas de box.
Otro recuerdo con la radio, ocurría
diariamente en tiempos de escuela. Desde la primaria hasta la prepa, la XESJ se
convirtió en la radiodifusora de compañía y referencia de todos los que
salíamos temprano a la escuela o al trabajo. El canto de un gallo se escuchaba cada
vez que iban a dar la hora y la temperatura y el entrañable locutor Don José “El
Compadre” Medina, nos apuraba para que llegáramos temprano. ¡Cómo olvidarlo!
Con mayor edad, quizá en los
noventas, supe que mi papá era aficionado a un programa radiofónico que transmitieron
desde Cuba a mediados del siglo pasado, llamado “La Tremenda Corte” y que retransmitía
cuarenta años después la misma XESJ. Me bastó escuchar dos o tres programas
para volverme fanático de sus personajes y su estilo de comedia. Con los años me
encargué de que mis hijos lo conocieran y hasta la fecha cuando los escuchamos nos
siguen haciendo reír.
Luego; ya más grande, en
Saltillo, tuve la oportunidad de conocer al señor Carlos Baena, actor de la
época de oro del cine nacional, que por algunas circunstancias llegó a vivir a la
capital de mi estado y me invitó junto con un grupo de actores, a participar en
un proyecto de radio teatro. Lectura en voz alta de una obra de teatro que al
mismo tiempo, era transmitida por la radio, desde una sala con escenario donde teníamos
público en vivo.
Es decir, que el radio teatro, se
parece a una radio novela, con la diferencia de que en el primero tienes público
en vivo, y los capítulos no continúan, sino que cada uno empieza y termina con
una trama única. Mientras que, en las radionovelas, la trama continua por
varios capítulos y las grabaciones se hace en un estudio sin público y se pueden
transmitir en vivo o editar previamente a la transmisión. Valga decir que “La Tremenda
Corte” era un ejemplo de radio teatro, y “Kalimán” un ejemplo de radionovela.
Con este preámbulo se me
removieron los recuerdos, y todo ello, sólo para contarles que recientemente fui
invitado a hacer una audición para grabar una radionovela que se desarrolla en el
corazón de Guanajuato en el siglo XVI, cuando la región brillaba por la
explotación de sus minas. Una historia de fantasía y misterio producida por TV4,
a quien agradezco profundamente la experiencia de haber participado en este
proyecto.
El texto, la dirección, el equipo
técnico y la participación de actrices y actores que prestamos nuestras voces, hacemos
la magia para que la imaginación haga el resto. No se pierdan esta fantástica aventura
y sientan el placer de engancharse con la historia de Joaquín el minero, nuestro
protagonista, y a partir del tercer episodio, conozcan a Macario, el viejo
sabio de la comunidad, a quien honrosamente me tocó interpretar. Espero que la
disfruten como en aquellos tiempos… cuando las imágenes ocurrían en nuestra
mente, sin competir con las pantallas, que despiadadamente acaparar nuestra
atención.
Los episodios se podrán escuchar semanalmente,
en diferentes plataformas de podcast, aquí les dejo la liga del primero de
ellos:
domingo, 29 de junio de 2025
Una Mascota de Diez Años
Una mascota de 10 años
¿Tienes o estás pensando tener una
mascota?
Lo recogimos de la calle hace 10
años. Tenía tres o cuatro años en ese momento y se convirtió en el guardián y
timbre de la casa. Después de raparlo, bañarlo y desparasitarlo, resultó ser un
schnauzer color pimienta, y aunque no era muy corpulento, era muy territorial y
siempre estaba pendiente de quién pasaba por afuera o se acercaba a nuestra
casa. Lo mismo daba si eran personas, vehículos o animales, el “Pip” como lo
llamamos en honor a un personaje literario, no tenía reparo en armar un
alboroto.
Cuando joven (el perro), me
acompañaba en caminatas y salidas a correr, luego vi que no era práctico por su
incontenible devaneo de orinar en todos lados. Nunca le supe quitar esa maña.
Con los años y siendo viejo (el
perro), pasó de ser guardián, a una noble y fiel compañía. Luego fue perdiendo la vista, el oído y en
general la salud, hasta que llegó el momento en que decidimos dormirlo para
siempre. Su calidad de vida se deterioró de tal forma que el mismo veterinario
nos recomendó acelerar el final antes de que comenzara el sufrimiento. Sabíamos
que era lo mejor para él y para todos.
Ahora pienso sobre la
conveniencia de tener o no tener otra mascota. Recordé aquel viejo “test” que
contesté para seleccionar al perro más adecuado para nuestro estilo de vida. (y
donde justamente recomendaban la raza Schnauzer como una de las opciones) Si no
lo han hecho y lo están pensando, háganlo.
