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domingo, 29 de junio de 2025

Una Mascota de Diez Años

 

Una mascota de 10 años

¿Tienes o estás pensando tener una mascota?

Lo recogimos de la calle hace 10 años. Tenía tres o cuatro años en ese momento y se convirtió en el guardián y timbre de la casa. Después de raparlo, bañarlo y desparasitarlo, resultó ser un schnauzer color pimienta, y aunque no era muy corpulento, era muy territorial y siempre estaba pendiente de quién pasaba por afuera o se acercaba a nuestra casa. Lo mismo daba si eran personas, vehículos o animales, el “Pip” como lo llamamos en honor a un personaje literario, no tenía reparo en armar un alboroto.

Cuando joven (el perro), me acompañaba en caminatas y salidas a correr, luego vi que no era práctico por su incontenible devaneo de orinar en todos lados. Nunca le supe quitar esa maña.

Con los años y siendo viejo (el perro), pasó de ser guardián, a una noble y fiel compañía.  Luego fue perdiendo la vista, el oído y en general la salud, hasta que llegó el momento en que decidimos dormirlo para siempre. Su calidad de vida se deterioró de tal forma que el mismo veterinario nos recomendó acelerar el final antes de que comenzara el sufrimiento. Sabíamos que era lo mejor para él y para todos.

Ahora pienso sobre la conveniencia de tener o no tener otra mascota. Recordé aquel viejo “test” que contesté para seleccionar al perro más adecuado para nuestro estilo de vida. (y donde justamente recomendaban la raza Schnauzer como una de las opciones) Si no lo han hecho y lo están pensando, háganlo.

Es un cuestionario donde defines el tiempo que estás dispuesto a pasar con tu mascota, el presupuesto que piensas invertir en su manutención y cuidados. Los hábitos del dueño y la familia, para ver el grado de compatibilidad que tendrían o no con ciertas razas. Por ejemplo, con relación al deporte, si existe algún hábito personal o familiar, conviene saber si el perro va a formar parte de dicha rutina o no. O cosas tan simples como los patrones de comportamiento en casa y en lugares públicos, y hasta la tendencia de comprar accesorios, ropa, juguetes, etc. todo lo relacionado al estilo de vida, que sin duda se verá afectado por el nuevo integrante. Alguna vez me cruzó por la mente la idea de tener un boxer. - ¿Tienes niños? – me preguntó un amigo – Si, tengo dos. - Pues con el boxer, haz de cuenta que tendrías tres.

El cuestionario me ayudó a ser consciente de lo que implica tener un perro en casa, organizar la agenda para dedicar un tiempo a estar con él, sacarlo a pasear, hacer ejercicio, hacernos responsable de sus visitas al veterinario, sus vacunas y por supuesto la limpieza de todas sus descargas. (Que yo no sé por qué hay tanta gente irresponsable y mañosa, que en lugares públicos, se hace de la vista gorda como si su perro fuera eléctrico y sólo produjera gases) El test sirvió para saber si en la dinámica familiar el perro encajaría bien o no, si viviría dentro de la casa o sólo en el patio, cómo impactaría en los gastos mensual y cómo habría que resolver su situación en casos especiales, como cuando la familia sale de viaje y debes decidir si llevarás a la mascota o quién lo cuidará durante ese tiempo.

Los años pasaron y por ahora nuestra mascota se volvió un recuerdo. Nosotros también hemos cambiado y la dinámica familiar con hijos grandes también se ha modificado. Pienso que, si volviera a contestar el “test”, el resultado me recomendaría comprar un perro de peluche. La paciencia para atender a un perro como se merece, siento que la he perdido, además cuando era niño aprendí que en las casas se pueden tener “o patas o matas” y por ahora prefiero las matas (macetas y plantas). Y como sigo sintiendo un gran respeto y cariño por los animales, no sería capaz de tener uno si no fuera con los cuidados que se merece.

