Esto escribiendo y publicando este texto unas horas antes de la final del mundial de futbol 2026, donde medirán fuerzas Argentina y España.
¿Y ahora qué hago? Si no puedo explicar mi vida sin la influencia
de estas dos culturas, que en diferente tiempo se cruzaron por mi camino,
llamaron a la puerta y se instalaron para quedarse.
Desde niño por influencia de mis padres y hermanos, (aunque sería
más justo decir hermanas) conocí la música de los churumbeles, las zarzuelas y
luego la trova y los románticos de 70’s en voces de Joan Manuel Serrat, Mocedades
(de aquella era), Jose Luis Perales, y etcétera.
En otra etapa de mi vida, conocí otra música y otros gustos,
y llegaron a mi repertorio Facundo Cabral, Alberto Cortés, Atahualpa Yupanki,
Mercedes Sosa, y varias veces cantamos y coreamos “…al calor de las masas” la
música de Gustavo Cerati. Y no podría explicar mi gusto por la música y el
sentido del humor sin poner un pedestal al talento y la genialidad Les
Luthiers.
¿Cómo podría dar la espalda a cualquiera de estos dos bellos
países donde he estado y he sido gratamente recibido por su gente? Si lo mismo he
caminado por el Paseo de la Castellana y la calle de Alcalá que por Corrientes
y Puerto Madero. Lo mismo he recorrido la Plaza Mayor de Madrid que la Plaza de
Mayo en Buenos Aires.
Quisiera tener tiempo para abrir un vino y pensar en mi
decisión, pero eso sólo empeoraría las cosas, si a través de los años he
descorchado tantas botellas, que lo mismo he bebido de la región de Mendoza que
de Rioja y Ribera del Duero.
Por más que hurgo buscando razones, no lo consigo y más me
enredo, “ahora caigo…” (dijo Juan Escutia, pero nadie lo escuchó) en que de
ambos lugares he escrito (aquí un comercial: Si quiere leer mis columnas donde
rindo honores a España, busque “paella con amigos”, si prefiere leer sobre Argentina
busque “Desde más acá del tingo, hasta más allá del tango” y en este mismo
blog, podrá encontrar sendos textos) y si de leer se trata… ahora mismo, no podría
renunciar ni a mi admiración por Cervantes, o Calderón del Barca, o a los contemporáneos
Perez Reverte o Carlos Ruiz Zafón… como
tampoco sería feliz haciendo a un lado a Borges, Cortazar o Ernesto Sábato.
Empecé escribiendo entusiasmado y presionado por el poco
tiempo que me queda, como si lo hiciera
al compás de una jota aragonesa, y ahora sufro para terminar estas líneas como
si me desangrara a la mitad de un tango.
Ni modo. Para el resto de mi vida, me quedaré como hasta
ahora, con lo mejor que he recogido de cada cultura y que han venido a
complementar la mía, la mexicana, a la que más admiro y por la que siento más
cariño y pasión, y en mi caso, que con el tiempo se ha convertido en un collage
de parches y retazos que he tomado de aquí, de allá, de acullá y allende.
Por ahora tendré que tomar una decisión, y sé que decidir es
sacrificar, no me quedaré en la tibieza de decir “que gane el mejor.” A mis cuates argentinos les diré que por hoy,
y sólo por hoy, se conformen con saber que tienen en sus filas al mejor jugador
de futbol de toda la historia. (Absténganse los haters de mentarme la
madre, si no pueden, háganlo con creatividad y estilo, no sean nacos y luego, vayan y lean
sobre inteligencia emocional)(Aquí me dio por escribir un resumen del libro de Daniel Goleman, pero sentí que me salí del tema y mejor lo borré). A mis amigos españoles, les diré que espero que se
coronen como el mejor equipo y que una vez coronados tampoco vayan a andar restregando
el título en la cara de nadie, asuman su triunfo con categoría y pundonor.
Ya no digo más. Me avengo al pronóstico que sin saberlo,
vaticinó Joaquín Sabina en la canción “yo me bajo en Atocha” él no lo supo,
pero en 1998, en cuatro versos hizo la crónica del mundial “…Mexico me
atormenta, Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en
Madrid.”
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