domingo, 9 de octubre de 2016

El Carácter, ese intangible, tan tangible…

El carácter es eso que tenemos los seres humanos, que no sabemos dónde empieza, ni dónde acaba, pero que se vuelve especialmente notorio cuando nos falta o cuando lo sacamos en dosis excesivas.
En ocasiones decimos ¡Qué buen carácter tiene, fulano!; refiriéndonos a alguien que acabamos de conocer, cuando lo único que hicimos fue pasar un rato con una persona que nos hizo sentir bien. Tampoco es muy justo acusar de “mal carácter”, a quien por algún motivo vemos “haciendo un pancho” envuelto en cólera, ya que tampoco sabemos (como decía mi abuela) la cruz que viene cargando, o qué lo ha llevado a reaccionar de tal manera ante esa situación.

El comportamiento del ser humano es completamente impredecible. Esta bendita condición de libertad de la que muchos gozamos, nos permite ser buenos o malos como el que más, lo mismo  generosos que avaros, compasivos que crueles, y tan solidarios como individualistas según sea nuestro libre proceder.

¿Quién puede decir que conoce el carácter de otra persona con apenas conocerla, si muchas veces no somos conscientes ni siquiera del nuestro?, porque el carácter es algo que cambia con el tiempo, que se modifica. Se moldea en el mejor de los casos, o se forja de golpe ante una situación determinada.

Ahora bien, tener buen carácter cuando la mar está en calma, ¿Qué chiste tiene?, tener buen carácter con los demás en un ambiente de cordialidad no es una prueba de fuego, ni siquiera un desafío mediano, es apenas elemental educación.  Buen carácter tampoco implica estar siempre de buen humor.  Buen carácter significa que somos capaces de comportarnos y responder con justicia, temple y serenidad y agregaría que hasta optimismo ante las circunstancias que la vida nos presenta.

Un buen carácter se demuestra en las buenas y en las malas, en los momentos de tensión y en las fiestas, en la tempestad y en el sarao, y preferentemente con todas las personas por igual, para evitar ser candil de unos y oscuridad de otros. Digamos que lo mejor de nuestro carácter, es ese intangible que hace que los demás valoren nuestra compañía, por tener la capacidad de saber estar acorde a la ocasión sin perder el control.

¿Cómo se manifiesta la falta de carácter? Acaso con debilidad que nos hace rendirnos antes de intentarlo, acaso con miedo que nos hace huir de lo que nos causa escozor, o con gritos de desesperación ante aquello que nos asusta y que da como resultado más tensión en el ambiente. 

¿Y cómo se manifiesta el exceso de carácter? ¿En verdad existe el exceso de carácter?, ¿O qué es eso que surge de nosotros, que hace que la gente diga “Es una persona de mucho carácter”?, ¿No será como decir que es una persona con un carácter de la pésimo?,  ¿O que se trata de una persona con un carácter tan débil que no es capaz ni de controlarse a sí mismo? 

A mí me gusta pensar en el carácter como una herramienta interna de la que puedo echar mano en cada momento del día, útil tanto en la soledad como en la interacción con los demás. Una fuerza interior que nos ayuda a mantener el control ante cualquier situación, que nos permite pensar con lucidez y tomar decisiones razonadas y no emocionales, o como aquello que nos aflora en forma de disciplina y nos levanta cuando nuestro cuerpo y nuestra mente piden un descanso.


Qué difícil resulta el autodominio, qué complejo es mantener la serenidad cuando las cosas no van bien. Ahí es donde se suele poner a prueba nuestro carácter. Sin embargo que esperanzador resulta saber que una parte de nosotros siempre podrá ser mejor y que la vida cada día nos seguirá poniendo retos para seguirlo trabajando, de nosotros depende querer hacerlo  e intentarlo siempre será un buen principio. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

El Matrimonio Igualitario y la Adopción.

