domingo, 20 de julio de 2014

UN HOMBRE CUMPLIDOR

UN HOMBRE CUMPLIDOR
Por: Manuel Gil

Ser  un hombre cumplidor, no es fácil. La vida moderna, el exceso de información, nuestra poca capacidad de abstracción y análisis y la auto exigencia que nos hemos impuesto por ser cada vez más competitivos, nos ha orillado a cubrir tantos roles en nuestra forma de vida, que las 24 horas del día, apenas nos alcanzan.
Alguien dijo que la suerte se reparte antes de las 6 de la mañana, (seguro trabajaba en el mercado de abastos), es una forma moderna de usar el refrán que aprendimos de nuestros abuelos: “Al que madruga, Dios lo ayuda”, por tanto,  programamos el despertador mucho antes de que el sol asome, y hacemos por cumplir con todo lo que nos han inculcado.
Cumplir con nuestro trabajo es indiscutible. Un mundo tan competitivo nos obliga a mantenernos atentos y disponibles las 24 horas del día; condición que antaño sólo era propia de médicos, policías y bomberos.  Ahora el trabajo es más complejo, debemos cumplir nuestros indicadores de desempeño, recibir a los clientes con una sonrisa, atender sus demandas y ofrecerles una recarga para su celular,  y por decir lo menos, responder los más de 80 correos electrónicos que aparecen diariamente en nuestra bandeja de entrada. Y por supuesto, estar preparados para afrontar cualquier eventualidad sin creernos  superhéroes, porque  la humildad también se valora.
También debemos cumplir con nuestra familia y aunque esto es algo que (al menos en teoría) a todos nos encanta… (Los que no estén de acuerdo, favor de pasar al departamento de psicología y planear un cambio de vida), dicho encanto por muy placentero que sea, no es tarea sencilla.
Debemos cumplir con nuestro rol de esposo y padre, destinando un tiempo especial para cada miembro de la familia, planeando actividades en conjunto y por separado. Hay que procurar comer juntos al menos una vez a día, tener paseos familiares una vez por semana, dedicar un tiempo a la pareja sin los hijos y de vez en cuando a los hijos sin la pareja. También hay que cubrir actividades de la escuela de los niños, que los maestros programan en los horarios más incómodos, como procurando que nadie asista. En fin, la cantidad y la calidad del tiempo hacen toda la diferencia entre convivir familiarmente y simplemente coincidir bajo el mismo techo cuando estamos dormidos. Pero más vale estar atento y no quejarse o pasarás a la historia como un mal padre.
También hay que cumplir con los amigos, pues juegan un papel importante en nuestras vidas, y su función no la cubren ni la pareja, ni la familia, ni los compañeros del trabajo. Los amigos, se cuecen aparte.  Y como dice mi amigo Rubén Dario, debemos estar pendientes de que el camino entre ellos y nosotros, permanezca siempre despejado de hierbas.
Ser un hombre cumplidor, también implica cumplir con uno mismo. Como ya quedó asentado, despertamos antes del alba, al hacerlo hay que esbozar una sonrisa (Que por supuesto nadie percibe) y procuramos tener el primer pensamiento positivo del día (dicen que lo que bien empieza…), luego hay que  levantarnos en el primer intento (quienes pugnan por fortalecer el espíritu lo llaman “El primer desafío”…)  luego hay que realizar el ejercicio que el cuerpo necesita, y nos auto convencemos de  que no hay nada mejor que correr a la luz de la luna que está por terminar su turno. (Algunas veces, si me lo creo).
Luego hay que regresar a bañarse y a arreglarse para vernos bien presentados durante todo el día, pues hay que cumplir con los estándares de imagen que demandan nuestras actividades.  No vaya a ser que nos encontremos a un fan de Gaby Vargas y nos recuerde que nuestra camisa no combina con nuestro pantalón, o que el largo de la corbata no es el apropiado.
Posteriormente hay que planear lo que vamos a  desayunar, comer y cenar, procurando balancear  correctamente cereales, carbohidratos, proteínas y minerales. También prever las colaciones entre comidas, pues a decir de nuestro nutriólogo, “El estómago jamás debe estar vacío”. Y aunque sé que estoy muy lejos de eso, me agencio mis raciones de pepinos y chayotes, es decir, hay que cumplir con la dieta correcta.  Así evitarás que cualquier hijo de vecino venga a decirte: - ¿Acaso, no te importa tu salud?
Tampoco debemos olvidarnos de pagar nuestros impuestos, ya que debemos cumplir en tiempo y forma con: cuotas, colegiaturas, tarjetas de crédito y demás compromisos económicos, pues incumplir en ello, nos haría ver ante nuestros acreedores y nuestra sociedad, por cierto, ávida de criticar, como personas morosas.
No nos extrañe tampoco, que después de andar malabareando actividades, alguien nos comente: - Deberías estudiar una maestría, o un doctorado, o cuando menos un diplomado, pues en tu profesión es indispensable estar “al día”. (¿Apoco?) Así que habremos de cumplir también con eso.
Tampoco nos extrañe que algún amigo de la secundaria, en un encuentro fortuito nos diga:: - ¡Qué milagro, ya no te dejas ver…! (como si nos hiciéramos falta).  Y todavía nos reclame: - ¿Te mandé una solicitud por Facebook hace un año y no me has aceptado… ¿o apoco no lo usas?...
Por supuesto que también hay que cumplir con nuestros  padres y  hermanos y llevar sana relación con todos ellos. Y en la medida de lo posible, asistir a cuando evento nos inviten y por supuesto, invitarlos a los nuestros. Pues no debemos olvidar que son familia y ante las peores adversidades son nuestro mejor refugio.
¿Y qué hay de nuestro compromiso con la comunidad? ¿Con nuestra religión y nuestro  crecimiento espiritual? No somos entes aislados, vivimos en sociedad y la sociedad también espera algo de nosotros…  nuestra colonia, nuestra ciudad, los más necesitados…  a ver ¿Qué vamos  a hacer por ellos?
Este texto pretende reconocer a todos los hombres que día a día se esfuerzan por ser hombres cumplidores.  Como pueden ve el concepto de “hombre  cumplidor” se ha sofisticado, pero jamás ha perdido su esencia, porque si se preguntan a estas alturas ¿Quién de ellos piensa en sexo?,  la respuesta es muy sencilla: Todos.  