Lo pensaré algún tiempo, quizá cambie de opinión, pero por ahora así estamos bien. Me conformo con los pájaros que llegan a las plantas y al comedero de semillas. En casa los perros siempre han vivido y convivido en el exterior. No entran en las habitaciones, no se suben a los muebles, ni mucho menos a las camas. No usan ropa, ni zapatos especiales para perros. Estoy a favor de quererlos, de cuidarlos y por supuesto de hacerme responsable de ellos, pero esa tendencia de algunas personas de darles trato como pretendiendo humanizarlos, eso sí que no. Los animales me gustan con su instinto natural. Quizá algún día vuelva a tener otra mascota.  Pienso que la convivencia entre humanos y animales nos hace bien a ambos, querernos y respetarnos es estar en paz con la naturaleza, esa que pocas veces se equivoca y de la cual todos finalmente somos parte.

martes, 22 de noviembre de 2016

Las Mascotas en la Familia.

Me gusta que mis hijos convivan con perros, y aunque sé que es riesgoso para ellos, (para los perros),  finalmente terminan conociéndose, respetándose y queriéndose unos a otros. 

Las mascotas, y especialmente los perros siempre le han aportado a mi familia un ingrediente de funcionalidad que es útil y recomendable. Me refiero a la seguridad, pues sus sentidos les permiten detectar situaciones  de riesgo antes que a nosotros. Especialmente cuando se trata de que algún extraño se acerque a la casa.

También gracias a los perros hemos podido enseñar  a mis hijos  que tener un animal  implica una responsabilidad, pues hay deberes relacionados con la higiene,  la salud y la sociabilidad, en la cual los perros se convierten en un aliado para el aprendizaje.  

Como ejemplo y sin que estuviera considerado en el plan de estudios original, la tarea de recoger los desechos del perro se ha vuelto un tema hasta para desarrollar habilidades de negociación entre mis hijos, pues lo que para mí sería tomar una bolsa, recoger las heces y tirarlas a la basura, para mi pequeño vástago  es salir al patio, buscar los mentados residuos, contarlos, dividirlos entre dos, avisar a su hermana que le toca recoger su 50%, ir a buscar una bolsa para llevar a cabo la tarea, hacerse loco un rato para ver si a papá y mamá se nos olvida el tema, rogar porque  a la hermana también se le olvide y finalmente salir a regañadientes a cumplir con la imposible misión cuando se topa con la mirada de quien le dio la vida.  

Así les vamos enseñando y así vamos aprendiendo nosotros de ellos también.  Hasta que llegan temas donde entramos en conflicto, como el hecho de sacar a pasear al perro con un collar de castigo, pues sienten que el animalito de tanto que estira se pone morado.  O cuando hay que aplicarle un correctivo  por haber hecho algo indebido y cual si fuera político, a periodicazos le vamos enseñando lo que si y lo que no.  Ahí es cuando mis hijos sienten que no quiero al perro y es justo ahí donde la sociedad a veces tampoco ayuda.

Ya ven que está en boga hablar sobre familias;  en todas sus presentaciones, pues para mí las mascotas son sólo eso, mascotas  y no familia. Y  aunque en algunos casos se les quiere más que a ciertos familiares, porque generalmente también ellas nos tratan mejor, he sido muy determinante en señalar que un animal, por muy querido que sea, no se puede comparar con una persona.

Ahora bien,  últimamente han abierto en la ciudad, espacios públicos, restaurantes y centros comerciales que se les denominan “pet frendly”  (me parecen de lo más chocante el término,  no por lo que significa, sino porque lo tengan que llamar en inglés para que la sociedad lo acepte, pero así estamos).

Pues en uno de estos lugares me tocó ver a una perrita usando zapatos de tacón (zapatos para  perro, por supuesto). Cabe señalar que con el atuendo y el modo de andar, se parecía bastante a la dueña, quien  llevaba la correa por el otro extremo. Y al rato, me tocó ver a un perro con chamarra y gorro como si fuera un niño.  El caso más absurdo, se trataba de una pareja de jóvenes que llevaban un perro vestido como si fuera un niño, metido en una carriola para bebés y lo paseaban como si se tratara de su hijo.