Vuelve a la palestra el controversial y múltiples veces llevado y traído tema del matrimonio entre personas del mismo sexo.
Una de las valiosas prácticas que aprendí en los años que estuve estudiando en un colegio católico fue que el acto de juzgar es tarea de Dios y no de los hombres. Bendita dispensa, que nos permite ir por la vida sin tener que ser juez de nadie. Es decir, que nadie nos obliga, "nomás" que nos encanta el mitote.
Y lo digo de esta manera, porque en los argumentos de unos y otros he visto posturas muy extremas, muy radicales, como si el mundo sólo fuera blanco o negro, y pasáramos por alto toda la gama de grises que existen. Unos no aceptan el hecho porque se jactan de ser homofóbicos, otros no lo aceptan porque dicha práctica va en contra de la religión que profesan, otros lo aceptan resignados como una realidad en la que no se puede hacer nada; pero les molesta el término “Matrimonio”, otros se tiran al drama porque piensan que con este cambio la sociedad se va a venir abajo en valores... (Como si en este momento nuestra sociedad pudiera jactarse de estar muy arriba), muchos más lo consideran un asunto antinatural, y otros están visualizando que este proceso va a llevar en automático a que las parejas homosexuales puedan adoptar hijos.
Entiendo que el tema es complejo porque existen muchos grupos de interés y como es natural cada quien defiende su postura, sin embargo, entiendo también, sin ser jurista ni mucho menos moralista, que es un tema que debemos aprender a abordar con naturalidad, pues siendo de orden social nos impacta a todos.
De manera que con apenas 12 años de experiencia en mi matrimonio y un par de hijos en plena crianza, expongo algunos argumentos sin pretender enarbolarlos como verdades únicas ni como juicios irrefutables, simplemente los dejo como una simple opinión.
Considero que el amor entre dos personas de igual o de distinto sexo, puede surgir en cualquier lugar y en cualquier momento. El hecho de que estas dos personas decidan amarse y respetarse a su manera. Es algo que les debiera competir sólo a ellos.
Que cada persona pueda decidir con quién hacer vida conyugal, y con quién comparte su vida en lo general, me parece que es un acto de libertad y de justicia, del cual deberíamos gozar todos los adultos. Sin embargo, la discriminación sexual existe a tal grado, que en algunos lugares no solo se discrimina a los homosexuales, sino que a la propia mujer se le considera de menor valor que al hombre. Idea que me parece de lo más retrógrada, pero sucede.
También considero, que si dos personas del mismo sexo han decidido vivir juntos, deben en principio ser aceptados y reconocidos por la sociedad, como una pareja que libremente ha adoptado ese estilo de vida. De igual forma pienso que las leyes oficiales cuyo fin está orientado a proteger la salud y la integridad de las personas, no deberían excluirlos de los beneficios que goza cualquier persona, como la de contar con seguridad social por vínculo conyugal, o acceder a un crédito hipotecario mancomunado, es decir, todo lo relacionado con la salud y el bienestar de cada cónyuge y de la pareja en sí.
Ahora bien, ¿Qué pasa con la sociedad?, ¿Qué síntomas hay en el ambiente? - Por un lado están los que se mantienen al margen y por otro los que se apasionan con el tema. Están quienes reconocen a las parejas gay con respeto y afabilidad y quienes vulgarmente llevan el tema al exhibicionismo. Están los que indiferentes ignoran el tema y quienes al contrario, se convierten en activistas púbicos. Producto de todo este raudal de información, puedo concluir que todo aquel que generaliza se equivoca.
Decir que una familia es familia en tanto esté formada por un papá, una mamá y unos bellos hijos, es una idea que no va conmigo. Hace tiempo entendí que el vínculo que hace posible a una familia es el amor, y no la consanguineidad. ¿De qué otra forma se puede explicar un matrimonio? Mi esposa y yo, fuimos familia desde que nos casamos gracias al amor, porque consanguineidad no ha habido nunca, como dice la canción… “si ni parientes somos”.