Sólo que lo ven a uno sonriente y creen que es fácil… pero no.

¿Somos "Amigos", o "Amigos, Amigos"?


¿SOMOS “AMIGOS” O “AMIGOS, AMIGOS”?
Por: Manuel Gil

Según mi página de Facebook, tengo más de 400 amigos, lo que Facebook no sabe, es que además de “amigos” también tengo “Amigos, Amigos”.
Con los “amigos”, comparto fotos. Con los “Amigos, Amigos”, aparezco en algunas fotos que nos hemos tomado juntos para inmortalizar bellos momentos.
Con los “amigos” comparto chistes. Pero a los “Amigos, Amigos”, prefiero contarle los chistes en persona, para escuchar sus carcajadas y ver sus caras arrugadas de tanto reír.
A mis “amigos” les comparto fotos de comidas y tragos que he degustado, así pueden ver lo bien que me alimento. En cambio con mis “Amigos, Amigos”, procuro compartir la mesa y la sobremesa  cada vez que puedo.
A mis “amigos” les mando fotos de mis hijos para que vean cómo han crecido. En cambio a mis “Amigos, Amigos”, mis hijos y yo, los vemos como una extensión de la familia.
A mis “amigos”, les mando felicitaciones en días especiales,  en cambio a mis “Amigos, Amigos”, los abrazo cada vez que los veo, porque cada encuentro con ellos, hace que ese día, sea un día especial.

Si pasas por mi muro a ver las últimas fotos o mis más recientes comentarios, sentiré como si pasaras por afuera de mi casa y te hubieras asomado por la ventana aprovechando que la he dejado abierta.  Si pasas por mi muro, regálame unas palabras para saber que estuviste ahí, así sabré que no sólo somos “amigos” de Facebook, quizá  somos “Amigos, Amigos” de los que nunca se olvidan y siempre da gusto volver a ver. Será como saber que pasaste por mi casa y te atreviste a tocar la puerta para saludarme. Me dará mucho gusto saludarte y por la visita, te estaré profundamente agradecido.

