Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta niños. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de enero de 2017

¿Con Qué te Pago el Cariño?



-    - Papá,  ¿Esta noche, es la noche que voy a crecer más de todo el año? – me sorprendió con esta pregunta cuando nos preparábamos para dormir en la víspera de su cumpleaños número nueve.

-         -  Supongo que sí, hijo -  le contesté sorprendido por su inocencia que por momentos tiendo a olvidar.
-         - ¿O sea que mañana voy a ser más alto de lo que soy ahora? – insistió asombrado.
-          - Seguro que sí, ¿Quieres que hagamos una prueba?...

Así le dije y asintió con una gran sonrisa.

-       - Vamos a marcar tu estatura en este mueble y mañana la revisamos nuevamente a ver cuánto creciste durante la noche, ¿Cómo ves?

Sus ojos no podían de emoción. Así que lo llevé hasta el mueble y le pedí que se pusiera de espaldas,  hice una escuadra sobre su cabeza con la ayuda de un libro y  alterando un poco la medida, marqué una pequeña línea un par de centímetros por debajo de su estatura real, teniendo el cuidado de que él no lo notara.

-        -   Mañana cuando despiertes, volvemos a medirte y vamos a ver cuánto has crecido en una sola noche,  ¿sale?

Mi pequeño hijo se fue a dormir con una gran ilusión pensando en cómo su cuerpo trabajaría mientras él descansaba.  Desde ese momento me podía imaginar su cara de sorpresa al siguiente día, al descubrir  cómo había crecido cerca de dos centímetros en una sola noche.  

Me pidió que le acompañara  a leer en su pequeño libro,  y así lo hicimos por un rato. Si bien es cierto que a los 9 años, los niños ya saben leer, considero conveniente enseñarles además a disfrutar de las lecturas y a emocionarse con ellas.

Acabamos el capítulo y le pedí que se durmiera.  Le di un beso y sin darme tiempo a salir de su recámara me dijo:

-         -  ¿Te acuestas un ratito conmigo?

Asentí mientras veía sus grandes ojos. Me recosté a su lado pensando  - ¿Con qué podré  pagarte tanto cariño…?

Me quité los lentes y los dejé sobre el buró,  acción que mi hijo sabe interpretar como una verdadera disposición a descansar y a dormir en serio.

Me dijo “buenas noches” y se aferró a mi brazo como advirtiéndome que si intentaba escapar  lo notaría enseguida. Lo tranquilicé  diciéndole quedito que no me iría a ningún lado… quizá pensó que sólo hablaba de aquella noche.  Es todavía pequeño para entender que aquellas palabras,  abarcan toda mi vida.

Me dispuse a dormir, no sin antes pensar en el compromiso que como padre tengo con él. Que privilegio y que bella forma de corresponder a su confianza, a su cariño y a esa fe desmesurada me muestra cada día y lo hace creer en mí.


Feliz cumpleaños, querido Pablo (enero 2017).

jueves, 2 de junio de 2016

"10 AÑOS no son nada... son todo" LA CONVIVENCIA CON NIÑOS DE 7 A 10 AÑOS. (CAPÍTULO XXXII)