Con tal antecedente, no tendría inconveniente en llamar familia a toda relación que inicia con 2 personas que estén vinculadas por el amor. También considero que lo que hace que una familia sea o no funcional, no depende de que dicha familia proceda de una pareja homo o heterosexual, sino de que el seno familiar sea el medio en el que cada miembro pueda crecer y desarrollarse física, mental y espiritualmente. Por lo tanto, ningún ejemplo de familia hetero u homosexual, próspera o disfuncional me resulta suficiente referencia como para generalizar ni a favor ni en contra, ni de las unas ni de las otras.
Dicho de otro modo, no porque yo haya formado una familia a partir de una relación heterosexual, pienso que ésta sea la única forma posible. Tampoco por el hecho de que haya familias homosexuales estables pienso que todas lo vayan a ser… la formación de una familia homosexual o heterosexual no es garantía de nada.
Lo que sí creo, es que como sociedad, nos hemos acostumbrado a opinar sobre todo tipo de temas sin tener muchas veces la información suficiente ni veraz, o sin tener los argumentos apegados a la mínima razón, es decir, que opinamos desde nuestro lado emocional, donde resulta muy fácil perder la objetividad a causa de nuestros sentimientos.
Para mí sería muy sencillo decir que estoy a favor o en contra de que las parejas gay adopten hijos, total al hacerlo, no estaría hablando de mis hijos. Pero buscando ser más objetivo, trato de imaginarme en una situación en la cual mis hijos sí se vieran inmiscuidos. Y esto me ayuda a razonar de manera diferente. Pongamos por ejemplo que mis hijos siendo jóvenes, deciden irse al extranjero a estudiar un año en un programa de intercambio, y resulta que tienen como opción vivir en la casa de una familia heterosexual o en la de una familia homosexual. La verdad, no puedo decir que me daría lo mismo. Yo buscaría para ellos una familia como la nuestra.
En principio, porque creo en el concepto de la “Complementariedad” que resulta del hombre y la mujer, y confío en aquello que conozco y que he vivido tanto en el rol de hijo, como en el rol de padre. Por otro lado, pienso que todos los seres vivos, (incluyendo plantas y animales) crecemos y nos desarrollamos mejor, cuando estamos en un entorno lo más parecido al entorno natural. Quizá haya excepciones, pero quien quiere ser la excepción en esto.
Estoy consciente de que hay parejas que quieren tener hijos y niños que necesitan tener padres, (menuda tarea tienen los legisladores para definir la mejor forma en que aquello pueda ser posible). No será sencillo lidiar con posturas radicales que solo agravan el problema, pues tienden a la polarización de las partes dificultando la comprensión y la conciliación.
Sabemos que una pareja hetero o gay por sí sola, ni garantiza el éxito ni condena al fracaso de una familia, como lo dije anteriormente, formar una familia y conservarla a través del tiempo, es un tema complejo, cuya complejidad aumenta cuando además se suman hijos. Lo digo con la experiencia de estar criando a 2 y con la convicción de saber que cuento con el apoyo de la mujer que amo y que me complementa en todas mis debilidades. Aun así, ha sido tarea dura que por momentos nos llega a parecer imposible.
Yo voto por que los matrimonios se legalicen para que los cónyuges vean por su bienestar unos y otros y respecto a la adopción, no estoy convencido de que sea lo mejor. Si se llega a dar espero que sea con los candados suficientes para evitar sufrimientos innecesarios tanto de padres como de hijos, derivados de situaciones que nadie quiere pero si suceden y que suelen terminar o en un inesperado rompimiento familiar o en la condena de tener que sobrevivir siendo parte de una familia rota.