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jueves, 29 de mayo de 2014

21 DÍAS FORTALECIENDO EL ESPÍRITU.

Escuché decir que si hacemos alguna actividad durante 21 días seguidos, se nos convierte en un hábito.

Todo comenzó cuando me subía a la báscula y ésta marcó 99kg. - Algo no anda bien – pensé.

Lo comenté con mi esposa y me dijo: -  Te voy a hacer un regalo  –  al día siguiente ya tenía cita con una nutrióloga.

Me pudo mucho saber que a mis 40 años, tenía la edad metabólica de una persona de 50.
-         -  ¿Haces algún ejercicio? – me preguntó la Nutrióloga.
-         - No – Contesté  sin titubear.
-         -  ¿Por qué?
-         - Porque no me gusta.

A pesar de la seguridad de mi respuesta, yo sabía que para ver un cambio en mis indicadores de salud, debía sobre todo  cambiar mi forma de pensar, y por supuesto cambiar algunos de mis hábitos. 
-         
   -   Pero lo haré si es necesario – contesté y di por terminado el tema.

A lo largo de casi un mes he meditado sobre 3 conceptos que han sido fundamentales para lograr mi objetivo: Hacer conciencia, reorganizar mi tiempo y actuar con disciplina.

“Si no sabes qué hacer, haz conciencia” – Mi mente me lo decía una y otra vez. Si en verdad pienso que algo es importante para mí, debo declararlo y ser congruente con mis actos. No puedo pensar y decir que me preocupo por mi salud, si con mis actos diariamente  reflejo otra realidad.  Además,  si la vida me gusta tanto y el único cuerpo que tengo es el que llevo puesto, vale más cuidarlo desde ahora. Manos a la obra.

“Sólo tengo tiempo para las cosas que me interesan”.  Si ya decidí que cuidar mi salud es importante para mí, no tengo otra opción que hacer ejercicio, y no puedo pensar que voy a hacer ejercicio en mi tiempo libre, pues el tiempo libre jamás va a llegar.  Si mi salud es importante, tengo que programar un tiempo en mi agenda para hacer ejercicio, no hay otra opción.

Fue necesario ajustar la hora de levantarme y por consiguiente tuve que ajustar también la hora de acostarme. Decidí ejercitarme de 6:00 a 6:30 de la mañana, esa sería la primera actividad de cada día. Aquello implicaba levantarme  45 minutos antes de la hora acostumbrada. El plan estaba hecho, ya solo faltaba llevarlo a cabo.

“Disciplina es hacer lo que tengo que hacer, aunque no quiera”.  Me propuse salir a caminar y correr durante 21 días seguidos.  Sobra decir que cada mañana desde el primer día, ha sido un reto inmenso salir de la cama, ponerme ropa deportiva y calzarme los tenis.

Cuando completé la primera semana ya sentía que aquello era toda una hazaña. A la segunda semana mi cuerpo pedía un merecido día de descanso, mientras mi mente y mi espíritu se fortalecían librando y ganando una batalla cada día. A la tercera semana, y justo el día que cumplía 21 días haciendo ejercicio amaneció chispeando.  En otros tiempos, por menos de eso hubiera abandonado mi propósito, pero en esta ocasión, la  consciencia y la disciplina actuaron al unísono: un pequeño aguacero no me va a hacer desistir de mi propósito. Jamás en mi vida había corrido bajo la lluvia como no fuera para guarecerme.

A la fecha llevo más de 21 días consecutivos haciendo ejercicio y cuidando mi alimentación. Mi peso, mi edad metabólica y en general mis indicadores de salud son mejores que hace un mes.  Haber hecho consciencia, dedicar un tiempo específico y actuar con verdadera disciplina son 3 conceptos que me han ayudado a sentirme bien y a mejorar mi salud.