No sé qué pase por la mente de estas personas, quizá piensan que darle a los perros el trato que ellos quisieran recibir es hacerlos felices, quizá tengan una conexión neuronal con los animales y logren ponerse de acuerdo hasta para escogerse la ropa, o quizá simplemente tengan unas ideas diferentes a las mías. Lo cierto es que en las tiendas cada vez es más común encontrar ropa para mascotas que van desde lo que pudiéramos llamar sencillo hasta lo exótico.

Creo que humanizar de esa forma a los perros y a los animales en general, también debería ser considerado como una forma de maltrato animal. Los perros son perros y tienen derecho a un trato digno y nosotros que nos decimos “seres superiores” (y ya empiezo a tener mis dudas) debiéramos ser los primeros dárselos.  

Humanizar animales a nuestro gusto y a nuestro antojo, me hace pensar que simplemente los estamos utilizando para hacer con ellos, lo que no fuimos  capaces de lograr con alguien más. Dicho de otro modo, es aprovechamos de su nobleza. 

También me puedes seguir en facebook en "El Cuaderno de Manuel" y en Twitter en @manuelhgil 



miércoles, 26 de octubre de 2011

Reseña campirana




Reseña Campirana

A 185 km de Guadalajara, viajando por la libre a Puerto Vallarta, se encuentra el pueblo de Mascota, Jalisco.  120km de curvas que obligan al conductor a no desviar la vista de la carretera.  Esto significa a que el contenido del itacate se debe consumir antes de pasar Ameca, porque después de este punto, comer y conducir equivale a jugarse el pellejo.

Cruzamos el pueblo y tomamos “una veredita alegre… ” En un santiamén estábamos instalados en la hacienda donde pasaríamos el fin de semana. Desde nuestra llegada hasta nuestra partida fuimos atendidos por Alonso, Martha y Vero, tres amables trabajadores del lugar que hacían de todo. Desde ensillar un caballo hasta preparar un machacado con huevo, o llevarte toallas extras a la habitación. Gente trabajadora y sencilla a más no poder.

Lo primero que me sorprendió al llegar, fue que éramos los únicos huéspedes en la hacienda, después llegaron varias parejas de jóvenes en busca de aventuras extremas. Yo les propuse rentarles a mis hijos durante todo el día, pero me dijeron que no era para tanto. El caso fue que al principio,  además de los tres trabajadores y nosotros, en el lugar solo había vacas y caballos sueltos y pastando a la orilla de nuestro cuarto.

Desde cualquier lugar contemplábamos parcelas alrededor y montañas en el horizonte, el color verde predominaba en el paisaje, la bruma se sentía en el ambiente y de las montañas veíamos descender la niebla sobre la torre de la iglesia  y los tejados del pueblo.

De la cocina me llegó el aroma del café de olla recién hecho, pedí uno y me trajeron una jarra, y después otra. Me suministraron café durante todo el fin de semana. Hace tres días que llegamos a Guadalajara y todavía estoy meando café´. Qué razón tenía el ranchero cuando dijo “el problema no es lo diurético, sino lo que te hace ir a mear”

Anocheció y con la oscuridad algo llamó nuestra atención en el jardín: -¡Luciérnagas! – mis hijos no las conocían y yo tenía más de 20 años de no ver una.  Pasamos un buen rato contemplando el espectáculo fluorescente. Yo con eso me hubiera dado por bien servido, sin embargo, el fin de semana nos deparaba más sorpresas.

Camino a nuestro cuarto, un ratón cruzó frente a nosotros:

-          ¿Ya vio? – le dije a Martha que seguía afanando en la cocina -  Hay un ratón en el hotel.

Martha volteó a verme con un poco de ternura y me dijo:

-          No se le olvide que estamos en el campo, hay muchísimos no se preocupe no hacen nada.

Esa noche me dormí pensando en la cantidad de animales que podían estar pernoctando con nosotros en la habitación. Ahora no estoy seguro si en verdad disfrutaría un safari en Africa, o si un fin de semana en Mascota pudiera ser suficiente.

Desperté pasadas las 7 de la mañana con un plan en mente. Mis hijos sabían que las vacas daban  leche, pero no sabían por dónde, así que no pensaba desaprovechar esta oportunidad.