Diversidad y Tolerancia.

La diversidad, se explica por sí sola. Si por algo vale la pena defenderla es porque al hacerlo defendemos precisamente el hecho y el derecho que tenemos las personas a ser diferentes unas de otras; circunstancia que nos permite conocer el valor de la complementariedad. Así está formada nuestra sociedad, por miles de personas que somos distintas en ciertos aspectos y comunes en otros, por lo que al mismo tiempo, nos diferenciamos de algunos y nos identificamos con otros y esto es lo que nos permite formar grupos.
Desde que nacemos, formamos parte del grupo de los recién nacidos, y nos catalogan como hombres o mujeres. En ese momento yo no he sabido de ningún bebé que lo etiqueten con algún tercer o cuarto sexo. Conforme crecemos vamos cambiando de grupo y paulatinamente formamos parte del grupo de los niños, jóvenes, adultos o ancianos (eso de “la tercera edad” me gusta, pero no dejo de reconocer que es un eufemismo).
En otro ámbito todos comenzamos formando parte del grupo de los solteros y luego unos por gusto y otros por obligación (que es otro eufemismo para no decir “miedo al suegro y a los cuñados”) vamos cambiando de grupo al de los casados, arrejuntados, divorciados, dejados, viudos, etc.
También todos comenzamos siendo orgullosos analfabetas, y luego unos por convicción y muchos otros amenazados por la chancla voladora, vamos pasando por un calvario de grados escolares que van desde la primaria hasta el postgrado y nuevamente todo terminamos formando partes de diferentes grupos.
A la par de todo esto, también formamos parte de grupos por
zonas geográficas, por aficiones deportivas, o culturales, por ideologías religiosos, o mediante asociaciones civiles, de tipo profesional, en partidos políticos y hasta de organizaciones delincuenciales (favor de no confundir éstos últimos), etc. Y así, por grupos y grupos de grupos, es como está conformada nuestra sociedad.
Es decir, que la diversidad abarca tantas capas, que en este momento no tengo claro si la diversidad, es algo que como sociedad nos divide o nos une. Lo que si me queda claro es que a cada grupo al cual pertenecemos le corresponden ciertos derechos y ciertas obligaciones que por obvias razones no tienen por qué ser iguales. Es decir, los niños tienen ciertos derechos y ciertas obligaciones, diferentes a las de los jóvenes, adultos o ancianos. Los hombres tienen ciertos derechos y obligaciones, diferentes a los de las mujeres, (calma machistas y feministas, guarden sus armas) me refiero por ejemplo, a que no hay mujeres que tengan obligación de hacer servicio militar al menos en nuestro país, ni hombres que tengan derecho a días de incapacidad por embarazo o parto. Tampoco son los mismos derechos los de un soltero que los de un casado; (brincos dieran) y ni qué decir de las obligaciones. O comparando un casado que tiene hijos con uno que no los tiene, por supuesto que derechos y obligaciones, también serán distintos.
Así pues, los grupos que forman nuestra sociedad se cuecen cada cual en ollas aparte. El problema surge cuando todos vamos a la calle (que supuestamente es de todos) y nos revolvemos.
¿Se ha puesto a pensar como están relacionadas la diversidad y la tolerancia?
Por un lado los seres humanos tenemos algunos derechos supuestamente universales, como el derecho a pensar, a sentir y a expresarnos libremente. Pero es bien sabido que en algunas sociedades la libre expresión es castigada incluso con la muerte.
Por otro lado están los radicales que sienten que sus derechos no tienen límite y que pueden estar incluso por encima de los derechos de los demás. Así como su forma de pensar, que ellos consideran como su verdad, o peor aún, como la verdad.
Y qué pasa con la tolerancia, tan rebasada por su antítesis, la intolerancia a todo lo que no sea como yo lo pienso o como yo lo quiero. Pareciera que cada quien espera un mundo a su medida, y nos olvidamos que el mundo es solo uno y es para todos.
Creo que nos conviene defender la diversidad, pero defenderla defendiendo el derecho de los demás a ser distintos a mí, a pensar distinto a aceptar que les gustan otras cosas y piensan de otro modo. ¿Qué ganamos con estar haciendo señalamientos sintiéndonos jueces del mundo?
Este texto tan diverso… continuará…