"10 AÑOS no son nada... son todo"
LA CONVIVENCIA CON NIÑOS DE 7 A 10 AÑOS.
(CAPÍTULO XXXII)
Cuando los hijos llegan a los 7 años o más, la interacción con ellos puede llegar a ser fascinante. En esta etapa los niños pueden razonan las cosas que les decimos de un modo muy similar a como lo hacemos los adultos, salvo que siguen conservando una buena parte de su inocencia, y que evidentemente hay muchos temas de los cuales todavía no están bien enterados pero; también hay que decirlo, ya empiezan a sospechar de todo. Por lo mismo, será de suma importancia que nuestros canales de comunicación con ellos sean directos y libres de toda interferencia.
Es importante entender que nuestros hijos tendrán ganas de charlar de ciertos temas aunque nosotros no queramos, y si nosotros no estamos atentos a sus señales de información, ellos buscarán a alguien con quien hablar de lo que a ellos les interesa.
Recuerdo un festival de globos, donde nos tocó presenciar cómo fueron liberados simultáneamente más de cien globos de helio, todos rojos y con un cordel colgando. Ante aquel espectáculo, inocentemente le dije a mi hija, - ¿Ya viste?, hija, parecen cerezas voladoras – a lo que tajantemente me contestó - Claro que no, papá, parecen espermatozoides. – dejándome por supuesto con la boca y los ojos bien abiertos.
Esos destellos de conversación son alertas que nos dejan claro cómo piensan y como se sienten.
Difícil edad suele ser de los 7 a los 10 años, pues aquí comienzan a distinguirse de otros niños más pequeños y comienzan a entender que a pesar de que siguen siendo niños, no son iguales que los que tienen 3, 4 o 5 años. Así que comenzarán a ver que en algunos juegos ya no caben, o ya no les es permitido entrar.
Por supuesto que ya también han cambiado los gustos de sus programas de televisión y la música que escuchan.
En esta edad debemos ser muy cuidadosos, pues a pesar de que muchos comentarios parecen comentarios de adulto, sus mentes todavía no lo son, así que debemos cuidar muy bien nuestro lenguaje, nuestras bromas, chistes y comentarios en general cuando estemos con ellos. En ellos la malicia, la doble intención, el albur, o la picardía todavía no está presente. Además así como hay temas que empiezan a preguntar, habrá muchísimos otros que todavía no comprenden, por lo cual debemos ser nosotros quienes nos pongamos a la altura de ellos en cuanto a nivel de conversación, y no esperar que ellos se pongan a nuestra altura, pues lo único que conseguiremos será abrir más la distancia entre ellos y nosotros.
¿Alguna vez nos hemos preguntado, qué pasa por la mente de nuestros hijos cuando están a punto de dejar de ser niños para convertirse en adolescentes? ¿y alguna vez nos hemos tomado la molestia de preguntárselos? Pero no como un interrogatorio, pues estarán de acuerdo en que a nadie nos gusta sentirnos interrogados. Sino más bien como un acercamiento para que ellos sientan la confianza de podernos compartir lo que piensan.
Para ello, necesitamos ser nosotros quienes demos el primer paso involucrando a los hijos en nuestra vida diaria, en nuestros sentimiento, en nuestras decisiones, en nuestro día a día. Que no sólo seamos el proveedor o el chofer que los lleva y los trae a sus actividades, o el genio de la lámpara que les concede sus deseos y el verdugo que les cumple sus castigos, eso no tiene ni chiste ni mérito. El reto es involucrarlos en nuestra vida pero de verdad, en nuestras conversaciones, en nuestras actividades, en nuestras reflexiones, compartirles lo que sentimos y lo que pensamos y el por qué hacemos las cosas de cierta manera, o por qué es importante tener prioridades en la vida, así ellos verán que somos seres humanos con defectos y virtudes, que los podemos entender y orientar si nos dicen las cosas, y con nuestro ejemplo para ellos será más fácil aprender a compartirnos lo que sienten y lo que piensan.
Existe otra característica típica de esta edad, aquí es cuando llega el momento en que tus hijos comienzan a saber más que tú sobre algunos temas, y te darás cuenta de cómo son capaces de resolver situaciones sin tu ayuda, y realizar algunas actividades incluso mejor que tú. Es importante comprender que nuestros hijos se empiezan a hacer grandes, y que como tal merecen ser tratados. Así como en ellos ya no son aceptables los berrinches o las rabietas, en nosotros tampoco será funcionales los regaños y las nalgadas como cuando tenían 3 años. Habrá que aprender a acercarnos a ellos, sin juzgarlos ni echarles la culpa de sus reacciones. Sin estarlos vigilando ni hacer que se sientan acosados o que los queremos seguir controlando en todo. Aquí llega el momento en que vamos a ver qué tan bien hemos hecho nuestro trabajo como padres, y qué tanto hemos sido capaces de enseñarles a respetar a los demás, a hacerlos responsables de sus cosas y de sus obligaciones incluso sin nuestra supervisión.
Nuestra tarea como padres, es bien sabido que jamás termina, pero constantemente está sufriendo ligeros ajustes, pues nuestro rol para con ellos va cambiando conforme van creciendo. No olvidemos que en esta relación los adultos somos los padres, y no seamos injustos ni soberbios al pretender que nuestros hijos son los que viven en el error y que nosotros siempre tenemos la razón. Una relación sana entre padres e hijos depende de ambos, pero definitivamente los adultos tenemos una mayor responsabilidad y se supone que mayor control en el éxito de dicha relación.
Así como ellos irán aprendiendo a ser buenos hijos, también nosotros iremos aprendiendo a ser buenos padres. Más si algo puedo recomendar en pro de esa relación sana y fuerte, es que les demos a nuestros hijos, lo mismo que queramos recibir de ellos: ¿Quieres que te respeten?, respétalos. ¿Quieres que te demuestren su cariño?, demuéstraselos tú primero. ¿Quieres que hablen bien de ti cuando no estés?, habla bien de ellos siempre.
Quizá nuestros discursos los recuerden por un tiempo, pero la forma como los tratemos y como los hagamos sentir, la van a recordar toda la vida.


Siguenos en facebook en "El Cuaderno de Manuel" 

domingo, 1 de mayo de 2016

"10 AÑOS no son nada... son todo" REGAÑOS Y SANCIONES (CAPÍTULO XXXI)

       Iba manejando acompañado por mi hijo Pablo; de 8 años. Como habíamos trabajado durante algunas horas, le presté mi teléfono para que se entretuviera mientras llegábamos a nuestro próximo destino. Para hacer más ameno el rato me atreví a preguntarle:

 - Pablo, ¿Qué calificación me pondrías como papá?  – Ah… - pensó rápido -  nueve punto ocho – me contestó sin vacilar desde el asiento trasero y continuó jugando como si nada.
- ¿9.8?  - Le pregunté sorprendido por la rapidez de su respuesta, más que por la calificación en sí (que honestamente sobrepasa por mucho los  promedios de todo mi historial académico).
- Si, - me contestó  -  porque a veces regañas.
- De acuerdo – le contesté, - pero ¿No crees que los regaños algunas veces son necesarios?
- Si, claro – me dice todavía jugando el nivel diez mil de Angry Birds - Pero no es necesario gritar, es mejor si sólo nos dices con palabras las cosas que no debemos hacer y ya. 
- Bien, eso lo entiendo, ¿Pero qué pasa si te digo que “algo” no lo debes hacer, y resulta que sí lo vuelves a hacer una y otra vez? ¿Qué me recomiendas que haga en esos casos?
- Ah, es muy fácil – me contesta haciendo una pausa en el teléfono,  y a continuación me da una de las mejores lecciones que he recibido en esto de la paternidad: – La primera vez, se deben decir las cosas con amor, la segunda vez, con firmeza y hasta la tercera se deben decir con enojo.

Yo casi me tengo que estacionar para digerir aquello. No sólo para entender lo que me estaba diciendo, sino tratando de dilucidar de dónde había sacado aquel método. 

- ¿Y dónde aprendiste eso? – le pregunté. 
-  Ah pues así nos lo enseñó Miss Miyi.

Sirva la presente para hacerle un reconocimiento a Miss Miyi, (su maestra de 2° grado de primaria)  que por conducto de mi pequeño me ha impartido una excelente lección. 