Es un cuestionario donde defines
el tiempo que estás dispuesto a pasar con tu mascota, el presupuesto que
piensas invertir en su manutención y cuidados. Los hábitos del dueño y la
familia, para ver el grado de compatibilidad que tendrían o no con ciertas
razas. Por ejemplo, con relación al deporte, si existe algún hábito personal o
familiar, conviene saber si el perro va a formar parte de dicha rutina o no. O cosas
tan simples como los patrones de comportamiento en casa y en lugares públicos,
y hasta la tendencia de comprar accesorios, ropa, juguetes, etc. todo lo
relacionado al estilo de vida, que sin duda se verá afectado por el nuevo
integrante. Alguna vez me cruzó por la mente la idea de tener un boxer. -
¿Tienes niños? – me preguntó un amigo – Si, tengo dos. - Pues con el boxer,
haz de cuenta que tendrías tres.
El cuestionario me ayudó a ser consciente
de lo que implica tener un perro en casa, organizar la agenda para dedicar un
tiempo a estar con él, sacarlo a pasear, hacer ejercicio, hacernos responsable
de sus visitas al veterinario, sus vacunas y por supuesto la limpieza de todas
sus descargas. (Que yo no sé por qué hay tanta gente irresponsable y mañosa,
que en lugares públicos, se hace de la vista gorda como si su perro fuera
eléctrico y sólo produjera gases) El test sirvió para saber si en la
dinámica familiar el perro encajaría bien o no, si viviría dentro de la casa o
sólo en el patio, cómo impactaría en los gastos mensual y cómo habría que
resolver su situación en casos especiales, como cuando la familia sale de viaje
y debes decidir si llevarás a la mascota o quién lo cuidará durante ese tiempo.
Los años pasaron y por ahora
nuestra mascota se volvió un recuerdo. Nosotros también hemos cambiado y la dinámica
familiar con hijos grandes también se ha modificado. Pienso que, si volviera a
contestar el “test”, el resultado me recomendaría comprar un perro de peluche. La
paciencia para atender a un perro como se merece, siento que la he perdido, además
cuando era niño aprendí que en las casas se pueden tener “o patas o matas” y por
ahora prefiero las matas (macetas y plantas). Y como sigo sintiendo un gran
respeto y cariño por los animales, no sería capaz de tener uno si no fuera con
los cuidados que se merece.
Lo pensaré algún tiempo, quizá cambie
de opinión, pero por ahora así estamos bien. Me conformo con los pájaros que
llegan a las plantas y al comedero de semillas. En casa los perros siempre han vivido
y convivido en el exterior. No entran en las habitaciones, no se suben a los
muebles, ni mucho menos a las camas. No usan ropa, ni zapatos especiales para
perros. Estoy a favor de quererlos, de cuidarlos y por supuesto de hacerme
responsable de ellos, pero esa tendencia de algunas personas de darles trato como
pretendiendo humanizarlos, eso sí que no. Los animales me gustan con su
instinto natural. Quizá algún día vuelva a tener otra mascota. Pienso que la convivencia entre humanos y
animales nos hace bien a ambos, querernos y respetarnos es estar en paz con la
naturaleza, esa que pocas veces se equivoca y de la cual todos finalmente somos
parte.
viernes, 27 de junio de 2025
Manos de Papá
MANOS DE PAPÁ
Ya sé por qué no te extraño,
y es simple, no te has marchado.
Pensaba que con la muerte tu historia habría terminado,
y te volverías recuerdo, que el tiempo iría esfumando.
Pero te quedaste Inmerso, como escondido, jugando
y te fui reconociendo, y te fuiste rebelando,
en mis maneras de ser y mi modo de ir andando.
Y hace tiempo descubrí, que te metiste en mis manos.
Juraría que son las tuyas, que me siguen apoyando.
Su color, sus vellos, manchas;
las que todos conocemos que aparece con la edad,
y esa piel que pareciera, que ya no se ha de llenar.
Manos que cuentan historias
porque al igual que las tuyas manejaron sin cesar,
muchas horas al volante, muchos años trabajar.
muchas palmas estrechadas, mucha gente saludar,
alguna que otra mentada y en las noches persignar.
Las mismas, que pocas veces un golpe hubieron de dar,
o un manotazo en la mesa, o el índice levantar.
Y otras veces con caricias ayudaron a sanar
heridas y moretones que sufrimos al andar,
y en los momentos más duros, una lágrima enjugar.
Y por eso no te extraño,
porque estás dentro de mí,
pues tan solo ver mis manos,
me hace acordarme de ti.
domingo, 9 de junio de 2024
Gente Promedio
Lo primero que debemos decir, es que estamos hablando de un grupo de gente muy numeroso.