Silencio

Quiero evocar al silencio.
Pero no al silencio que usamos para dormir o descansar.
Tampoco al que anhelamos cuando el ruido nos envuelve.
Ni al que recurrimos cuando la migraña y buscamos un remanso de paz.
Quiero evocar al silencio, pero no a cualquier silencio…
A un silencio que me gusta, al silencio; por ejemplo:
De aquellos que se piensan dueños de la verdad y te juzgan de acuerdo a su medida.
De los petulantes que al sentirse superiores, nos ven con mirada compasiva.
De los que lo saben todo y alzan la ceja como pensando - ¿Tú qué me puedes decir a mí?
Al de los presumidos, ególatras, soberbios que por un instante eterno, han olvidado el valor de escuchar y solo aprecian ser escuchados. Cuanto les convendría aprender a callar de otra manera.
Como por ejemplo, con el silencio de los que los que brindan su atención y escuchan sin juzgar.
El de los que abren sus oídos y su mente cual tierra fecunda para que germine una nueva idea.
El de los que escuchan con respeto más que con interés, pues ponen el énfasis en la persona más que en la palabra.
O con el silencio de un padre y una madre, que un buen día descubren que su hijo sabe más que ellos… pareciera que con su silencio le gritan al mundo - ¡Escúchenlo! ¿Qué no se dan cuenta de lo que está diciendo?
Hoy quiero escuchar al silencio, para entender que no todos callamos igual.
Hoy quiero aprender del silencio, la mitad siquiera, de lo que apenas sabemos hablar.

viernes, 12 de agosto de 2016

"10 AÑOS no son nada... son todo" DE LA INTIMIDAD AL ENOJO (Capítulo XXXIV)

      Querido hijo, deberás entender que toda relación de pareja es una relación compleja. Me refiero al hecho de que al estar formada por dos personas, implica un constante ejercicio de dar y recibir, de ceder y pedir que la otra persona ceda también.

A lo largo de esta colección llamada “10 AÑOS no son nada…son todo”; y de la cual te dejo el último capítulo, te he contado muchas de las cosas que le suelen pasar a las parejas durante los primeros 10 años de matrimonio, claro que todo esto es (como dicen los abogados) “enunciativo, más no limitativo”.  Aquí hemos platicado de cómo una pareja se conoce, se casa, tienen hijos, van sorteando diversas dificultades, y poco a poco van madurando.

Sin embargo, nos falta un tema fundamental en toda relación motivada por el amor, y me refiero a que es justo en los primeros años de vida conyugal, cuando las parejas aprenden a estar juntos en las buenas y en las malas.

Estar bien en las buenas no tiene chiste, pero debemos pensar que la vida no siempre será “miel sobre hojuelas”. Habrá acciones adversas que equilibren la balanza.  Toda pareja vive momentos de pasión que tienen cabida en la intimidad y también toda pareja vive momentos de tensión que se suscitan al no encontrar la forma de ponerse de acuerdo, en ocasiones se pasan por alto los límites de la relación, y como consecuencia las cosas se ponen feas.

Toda pareja desde el momento del enamoramiento se sueña en la intimidad, tienen derecho a ella y nada los hace más felices que vivirla, tenerse y poseerse el uno al otro hasta saciar el deseo.  Nada hace más feliz a una pareja, que vivir juntos aquel descubrimiento paulatino de uno en el otro.

Vivir el amor sin obligación ni condición alguna es entregarse en cuerpo y alma para vivir junto al otro el placer del amor. Con la plena consciencia de hacer aquello que juntos estén dispuestos a hacer o que juntos hayan acordado. Siempre respetándose en todo lugar y en todo momento, conscientes de que por un instante estarán uno y otro siendo parte de un cuerpo ajeno.

Pero igual de importante será que toda pareja tenga sus  momentos de distancia, donde se deben  permitir un generoso espacio de por medio, permitirse ser uno sin el otro y viceversa. Recordando que cuando se conocieron, se atrajeron por lo que cada uno era por separado y sin la menor ayuda del otro.

Es cierto y es de esperarse que la pareja en ciertos aspectos nos termine de moldear; lo cual no significa que uno cambie su manera de ser; ya que eso está demostrado que no funciona. Me refiero a que se espera que uno aprenda a ser mejor persona, gracias a que nuestra pareja ve cosas en nosotros que nosotros mismos no podemos o no queremos ver. Por eso es importante avanzar en el autoconocimiento y el crecimiento personal con la ayuda de alguien que nos ame.

Pero también es cierto que a veces las ideas de uno y otro simplemente no encuentran acomodo y entonces es momento de confrontarlas. Aquí vale la pena hacer una aclaración: La confrontación, la discusión y el enojo, debe darse en el nivel de las ideas,  de tal forma que las ideas sean las que se confrontan y no las personas. Sé que esto es muy difícil  cuando tiene uno la sangre caliente, así que mejor seamos claros.