Como padre de un par de pequeños, estoy seguro de que todos hemos experimentado el no saber qué hacer a la hora de tener que reprenderlos. Recuerdo que cuando mis hijos estaban muy chiquitos, nos explicaron eso de que la sanción debía durar “medido en minutos” los mismos años que tuviera el infractor. Es decir, si la travesura la hacía un niño de 3 años, lo podías mandar al rincón durante 3 minutos.  Claro que esa regla caduca a los pocos años, pues resultaría ridícula que a un niño de 8 años, totalmente consciente de sus travesuras,  le impongas una sanción de 8 minutos, por decir lo menos, se va a cagar de risa. 

Para esos casos, aprendí que cuando los niños son totalmente conscientes de sus actos debemos enseñarles la tercera Ley de Newton, en su variable adaptada para padres e hijos, que dice: “A toda infracción corresponde una consecuencia igual pero en sentido contrario”. Es decir: si lo rompes lo arreglas o lo pagas, si lo ensucias lo limpias, si lo tiraste lo recoges,  si le pegaste le pides perdón.  O sea que la consecuencia tiene que estar directamente relacionada con la falta que cometieron. 

Nada tienen que ver los castigos ni las reprensiones que son más producto de la desesperación y la impotencia de no saber qué hacer. Por ejemplo: Quebraste un adorno de la sala, entonces castigado una semana sin ver televisión.  Rayaste las paredes entonces no hay bicicleta durante un mes…

Tener un hijo, es algo muy sencillo, pero ser buenos padres es una tarea compleja que implica saber hacer bien muchas cosas. Sin embargo sostengo que en la actualidad, quienes somos padres disponemos de muchas herramientas que en generaciones anteriores no había, como el acceso a la información sin precedentes; ahora contamos con libros, documentales, programas de televisión, conferencias, teoría y acceso a mucha gente que nos puede enseñar a ser mejores padres. Pero tenemos que estar dispuestos a aprender, para poder captar todo aquello que tenemos al alcance como el ejemplo de Miss Miyi, que sin querer queriendo, nos ha dado una lección que al menos yo, difícilmente voy a olvidar.

Te invito a seguirme en Facebook, en "El Cuaderno de Manuel"

domingo, 10 de abril de 2016

"10 AÑOS no son nada... son todo" CONTINUACIÓN La Convivencia Diaria con Niños de 4 a 6 Años (Capítulo XXX)

QUÉ COSAS NO RECOMIENDO CON LOS NIÑOS. Hacerles bromas, comentarios o chistes que ellos no puedan entender. Si no tenemos la disposición de explicárselos, será mejor no utilizarlos en nuestras pláticas con ellos, pues aunque el comentario pueda ser divertido para nosotros, lo único que conseguiremos será abrir más la brecha en nuestra comunicación con ellos, pues los haremos sentir que no están a la altura de nuestra plática. Comentarios como: – Cuando estés más grande lo entenderás… - acusan demasiada soberbia en una relación donde debiera prevalecer el amor.
Con respecto a las bromas, es un aprendizaje en el cual también nos corresponde enseñarle a los niños dónde sí y dónde no. Con quién sí y con quién no. Hasta dónde sí y a partir de dónde, mejor ya no. Parece mentira, pero incluso hay adultos que no saben ni siquiera lo más elemental al respecto de las bromas, como aquello que dice: “El que se ríe se lleva, y el que se lleva se aguanta” , o “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, pero como las bromas son parte de la vida, es mejor saber hacerlas y saber aguantarlas. Al respecto recomiendo que sólo se hagan bromas donde se diviertan tanto el bromista como para el bromeado. Ya que si sólo se va a divertir el bromista, terminará alguno de los dos pagando las consecuencias y pasándolo mal.
Es común que algunos niños en esta etapa sean conscientes de peligros que antes no les preocupaban, por ejemplo, la oscuridad, o la fobia a ciertos animales. Nunca debemos burlarnos de ningún miedo que sienta nuestro hijo, ni tratar de remediarlo con el tradicional – No seas miedoso, no pasa nada - para decirle eso, sería mejor no decirle nada. Recomiendo hablar con ellos lo más serenamente posible. Tratar de saber de dónde proviene su miedo y cómo es que éste se introdujo en su mente. Para contrarrestar dichas creencias, recomiendo un acompañamiento en el proceso de superación del miedo o de la fobia, sin que aquello parezca un interrogatorio del cual el niño se deba sentir avergonzado o culpable.
Por ejemplo: - ¿Le tienes miedo a la oscuridad? – cuando yo tenía tu edad, también sentía miedo, hasta que descubrí algunas cosas increíbles, ¿ya te diste cuenta que gracias a la oscuridad se pueden ver mejor las estrellas y los planetas? y también gracias a la oscuridad de la noche, podemos escuchar a los grillos mucho mejor que durante el día, y si conocieras las luciérnagas seguro estarías de acuerdo conmigo que la oscuridad es maravillosa…
En esta etapa de crecimiento los niños descubrirán que pueden tener mascotas (en caso de que todavía no las tengan) y solicitarán tener una en casa. A mí me pasó con mis hijos, quienes desde temprana edad me pedían que les comprara un perrito. Situación a la cual no me negué, pero sí condicioné a que ciertas conductas cambiaran – No voy a andar limpiando popó de niños y popó de perros. Nuestra mascota llegará el día que ambos dejen de utilizar pañales y de hacerse pipí en las camas. - A veces los padres tenemos nuestras mañas para lo que nos conviene.
Es verdad que en esta etapa, de los 4 a los 6 años, los niños ya pueden pasar largos ratos divirtiéndose solos o con sus juguetes, o con sus hermanos, o con sus amigos, y por lo mismo es fácil que los padres aprovechemos estos espacios para descansar o hacer algunas actividades personales. Sin embargo los niños siempre apreciarán que los involucremos en tareas en las cuales sientan que nos están ayudando. Es decir, si vamos a poner la mesa, ellos ya pueden colaborar acomodando los cubiertos o las servilletas, si vamos a preparar un sándwich por ejemplo, a ellos les encantará embarrar la mayonesa en el pan. O si vamos a limpiar algo, ellos pueden limpiar junto con nosotros… es decir, debemos involucrarlos en las actividades que nosotros hacemos para que se sientan tomados en cuenta, y que su labor es importante para nosotros.
Ojo, no lo van a hacer bien, y tampoco lo van a hacer como si lo hubiéramos hecho nosotros, incluso en algunos casos implicará un doble trabajo nuestro, pues ellos harán la tarea a su manera, y nosotros tendremos que arreglarla posteriormente, eso debemos tenerlo en cuenta, sin embargo, no se trata de hacer una evaluación de la tarea, o de ponerlos a prueba, sino de ponernos a prueba nosotros en nuestra capacidad para involucrar a nuestros hijos en la cotidianidad de la familia. Es decir, el chiste consiste en que exista una verdadera convivencia con ellos, y no sólo la coincidencia de estar cohabitando bajo el mismo techo.