La gente promedio, es gente común
y corriente que en promedio hace lo que debe de hacer.
¿Esto qué significa? Que si usted
es estudiante, y estudia más o menos igual que el resto de sus compañeros,
usted es un estudiante promedio. Si usted trabaja, y trabaja más o menos igual
que los demás, usted es un trabajador promedio. Si es empresario y se comporta
en términos generales igual que sus colegas, usted es un empresario promedio, y
si acaso es de los que se pasa el día en la casa siendo padre o madre de
familia y hace lo que suele hacer cotidianamente un padre o una madre de
familia, también es usted una persona promedio, como coloquialmente se dice, una
persona “del montón.”
¿Y acaso eso está mal? Por
supuesto que no, ser persona promedio no tiene nada de malo, sobre todo si sus
aspiraciones en la vida también son aspiraciones promedio, es decir, si usted
es de los que se conforma con llevar una vida promedio y tener una familia
promedio, un ingreso promedio y un estilo de vida promedio, no hay nada de qué
preocuparse, ni hay por qué ni para qué desgastarse en tratar de ser más que los
demás. Así como es y así como está, seguramente tiene y tendrá un destino promedio
y un final promedio. Y tanto sus preocupaciones y problemas, como su alegrías y
placeres, oscilarán entre lo cotidiano y lo común de lo que le ocurre a
cualquier persona promedio.
¡Ah!, pero si usted se considera
una persona con aspiraciones por encima del promedio, si acaso usted es de los
que no se conforma con ser alguien del montón, ni mucho menos con tener lo que
suelen tener las personas promedio, entonces sí que tendrá un asunto por resolver.
Aquí es donde la frustración puede aparecer en escena y mostrar su mejor peor
faceta.
Si nuestras aspiraciones son mayores
que las de una persona promedio, si nuestros sueños, anhelos, proyectos y ganas
de sacarle jugo a la vida, son superiores a las que tiene el común de la gente,
entonces sí preparémonos, y estemos convencidos de que algo diferente debemos
hacer.
Si la distancia entre nuestra
realidad actual y la realidad que nos gustaría tener es mucha; una de dos, o
nos resignamos a lo que somos y tenemos, o empezamos el viaje necesario para acortar
esa distancia y llegar a donde queremos estar. Es más fácil y mucho más cómodo conformarse
y encontrar pretextos para no hacer nada y justificarnos diciendo que la vida que
anhelamos está predestinada sólo para personas superdotadas. Pero también está
el otro camino, donde las decisiones son la llave, podemos hacer ajustes en
nuestros hábitos, en nuestras rutinas, y paulatinamente hacer cambios en
nuestra vida que nos permita caminar en la dirección de nuestras metas y
sueños.
¿Es posible? Claro que lo es, aunque
conviene precisar que el camino no es fácil, ni rápido. Si algo hemos aprendido
es que las cosas que valen la pena suelen llevar tiempo y exigen ser perseverantes
La pregunta es ¿Creemos realmente que vale la pena?
Si soy estudiante y quiero
destacar como estudiante, tengo que hacer más de lo que hace un estudiante
promedio. Si soy deportista, y quiero sobresalir entre los deportistas, el
talento no será suficiente, debo hacer más que lo que hace un deportista
promedio; entrenar más horas, practicar para mejorar mi técnica, pedir
retroalimentación al entrenador, etc. Si
soy empleado o padrón de una empresa y quiero destacar profesionalmente y
aspirar a crecer y desarrollarme más que el promedio, no hay duda, debo hacer algo
más que lo que hace un colega promedio. Aprender más, practicar más, hablar
otro idioma, desarrollar otras habilidades, o incluso mejorar mis actitudes
hacia los demás.
Ahora que si al hacer mi examen
de consciencia, me doy cuenta que no estoy haciendo lo que debería hacer y ni
siquiera estoy al nivel de una persona promedio en mis circunstancias, entonces
el caso es más serio. Habrá que descubrir qué o cuáles son los factores que me están
impidiendo tener una vida inferior al promedio. Descubrir qué es aquello que no
me permite estar donde quisiera estar, puede ser evidente a nuestros ojos, u
oculto y a la espera de descubrirse. Como quiera que sea, conviene poner empeño
en saberlo y clarificarlo, si no fuera posible por medios propios, o la ayuda
de alguien de confianza, recurrir a un profesional sería una gran decisión.
La vida es un gran regalo que
nunca sabemos cuánto va a durar, aprovecharlo o dejarlo pasar es una actitud
que depende cien por ciento de cada uno y de las decisiones que tomemos cada
día. Por una vida personal, familiar y social mejor, tomemos acciones y hablemos
del tema.