Queda estrictamente prohibido lastimarse física y psicológicamente. Eso no tiene ni requiere mayores explicaciones, cuando las cosas no funcionan, resolverlas por la fuerza o por la tortura psicológica no soluciona nada.  Los conflictos de pareja conviene resolverlos con la pareja solamente, jamás con terceras personas, a menos que se trate de una ayuda profesional que en ocasiones puede ser necesario y recomendable.

Tampoco conviene añejar los problemas, eso sólo hace que el resentimiento crezca y la carga emocional pese más. La mejor forma de resolver un problema es afrontándolo con la persona correcta, en el tiempo correcto y con la cabeza fría, es decir, de la forma correcta. Evitar a toda costa lastimar a alguien más, lastimarse a sí mismos y destrozar cosas, porque como está la vida, no está la situación para andar echando a perder nada.

Considero querido hijo, que la mejor forma de encontrar el equilibrio, es  siendo conscientes de que la igualdad debe ser un acto consciente entre las dos personas que formen una relación.  En una pareja, lo importante es considerar que ninguno es más que el otro, y por lo tanto no debe existir ni por momentos la idea de que alguno vale más que el otro. La igualdad será una fortaleza de la pareja si ambos son conscientes de que el bienestar de la pareja depende de los dos, y que los logros serán gracias a que ambos están poniendo la parte que les corresponda de acuerdo a sus roles y funciones.

Ya como colofón, recomiendo ampliamente que todas las parejas que están iniciando una relación, vivan al menos por un tiempo aislados del resto de sus familias. No sólo me refiero a vivir en otra casa, que eso es obvio, sino preferentemente vivir en otra ciudad.
Esta sola experiencia hace que la pareja se conozca ampliamente en todos los sentidos, que aprendan a contar uno con el otro en las buenas y en las malas y que no tengas otro lugar a donde ir,  y por lo tanto que cuando pienses en celebrar algo lo hagan en principio con sus seres queridos y si por algún motivo tienen una pena, acudan antes que nada al mejor de los refugios, el hogar.

Vivir en pareja es todo un desafío, es una forma de vida que a muchos nos gusta practicar y en la cual incluso nos atrevimos a realizar un juramente (deja tu ante las instituciones) ante la otra persona, de que estaremos con ella hasta que la muerte nos separe. Bueno pues ese compromiso, que tanto trabajo le cuesta a algunos, es lo que comienza por marcar la diferencia cuando se habla de una relación que tiene la intención de ser duradera, de otra que tiene deja abierta la puerta a la posibilidad de convertirse en desechable.

Querido hijo, espero que cuando tengas la edad suficiente y te llegue el momento de tomar decisiones trascendentes para tu vida, escojas vivir tu vida acompañado de alguien más, ya que de esta forma la vida se disfruta mejor y las penas se sobrellevan más fácilmente. Creo que es uno de los mejores consejos que de mi parte podrás recibir.

Por lo demás, no esperes que escriba una segunda parte de este texto para hablar de los siguientes 10 años de matrimonio, como lo sabes en este nuevo ciclo que ya juntos hemos comenzamos a vivir juntos, nos esperan las adolescencias de los hijos y las menopausias de los padres, así que por si las dudas, mejor no prometo nada.

Te adora, tu papá.

martes, 9 de agosto de 2016

La "Opinocracia"

El término “Opinocracia” lo leí por primera vez en una columna de Denise Dresser.  Como palabra seguramente no está registrada en el diccionario de la RAE, pero como concepto, me gustó porque describe en su fonema el poder tan alto que ha ganado la opinión pública en nuestra sociedad.

Opinar es un derecho que tenemos las personas, pero algunos se lo toman tan a pecho que pareciera que lo ejercen como si fuera una obligación.  Es cierto que podemos opinar sobre cualquier tema, pero eso no significa que debamos hacerlo. Sobre todo si no tenemos algo valioso que aportar.