domingo, 27 de marzo de 2016

"10 AÑOS no son nada... son todo" La Convivencia Diaria con Niños entre 2 y 4 años (Capítulo XXVIII)

Por algo a este período le llaman “Los Terribles 2”

Desde esta edad y en delante, la conversación verbal comienza a jugar un rol que antes quizá no era tan protagónico. Debido a que en esta etapa el niño comienza a hablar coordinadamente, será ahora cuando entre padres e hijos comiencen a tener diálogos. 

Aquí los padres, debemos ser conscientes y muy cuidadosos de nuestro interlocutor, cuya principal característica es la inocencia. Invaluable es la inocencia de un menor, y es absolutamente responsabilidad de los padres cuidar de ella como del tesoro que ésta encierra, pues radica en que el niño cree ciegamente todo lo que sus padres le dicen.  Y esto que parece explicarse tan sencillo tiene una gran trascendencia. Así que más nos vale estar pendientes de lo que decimos pues los niños creerán todo aquello que salga de nuestra boca.

En esta etapa los niños comenzarán a comprender el significado de las palabras y cuestionarán mucho aquello que decimos. Es importante que como padres seamos los primeros en decir la verdad, antes que exigirles a ellos que lo hagan.

Aquí la convivencia diaria será mucho más divertida que antes, pues ahora el niño es capaz de jugar juegos nuevos, incluso algunos deportes ya pueden comenzar a ser parte del juego. O para decirlo mejor, en esta edad para ellos todo es juego, comer es juego, vestirse es juego, ir de paseo al súper es juego, y bañarse… no se diga puede ser el más divertido juego. 

Aquí resulta un reto hacerles ver que hay momentos de juego y otros en donde el juego debe terminar porque si bien ellos están dispuestos a jugar todo el día, nosotros no. También es importante hacerles ver que no todos los lugares están hechos para jugar, pues justo en esta etapa es donde a ellos les parece divertidísimo correr por los pasillos del supermercado y perderse entre las tiendas del centro comercial, ocasionando sensaciones de infarto a los asustados padres que no los pueden perder de vista ni por 10 segundos.

Algunos niños  en esta edad, también asistirán por primera vez a una guardería, jardín de niños, o estancia maternal, con lo que iniciarán la convivencia con otros niños que nada tienen que ver con su entorno familiar. Es decir que el niño comenzará a socializar de forma independiente.

La socialización de los niños, no es igual que la de los padres, eso es algo que deben saber los padres.  Ellos no saben de relaciones públicas, ni de modales, si ellos se topan con un señor pelón, o con una señora gorda, o con alguien que tenga una discapacidad, o que luzca extravagante, simplemente lo van a señalar o te van a preguntar por qué la gente es así. 

También puede ser que en esta etapa surjan las primeras peleas con otros niños, y como padres no conviene sorprendernos si un buen día nos entregan a nuestro hijo al salir de la guardería con una mordida en un brazo o con un ojo morado. El día de mañana podrá ser nuestro pequeño el que le haga lo mismo a otro niño. Así que más vale que aprendamos a contener nuestro ímpetu, y actuar con prudencia, entendamos que los conflictos entre niños deben resolverse en ese nivel y no escalar el conflicto al nivel de los padres, donde seguramente todo será más difícil de resolver.

En esta etapa los niños están en la perfecta edad en la que son muy atrevidos y no miden el peligro, por lo que será común que en esta edad comiencen los accidentes. Aquí recomiendo ampliamente que los padres invirtamos tiempo en enseñar a los hijos cursos de supervivencia, en lugar de estar llenando la casa de prohibiciones.  Es decir, en vez de restringir el paso de las escaleras, recomiendo enseñarlos a subir y bajar por ellas aunque sea a gatas. En vez de prohibirles que agarren los cuchillos debemos explicarles para qué sirven y por qué no los deben usar. Sé que es complicado, pero siempre será mejor invertir tiempo en enseñarles el mundo real, que hacerles creer que hay un mundo a su medida.  

En su proceso de aprendizaje, el niño descubrirá que ante algunas peticiones de sus padres, también puede decir “No”, por este motivo, algunos nos referimos a esta nueva etapa como “la etapa del desafío”, y de igual manera, se vuelve experto en chantajes hacia papá y mamá, hasta tenerles como coloquialmente se dice, “bien tomada la medida.”