-          Es hora de ir al establo, arriba todos.

Gilda contestó parafraseando a  Juan Gabriel:

-          “Pero qué necesidad, ¿Para qué tanto problema?” 

-          No hay tiempo que perder, esposa mía,  hoy vamos a desayunar con leche bronca.

Llegamos al establo cuando faltaban cuatro vacas de ordeñar. Vimos todo el proceso y fue entonces cuando mi hija Gaby tuvo una gran idea.

-          Papá, ¿Por qué no compramos una vaca para tenerla en la casa? y así cuando queramos leche nada más la ordeñamos y listo.

Le dije que lo iba a pensar, pero que por lo pronto seguiríamos con el método del galón en el refri. Al principio no estuvo muy de acuerdo, pero luego entendió que un establo no es lo mismo que un cubo de luz.

Dejamos a las vacas y nos fuimos a desayunar. Esta fue otra de mis partes favoritas:

-¿Qué tiene de desayunar, Marthita?

- Le hago lo que quiera, señor 

Gilda me lanzó su mirada de: “ No seas mal pensado concéntrate en la comida”.

-Pues no me decido si machaca con huevo o chilaquiles con frijoles.

- Pues si quiere le preparo las dos cosas y se las sirvo juntas.

- Bueeeeeno, ¿A quién le dan pan que llore?

Para bajar la comida montamos a caballo, (quien bajó la comida fue el caballo, claro está)  mis hijos  me trajeron del trote al galope por más de una hora. Ellos sentaditos en la silla, mientras el que escribe, en ancas. (Recordé al filósofo de Güemes, que decía, “Si dos van en un caballo, a fuerza uno va atrás) Ya sabrán que al día siguiente, me dolía desde las corvas hasta la nuca. Probé, “Voltarén” “Icyhot” y “ultra benque” siendo este último el más recomendable para dolores musculares. También recomiendo  complementar el tratamiento con una pastilla de “diclofenaco” antes de dormir y reposo, mucho reposo, no por gusto sino porque no te queda de otra. Al menos en mi caso, a los dos días me dolían hasta las pestañas.

La segunda noche hicimos una actividad de las más irresponsables que he hecho en mi vida. Soltamos un globo de Cantoya. Se trata de un globo hecho con papel de china, que se eleva con el mismo principio de un globos aerostáticos, usando aire caliente en su interior que se conserva gracias a una llama que arde en la base del globo al momento de elevarse. (Quienes han visto la película de Rapunzel “Enredados” saben de lo que estoy hablando).

El caso es que yo veía  cómo el globo se elevaba llevando esa llama en la base y rezaba para que no fuera a caer en una parcela vecina. De haber sucedido hubiera habido elotes asados para dar de comer a todo el pueblo.  Por otra parte, no me gustaba la idea de imaginarme a un camión de bomberos atravesando 120 km de curvas  mientras mi  familia  y yo escapábamos de un linchamiento  en sentido contrario.

Afortunadamente el globo subió por el aire hasta que se apagó y su luz se extinguió a muchos metros de altura sin ocasionar ningún problema.

Al día siguiente, regresamos a la ciudad sin mácula ni pecado, pero eso sí, bien comidos, bien servidos y al menos yo, repleto de café de olla.

Durante el fin de semana la convivencia familiar fue estrecha y cálida, platicamos, reímos cantamos, comimos y jugamos, sobre todo jugamos juegos de mesa. Cabe señalar que mi hijo de tres años nos ganó casi todas las partidas, que bueno que no apostamos.  A su corta edad se está volviendo un profesional del dominó. Sin embargo, cuídense de jugar con él porque cuando la suerte le es adversa, en cuanto se sabe perdido,  se torna muy serio y  te dice:

 - En este juego no se vale perder.

No sé si la suerte de mi hijo es producto del azar o si lo estoy entrenando en el arte de la irresponsable y la diversión. Quizá algún día, se anime a soltar su propio globo de Cantoya, y entonces sí, va a arder Troya.