Es innegable que las redes sociales le han aportado mucho a nuestra sociedad, incluso hicieron que cambiáramos formas y patrones de comportamiento, a veces rayando en lo absurdo o incluso en lo patológico. Uno de los fenómenos evidentes producto de este cambio es que las redes sociales le han dado voz  a quienes anteriormente no la tenía. Y así como antes, muchos hacían hasta lo imposible por aparecer en televisión, ahora muchísimos más, son capaces de hacer cualquier cosa con tal de tener sus 5 minutos de fama mediante las redes sociales esperando convertirse en un fenómeno viral.
 
Para el caso, opinar sobre cualquier cosa es un buen método, ya que si tu opinión es considerada como valiosa, los conocedores en la materia te recomendarán como fuente.  Pero si por el contrario eres de los que opinan cualquier caterva de sandeces con tal de socializar, tu opinión encontrará en las redes a un público ávido de ver a otros haciendo el ridículo de su vida.

¿Qué pretendo con esta columna? – No aspiro a moderar la opinión pública, porque eso sería una labor más que Quijotesca. Lo único que espero es que quien la lea, a partir de ahora se tome unos segundos de reflexión antes de dar su próxima opinión. Especialmente si no sabe nada del tema.

Suele haber temas muy polémicos. Dios nos libre; por ejemplo, de abogar por la tauromaquia frente a un grupo de anti taurinos; en una de esas, se ponen más fieras que los mismos toros. También hay quien agarra el tema político con tal pasión; que les brota el “…bélico acento” de tal manera que hasta parece que en verdad tienen el famoso espíritu del servicio público. Y ni qué decir del tan llevado y traído tema de los matrimonios homosexuales, tema punzante con el que liberales y conservadores se han dado hasta por debajo de la lengua…  

Hay otros temas que provocan la indignación de las personas y sin más arremeten en opiniones públicas muchas veces en favor de salvar a las ballenas o  de ir en contra de la excesiva contaminación,  o la deficiente educación del país,  y otros que se ponen a defender lo indefendible mediante argumentos falsos o tergiversados, como los grupos de sindicalizados de aquí y allá que exigen sus derechos al tiempo que atropellan los de los demás sin que haya autoridad capaz de pararles el alto; (no sé por qué pero me acordé de los maestros de la CNTE) “Cero en conducta de mi parte para todos”.

También están los que por llamar la atención o por simple diversión se la pasan burlándose de las creencias religiosas de los demás, escudándose en una supuesta libertad de expresión cuando en verdad lo único que hacen es poner de manifiesto su falta de educación.

Y ni qué decir de los que ven una publicación de 140 caracteres y sin ponerla en duda, les parece suficiente argumento como para arremeter contra los demás y defenderla a capa y espada sin el menor cuidado de asegurarse que el tema sea correcto.

Y luego están los perfeccionistas y puristas de todos los temas, aquellos que no son capaces de hacer ni de aportar nada bueno, pero que suelen ser los primeros en estar criticando a todo mundo, o diciendo cómo se deberían de hacer las cosas. No se dan cuenta que lo único que hacen es volverse ejemplos vivos de lo que rezaba el viejo dicho de pueblo “No hay mirón que sea pendejo”

La opinión pública, si bien es cierto es un derecho de todos, y como todos los derechos, es mejor ejercerlo con responsabilidad, sobre todo en estos tiempos en los que todo lo que se dice y todo lo que se hace, queda grabado para la posteridad y puede ser reproducido una y tantas veces, que puede ser que al interesado le deje de convenir.  