Aquí los padres ponemos a prueba nuestra fuerza controlando nuestro carácter. Es obvio que físicamente somos más fuertes que nuestros hijos pero no es en el aspecto físico donde nuestra fortaleza se pone a prueba, sino en el aspecto emocional y temperamental.  Saber hacerles entender que hay momentos para jugar y momentos para hacer y aprender nuevas responsabilidades, es tan difícil como hacerles ver que hay instrucciones negociables y otras que no lo son.  Aquel niño dócil y entendido que teníamos antes, ha quedado en el pasado. 

jueves, 20 de agosto de 2015

"10 AÑOS no son nada... son todo" El niño es presentado en sociedad... continuación. (Capítulo XXIII)

      Querido hijo, como ves, salir con los hijos a lugares públicos, siempre conlleva riesgos, pero es la única forma de que aprendan cómo es el mundo que los rodea, así que más vale tomar las cosas con calma, tener algunas precauciones y dejarse llevar.
      Si en lugar de llevar a tus hijos a un restaurante decidieras ir con uno o varios niños a alguna misa, boda, graduación, o evento de índole social o cívica, es un desafío muy grande pues en el momento de mayor solemnidad o emoción, tu hijo te pida que lo lleves al baño otra vez, situación que te hará sacar la furia que llevas dentro al grito de – ¿Por qué tiene que ser justo en este momento?, ¡Te dije cuando llegamos! - a lo que tu pequeño responderá – Es que cuando llegamos no tenía ganas…
      Si decides ir al cine con el pequeño, por supuesto que será para ver una película infantil (llegará un día en el que tus amigos o compañeros de trabajo jamás habrán oído hablar de la película “hormiguitas alienígenas 4” y tú hasta la canción te sabes…). También notarás que para los niños muy pequeños, el cine es un lugar oscuro donde pueden correr por la alfombra mientras sus papás se vuelven expertos en Disney – Pixar. ¿qué te quiero decir con esto? Que hay una edad y un tiempo para cada cosa, cuando te llegue el momento, ten paciencia.
      En todos los casos mencionados anteriormente, ante la amenaza de un berrinche o una escena familiar que termina en escándalo, los padres recurriremos al infalible método de darle comida al chamaco con tal de que se calle y guarde compostura (o al menos la más posible), y la verdad es que funciona muy bien, pero después de un rato, el efecto del método se agota; toda vez que a la criatura ya no le cabe más comida.
      Ni qué decir de lo que pasa cuando vas con un niño a algún lugar tumultos, por ejemplo un centro comercial, un concierto, un parque de diversiones o la ceremonia del santo patrono de tu ciudad. Todo está perfecto hasta que descubres que el niño ya no está… la angustia que llegas a sentir por un momento es como un micro infarto, esa sensación de saber que hace un segundo estaba contigo y de pronto se ha ido…
      Varias veces he tenido que sacar a mis hijos de los carruseles donde se cuelga la ropa nueva en las tiendas departamentales, así como de los anaqueles y aparadores de jugueterías. Pues si bien es cierto que a ellos les divierte jugar al escondite y se distraen con toda facilidad, también es cierto que otras tantas veces, los padres andamos papando moscas y no somos conscientes de la responsabilidad de traer un niño sin la supervisión adecuada.

- ¿Te acuerdas, Pablo, cuando te me perdiste en la Basílica de Guadalupe; nada más porque se te ocurrió darle una vuelta a una columna mientras yo tomaba una foto?
- Me regañaste…
- ¿y qué querías?, ¿Qué te echara una porra?... sentí que no te volvería a ver…

      No están exentos de este tipo de casos los accidentes y percances que llegan a ocurrir muchas veces por un descuido y en ocasiones por imprudencia de los padres. Es vital que como padres o tutores, desarrollemos esa capacidad de detectar posibles zonas de riesgo y extremar precauciones en escaleras y puertas eléctricas, barandales, fuentes, rampas, explanadas, albercas, cruces de calles, elevadores, automóviles… etc. es increíble cómo los accidentes suceden enfrente de uno y sólo basta un descuido para que ocurra algo inesperado y una tarde cualquiera termine en fatalidad. No sabes la cantidad de gente que trayendo en el auto la silla especial para asegurar a los niños, viaja con ellos en el regazo o sueltos en el asiento trasero.

- ¿Te acuerdas el día que te fracturaste la mano en una puerta eléctrica de un centro comercial?
- Sí, me dolió mucho…
- pues claro… pero al menos ya aprendiste que no debes andar metiendo las manos entre las puertas…

      En fin, querido hijo, con toda esta letanía, lo que te quiero decir es que, a pesar de todo lo que los padres amamos a nuestros hijos, no podemos estar cuidándolos las 24 horas del día. Es necesario que cada niño, aunque estén chiquitos, aprendan cuales son los peligros propios de su edad y sepan cómo prevenirlos o librarse de ellos. Si los padres lográramos tan solo eso, creo que estaríamos logrando uno de los puntos más importantes en el desarrollo de cualquier persona. Aprender a cuidarse solo.

"10 AÑOS, no son nada... son todo" El niño es presentado en sociedad... (Capítulo XXII)

     Hasta ahora, querido hijo, todo lo que hemos comentado ha tenido que ver con nuestra relación familiar; desde la forma como inició el matrimonio, la larga espera para la anhelada llegada del primogénito y la vorágine que representa el nacimiento y crecimiento del bebé. Sin embargo, hasta ahora no hemos comentado nada referente a la interacción con el mundo y en general; lo que ocurre de la casa hacia afuera.
     Los niños, querido Pablo, son personas muy especiales y muy importantes, pero sólo para los padres y para algunos familiares. Para el resto de mundo, son solamente niños, digamos un niño más en el planeta.
     Por algo es conocido el dicho que dice que “Lo único más insoportable que un niño genio, es la mamá del niño genio”. Y la sabiduría detrás de estas palabras es total.
     A los hijos hay que enseñarles que afuera de la casa, y más allá de papá, mamá y la familia entera, existe un mundo tan enorme como fascinante, pero que está lleno de personas desconocidas y es importante saber hasta dónde se puede interactuar con ellas. Así aprenden los hijos a saludar, a despedirse, a decir gracias y por favor a personas ajenas a al círculo familiar, aprenden a solicitar ayuda en caso de alguna emergencia o a solucionar pequeños problemas sin depender de papá o mamá. En fin, en esta tarea de ir aprendiendo a ser hijos, nosotros vamos aprendiendo a ser padres.
     Cuando los hijos nacen algunos padres nos vemos coartados por un tiempo de asistir a ciertos lugares que antes frecuentábamos, y ahora ya no lo podemos hacer, o cuando menos, no con la misma regularidad que antes. El cine es un claro ejemplo de esto. Muchas parejas dejan de ir al cine por meses o incluso años después de la llegada de los hijos, lo mismo ocurre con las salidas a excursiones, conciertos, bares o ciertos restaurantes que antes solían ser los favoritos. Con la llegada de los niños, ya nada es igual.
     Sin embargo llega el momento de experimentar las primeras salidas, y allá vas; cargando carriola, sillitas especiales, comida para el bebé, y ropa como para un mes por si algo se ofrece. Notarás como los lugares que solías frecuentar en pareja, ahora los cambias por restaurantes familiares con instalaciones especiales para niños y por supuesto con menú infantil.
     Creo que la generación a la que pertenezco, pasaremos a la historia como aquella que le hizo comer a sus hijos kilos y kilos de nuggets de pollo con papas a la francesa y una pipa de cátsup antes de llegar a la pubertad. También seremos recordados por que en vez de enseñar a nuestros hijos a esperar sentados en la mesa a que llegaran sus alimentos, los mandábamos al área de juegos para poder disfrutar de un rato de descanso. (Nosotros, por supuesto, no ellos).
Una salida que debiera ser sencilla, digamos a un restaurante un sábado o un domingo cualquiera, puede convertirse en una odisea.
     Si tu hijo todavía es un infante que no camina, tendrás que cuidarlo en tu mesa pues difícilmente habrá instalaciones y cuidados para un niño tan pequeño, en tal caso, requerirás una periquera y suficiente espacio a tu alrededor como para evitar que el niño pueda causar disturbios entre los comensales vecinos, así evitarás vergüenzas cuando se ponga a llorar, hacer berrinches o lanzar la comida por el aire. Actualmente algunos niños se suelen entretener con tecnología digital, como smartphones, tablets y similares, pero obviamente no todas las familias pueden tener acceso a este tipo de “juguetes” que son capaces de entretener a toda una familia al mismo tiempo que la separan si se utilizan sin límites.
     Si tu crío ya se desplaza por sí solo, seguramente preferirás sentarte en una mesa cercana al área de juegos para que tu niño vaya y venga sin necesidad de que lo lleves y vayas por él. Hasta ahora pareciera que todo está bajo control, pero el desafío apenas comienza.
    En cuanto traigan tus bebidas seguro tendrás que levantarte de tu mesa; ya sea porque tu hijo se pegó en un juego y está llorando desconsolado, o ya mordió a otro niño más chiquito, o está atorado en un barandal del cual no se puede salir sin tu ayuda, o quizá descubrió que hay una máquina que por $10.00 le dará una pelota de colores y vendrá a pedirte la dichosa moneda. El caso es que tu bebida te la tomarás en intervalos donde estarás yendo y viniendo del área de juegos a la mesa una y otra vez.
     Finalmente pedirás y esperarás con ansia tus alimentos, y verás que justo en el momento que los traen a la mesa, tu bodoque vendrá para decirte que lo lleves al baño a hacer popó porque ya no se aguanta más… con el consecuente resultado de terminar comiendo el platillo frío.
     continuará...

viernes, 25 de abril de 2014

Historias de la cocina I (Haciendo salsas con mi hijo)

Cuando pongo a asar tomates y chiles en el comal de la estufa, me acuerdo de mi abuelita  Maye.  Directo sobre las hornillas ponía  un par de jitomates  y 4 o 5 chiles serranos.  En el molcajete molía primero un diente de ajo con sal y después ponía los  chiles y al final los jitomates cuando estaban totalmente asados.  Esa fue la primera salsa que aprendí a preparar.
Hoy preparé varias salsas. Lo que más me gustó fue que mi hijo me ayudó en todo el proceso.
Pocas cosas disfruto tanto como compartir con mis hijos lo que me gusta y enseñarles para  que también lo sepan hacer. A mi me encanta cocinar, y desde muy pequeños, los hijos aprenden a imitar todo lo que hacemos.
-          Hijo, me ayudas a hacer unos chilaquiles, necesito ayuda porque voy a preparar 4 salsas, ¿quieres aprender?
-          ¡Si!  - contesta entusiasmado porque me va a ayudar a cocinar.
Lavamos chiles serranos, chiles habanero y  jitomates y los pusimos sobre el comal. Como mi hijo es pequeño lo debo ir guiando en todo el proceso.
-          Lávate las manos, Pablo, es lo primero que hace todo cocinero.
-          Las traigo limpias... – me dice como pensando “A ver si pega…”
-          Andabas jugando en el suelo, si me vas a ayudar te las tienes que lavar.
De mala gana pero accede.
-          Saca unos limones del refri…
-          ¿Cuántos? – me pregunta.
-          Algunos…
-          ¿Algunos?
-          Unos 5 o 6…
-          ¿5, o 6?
-          6, pues.