martes, 2 de agosto de 2016

El Reencuentro

Hace unos días, tuve la dicha de reencontrarme con mis ex compañeros de colegio después de 25 años de haber salido de la prepa. Primero que nada, debo reconocer que hubo 2 personas de las cuales no recordaba sus nombres. (Mal síntoma). También he de reconocer que salvo una que otra excepción, los hombres que formamos esa generación lucimos como señores cuarentones a los cuales se nos ha escapado la primera juventud y a como dé lugar nos queremos aferrar a la segunda; usando frases como “no importa cómo me vea, lo importante es cómo me siento”, o “la juventud es un estado de ánimo” (¡Anda p´os siquiera que tenemos buen humor!). En cambio de mis ex compañeras qué podría decir… que la mayoría de ellas, lucen mejor que cuando tenían 20.
En aquellos tiempos, terminé la prepa siendo un estudiante dedicado. Casi casi lo que en aquel entonces llamábamos un “nerd”. Jamás me distinguí por ser el alma de la fiesta. Tenía a mis buenos amigos y amigas, pero nunca fuimos los chicos más populares de la escuela. Creo que conscientes de nuestra edad, nos avocamos a disfrutarla sanamente y sin excesos. (Ya ni llorar es bueno).
De los tiempos de prepa, recuerdo que entre los hombres de la generación nos conocíamos bastante bien, porque estuvimos en la misma escuela más de 10 años, realmente había pocas sorpresas, estaban los que me caían bien, los que me caían mal y los que me eran totalmente indiferentes. En cambio de mis compañeras… de ellas puedo decir que estaban las me brindaron su amistad abierta y sincera, otras que se sentían como labradas a mano y se portaban como si fueran inalcanzables, (Urgencia de ser mayores, ya saben…) , y aquellas de las cuales ni siquiera puedo recordar sus nombres. (y por favor, no se sientan mal, “no eres tú, soy yo…”).
La prepa se terminó con una gran fiesta hace apenas 25 años, y ahora nos volvimos a encontrar con muy buena vibra y creo que con una gran expectativa de ver cómo había evolucionado el grupo. Ahora me siento feliz por todos y cada uno, de ver con admiración en lo que nos hemos convertido.
Muchos nos hemos vuelto padres o madres de familia, título que ostentamos con orgullo y felicidad cuando a la menor provocación alguien nos pregunta por nuestros hijos y acto seguido, sacamos un arsenal de fotos como para abrumar al más paciente. Casi todos somos profesionistas, y algunos no conformes avanzamos por distintos niveles de postgrados y especialidades. Otros están dedicados a atender sus propios negocios y muchos a colaborar en empresas de talla nacional o internacional. Hay algunos dedicados a la investigación, otros a la docencia y casi todos a la decencia. También hay quienes viven en el extranjero y muchos que habitamos distintas ciudades de nuestro bello país. El caso es que en esta generación, pareciera que hay de todo.
Sin embargo, por encima de todas esas diferencias, celebro la dicha de que finalmente hayamos maduramos todos, o casi todos, quizá unos antes y otros después, pero a estas alturas, ya todos nos vemos como iguales porque en el fondo a todos nos une algo en común. Más allá de nuestro antecedente escolar, somos hombres y mujeres que nos ha tocado vivir, ganar y perder diferentes batallas. Personas a las que la vida nos ha llevado por diversos caminos, nos ha enseñado muchas cosas nuevas, nos ha desafiado con distintos retos y nos ha puesto a prueba con muy diferentes e intensas pruebas.
Amén de cuánto hemos crecido, cuantos kilos hemos engordado o cuanto pelo se nos ha caído, nos hermana una admiración franca al saber y reconocer cuanto hemos logrado.
Pasé una tarde y noche sintiendo el cariño de gente a la que usualmente veo poco. Me rencontré con viejos amigos y aproveché para ponerme al tanto de sus vidas. Platiqué con algunos, con quienes nunca antes me había dado la oportunidad de platicar; quizá en aquella época no era el momento. Me quedé con las ganas de seguir platicando con algunos, y de ver a muchos que no pudieron estar. Sentí nostalgia al comenzar a despedirme y de forma intencional no me quise despedir de todos.
Cuando llegó el momento, quien menos lo esperaba me dijo, - No te vayas todavía - me quedé un poco más pero finalmente me tuve que ir. Me alejé despacio y sin aspavientos, como tratando de no generar una contundente despedida. Todavía tengo el buen sabor de boca de aquella reunión. Que gusto que el motivo del reencuentro, haya sido por el simple gusto de vernos. Así debieran ser todos los reencuentros.
Estaré pendiente del siguiente, me dará mucho gusto volverlos a ver.