Aquí me viene a la mente que mi hijo en ese detalle salió a su madre, requieren cantidades, pesos y medidas de cada ingrediente.
-          Parte los limones y quítales  las semillas.
-          ¿Para qué son?
-          Vamos a hacer 4 salsas distintas y una de ellas lleva limón.
Mientras tanto yo volteaba tomates y chiles que se iban asando procurando que se pusieran negros  lo más parejo posible.
-          ¿Te ayudo a voltearlos?
-          Cuando termines con los limones… pero así no, espera…  los limones se parten al otro lado…
-          Está bien, yo puedo solo.
Con el resto de ingredientes asados, continuamos la labor.
-          Ya acabé con los limones
-          Ahora los vas a exprimir y todo el jugo debe caer en este recipiente ,  “Adentro”
-          Si, ya lo se…
La primera salsa que haremos es de puro tomate, así que esa es especial para ti que no comes tanto chile.
-          Ayúdame a poner los tomates en la licuadora.
-          ¿cuántos? – me pregunta preocupado por seguir correctamente las instrucciones.
-          4
-          Le ponemos un poco de agua y tantitos polvos mágicos (knor tomate) …
-          ¿La puedo encender?, me dice con el dedo en el botón de la licuadora…
-          ¡No!… Espérate a que le ponga la tapa,
-          ¿Es peligroso hacerlo sin la tapa?
-          Muy peligroso… tu mamá nos puede matar a los dos.
-          Ahora si, enciéndela y cuando la enciendas cuentas hasta 3 y la apagas
-          ¿Por qué?
-          Porque así queda más rica, para que no se licúe tanto, listo ¡Enciéndela! (uno, dos, tres) listo ya, ¡Apágala!
-          ¿y ahora?
-          Ahora picamos cebolla
-          ¿Te puedo ayudar?
-          No
-          Pero ya se partir limones,
-          Pero cebolla no, hasta que tengas 8 años.  Además ya la tenía picada, la vamos a poner a freír con aceite y cuando esté suave le vamos a verter la mezcla de la licuadora.
-          ¿Y los limones?
-          Esos son para otra salsa.

Mientras esto ocurría el resto de los chiles y tomates se ponían cada vez más negros en el comal.

-          Ahora si, ya está la cebolla lista, le vertemos lo que licuamos y lo dejamos a que hierba un poquito, y ya, tendremos una riquísima salsa para hacer tus chilaquiles.
-          Ahora la otra…  en la licuadora ponemos los chiles habaneros.
-          ¿Cuántos?
-          Todos…  (una salsa picante, pero comible puede hacerse con el mismo número de chiles que de tomates) ponlos en la licuadora, le ponemos un poquito de agua y más polvos mágicos… tantita sal  y ¿qué nos falta? -  Le pregunto antes de que se le ocurra encender la licuadora destapada.
-          La Tapa
-          Exacto, la tapa,   ahora  ¡Enciéndela¡ (uno, dos, tres)   y listo… apágala.
-          ¿Por qué no te gusta que quede tan licuada?
-          Para que parezca que la hicimos en un molcajete
-          Esta ya está lista, ahora vamos por la siguiente
-          Ya llevamos 2, la que no pica y la que pica mucho… ¿y los limones?
-          ¿ya terminaste de exprimirlos?
-          No,
-          Pues ándale… - lo apuro para que termine.
-          Es que me distraes mucho papá…
-          Vamos a poner los últimos tomates en la licuadora, y ahora los chiles serranos
-          ¿todos?
-          No, solo la  mitad (8), la otra mitad, los vamos a usar para la última salsa.
-          ¿También le vamos a poner polvos mágicos?
-          Si pero ahora de los amarillos (Knor suiza) y un chorrito de agua para que se disuelva (preferentemente caliente)
-          Y la tapa
-          Claro y la tapa, y ahora si, Enciéndela… (uno, dos, tres) y listo, la apagas.  Ya tenemos 3 salsas, solo nos falta una.
-          La de los limones….
-          Claro, ya está el jugo, me dice orgulloso de haber hecho correctamente su tarea.
-          Ya, bueno, le ponemos tantita salsa de soya.  Y los chiles serranos que nos quedaron en el comal, los vamos a picar en rebanaditas y los echamos en el jugo del limón y les ponemos un poquito de sal en grano.  Esta salas ya está terminada, pero todavía no está lista, la tenemos que dejar cuando menos una hora macerando para que sepa mejor.
-          Bien, hijo, pues me ayudaste muy bien,
-          Ahora si tenemos  4 salsas, una que no pica y tres que si pican, ya estamos listos para preparar cualquier platillo, ¿Qué quieres que te haga de desayunar?
-          Un cereal…
-          ¿Un qué?
-          Un cereal con leche…
-          ¿no quieres unos chilaquiles con queso, crema y bañados con la salsa que hicimos?
-          No, quiero un cereal y un yakult.
-          ¿Cuándo menos dime si te gustó hacer salsas conmigo?
-          Si,  si me gustó, ¿Por qué lo preguntas, papá?

-          Nomás, hijo, nomás…  

miércoles, 11 de abril de 2012

Vacaciones en casa, agotadoras, pero hermosas.

Vacaciones en casa, agotadoras, pero hermosas.

No acostumbramos salir de vacaciones durante la Semana Santa. Los sitios turísticos suelen estar atiborrados, así como los restaurantes, hoteles y balnearios, y como en mi familia somos refractarios a las aglomeraciones, decidimos disfrutar de la hermosa Guadalajara, que durante ese período vacacional, lució todavía mejor.

Mis días comenzaban alrededor de las 7:30 de la mañana. Mi papá sabiamente me habría recomendado – No tiene caso hacer pendejadas tan temprano - y tiene razón, sin embargo no era por iniciativa propia abrir los ojos con el alba, sino que mi hijo de 4 años suele demandar atención desde esa hora.
-          Papá, ¿Me das leche?
Y yo que estaba programado mentalmente para despertarme un poquito más tarde, a esa  hora no distinguía si en verdad alguien me hablaba o aquella voz provenía de un sueño.  Como es natural, hice caso omiso a la demanda.  Ah, pero si hay algo que los hijos no perdonan es que los ignoren.

-          Pa – páaaa, -  me insiste poniendo su cara a medio centímetro de la mía. Siento su aliento.

-          Maaandeee – dije arrastrando la voz y todavía sin abrir los ojos. Con el temor de que al abrirlos, por allí se me escapara el poco sueño que me quedaba.

-          Quiero leche.

-          Es muy temprano, hijo, espérate un poquito…

-          Es que tengo mucha sed

-          Pues sírvete tantita agua…

Y aquí el puchero y las palabras pujadas, comienza a tomar forma en la base de la garganta

-          Eees que quieeero leeeeche…

-          Ándale pues.
Levantarte a preparar una leche, antes de las 8:00am implica que no puedas volver a pegar los ojos. Porque con el timbre del horno de microondas, o con la puerta del refrigerador, se despierta mi otro angelito de 6 años y con eso tengo para el resto de día.

-          Papá, ¿podemos prender la tele?  - me dice mi niña.

-          Si, pero bajito porque me quiero volver a dormir – lo dices con la esperanza de volver a la cama; sino a dormir, cuando menos a retomar el libro que deje a medias hace un par de días.  Y antes de que el otro becerrito se termine el vasote de leche, que ganas no me faltan de preparárselo con atole.

-          Ay, papá, acompáñame a ver una película

-          No hijita, es muy temprano.

-          Nada más le haces caso a mi hermano y a mí no – me lo dice con una voz que casi parece de sufrimiento por abandono.

-          Ándale pues, ¿qué vamos a ver?

-           “La Sirenita”

-          ¡¿OTRA VEZ?!

-          Está bien bonita, y hace mucho que no la vemos

-          Si, pero la hemos visto como treinta veces.

-          Porfi… porfis… porfis…

Y así comienza tu primer día de vacaciones cuando todavía no son las ocho de la mañana, ya estás viendo “La Sirenita” por enésima vez, con todo y su pescadito amarillo que no entiendo cómo le hace para hablar y respirar fuera del agua, pero en fin.

Con cinco minutos de película, sentí que los párpados se me cerraban  y comencé  a ver todo borroso. En virtud de que mi hija no se percataba de mi somnolencia, quise aprovechar para dormitar otro rato, y justo cuando el sueño me estaba venciendo llegó mi pequeño vástago como becerro recién amamantado.
-          Papá, ya me acabé la leche, ¿me prestas tu teléfono para jugar?

-          No.

-          ¿Por qué no?

-          Porque no, es muy temprano para que estés jugando con el teléfono.

-          Ya sé, - comenta emocionado - ¿Entonces me acompañas a jugar con mis carritos…?

-          Olvídalo, agarra el teléfono…

Hace mutis con una pícara sonrisa en los labios, sabedor de que logró lo que quería y se desaparece un buen rato, generalmente hasta que el teléfono se queda sin pila.

                En ese tenor transcurre una buena parte de la mañana:

-          Papá ¿jugamos con el wii?  - me dice mi hijo, cuando ve que al teléfono casi le sale humo.

-          No.

-          Mi hermana ya vio mucho la tele, ahora sigo yo.

-          Tienes razón. Hija, sigue tu hermano de ver la tele, préstasela… y yo mientras voy a retomar mi libro.

-          Está bien, - dice mi hija – Papá, ¿vas a leer?

-          Si

-          ¿Me lees un cuento?

-          No, quiero leer mi novela…

-          Es que te vas a tardar mucho, ¿Qué te parece si mejor pintamos?

-          Ándale pues… pintemos.

Y así transcurre otro rato del día, mientras mi libro sigue esperándome en el buró. Terminamos de comer en familia y cuando pasa por mi mente la disyuntiva entre tomar una siesta o sentarme finalmente a leer al menos un capítulo de mi novela, mi hijo tiene una brillante idea:

-          Papá, ¿jugamos dominó?

-          Hijo, eres el único niño que toma leche y juega dominó, algo no anda bien con tu desarrollo.

-          Andale, ¿si?, ¿jugamos? ¿jugamos?

-          Ándale pues… juguemos

Y así se nos pasa otro rato jugando varios juegos de mes en los que mi niño deja ver que el valor de la honestidad, apenas lo está aprendiendo

-          Pablo, eso que hiciste es trampa.

-          Nooo – contesta más que sorprendido, extrañado de la acusación.

-          Claro que si, ya perdiste.

-          No, en este juego no se vale perder – argumenta contundentemente en su defensa y me deja sin palabras, pensando en lo que dijo:  “en este juego no se vale perder”

-          Mejor dejemos los juegos de mesa por la paz y váyanse a ver la tele – los conmino con el ánimo de volver a mi anhelada lectura.

-          No, papá, - dice mi niña luciendo el rostro de quien acaba de tener una gran idea - Mejor vamos al parque y sacamos a pasear a Tina… (refiriéndose a nuestra perrita, no confundir con la chica de la limpieza quien a pesar de llevar el mismo nombre que nuestra mascota, no requiere que la saquemos a pasear).

-          Hijita, son las cuatro de la tarde, el sol cae a plomo, hace muchísimo calor…

-          Porfis… porfis… porfis…

-          Ándale pues, saquen cachuchas para todos –  y allá vamos al parque.

Ya cayendo la noche, les pido a mis hijos un momento de descanso que a leguas se ve que ellos también lo necesitan.

-          Papá, ¿tienes ganas de leer?

-          Si, hijita, desde en la mañana… por eso necesito que ya se vayan a dormir.

-          Ya sé, papá ¿Por qué no te vas al cuarto con nosotros y nos lees un cuento?

Dócilmente prefiero aceptar la propuesta que iniciar una confrontación.  Y así nos vamos hasta que caen rendidos en brazos de Morfeo. Finalmente me retiro a mi habitación donde también encuentro rendida a mi linda esposa.

-          Ya me voy a dormir – le digo con los párpados a media asta.

-          ¿Qué no ibas a leer? ¿no que estabas tan picado con la novela?

Volteo al buró y ahí está esperándome una emocionante historia. La tomo en mis manos, la sopeso en todo lo que representa y la vuelvo a dejar sobre el buró.

-          Si estoy picado con la historia, pero sabes una cosa, ya habrá tiempo de leer, porque la novela aquí la voy a tener siempre, y a mis hijos no. Dentro de 2 o 3 años ellos ya no van tener ganas de  jugar dominó conmigo, ni de pintar, ni de ir al parque, ni de jugar a los carritos, quizá ni de ver la tele juntos, así que si no los aprovecho ahora, cuando eso pase, me voy a arrepentir enormemente de haber leído tanto.