Para mí, hacer ejercicio todavía no se ha convertido en algo divertido, reconozco que lo hago porque  lo tengo que hacer,  sin embargo, mi mente y mi espíritu me han hecho ver que para alcanzar nuestras metas, algunas cosas valen la pena y valen el esfuerzo, aunque no sean de nuestro total agrado.




miércoles, 7 de mayo de 2014

Desesperación por Divertirse


“Esta desesperación por divertirse tiene sabor a decadencia.” Así lo escribe Ernesto Sábato en su libro “La Resistencia”, y comenta: “Como si habiendo perdido la capacidad para la grandeza, nos conformáramos con una comedia de regular calidad.”
 Leo a Sábato y visualizo a toda una generación de la cual soy parte, absorta en sus dispositivos móviles, haciendo la mitad de su vida en las redes sociales, con esa “Desesperación por divertirse” que nos lleva al absurdo de querer aprovechar hasta un semáforo en rojo para ver la más reciente publicación del Facebook, o a no dejar pasar la oportunidad de fotografiar a una señora mal vestida para luego publicar - “¡Cómo se le ocurre salir así!”-  y  se nos va haciendo costumbre ir por la vida y por el cyber espacio sintiéndonos con el derecho de juzgar a los demás.
¿Será acaso que perdimos la capacidad para divertirnos a partir de nosotros mismos y ahora toda la diversión nos tiene que venir de fuera?, ¿Será que ahora disfrutamos como nunca antes de entrometernos en las vidas de quienes hacen públicos los aspectos que antes eran privados? ¿O será la reacción natural a lo que provocan quienes se exhiben sin pudor alguno? ¿O será que ante un vacío interior nos conformamos con ver publicaciones, aun huecas de contenido; cual animales en cautiverio, que ante la incapacidad de poder escoger su alimento se conforma con lo que le avientan?
¿Y qué hay del morbo?  Antaño sólo las ferias de pueblo y los burdeles controlaban el negocio del morbo. - ¡Venga a conocer a la mujer serpiente!, -  ¡Vea un chivo con tres cabezas! -   Ahora es común que en tu dispositivo recibas de algún amigo; cual si fuera un presente, un video que dice: ¡Vea como el tiburón le arranca la pierna!, ¡Vea como queman a un perro vivo!, ¡Vea cómo le pega a su niña de 3 años!  Perdón, pero a mi esos regalos no me gustan. Considero que la difusión de ese tipo de materiales más que motivar a tener una conciencia más cívica y más humana, estimulan y promueven el morbo entre  la gente y su difusión nos vuelve más insensibles ante el dolor y el sufrimiento ajeno. 
Entiendo que para algunos resulta difícil imponerse ante la seducción de ver fotos y videos “recomendados” por nuestros amigos. Habrá quien incluso se regocije ante esa clase de materiales; que bajo mi astigmática óptica, en nada resulta edificante ni provechosa. Pero está claro, hemos aprendido a deleitarnos de una nueva forma, y debemos aceptar que en nuestro tiempo, hay gente que se vuelve insaciable puesto que ya no se sorprende con nada.
Ahora bien, nadie ha dicho que divertirse sea malo. Por el contrario, quizá debiera ser obligación de todo ser humano en un afán por ser feliz. Paradójicamente lo preocupante no resulta el deseo de diversión  per se; sino lo que menciona Sábato, que ante la desesperación por hacerlo, pareciera que nuestro estándar de calidad ha bajado tanto, que ahora nos conformamos con cualquier cosa.


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viernes, 25 de abril de 2014

Historias de la cocina I (Haciendo salsas con mi hijo)

Cuando pongo a asar tomates y chiles en el comal de la estufa, me acuerdo de mi abuelita  Maye.  Directo sobre las hornillas ponía  un par de jitomates  y 4 o 5 chiles serranos.  En el molcajete molía primero un diente de ajo con sal y después ponía los  chiles y al final los jitomates cuando estaban totalmente asados.  Esa fue la primera salsa que aprendí a preparar.
Hoy preparé varias salsas. Lo que más me gustó fue que mi hijo me ayudó en todo el proceso.
Pocas cosas disfruto tanto como compartir con mis hijos lo que me gusta y enseñarles para  que también lo sepan hacer. A mi me encanta cocinar, y desde muy pequeños, los hijos aprenden a imitar todo lo que hacemos.
-          Hijo, me ayudas a hacer unos chilaquiles, necesito ayuda porque voy a preparar 4 salsas, ¿quieres aprender?
-          ¡Si!  - contesta entusiasmado porque me va a ayudar a cocinar.
Lavamos chiles serranos, chiles habanero y  jitomates y los pusimos sobre el comal. Como mi hijo es pequeño lo debo ir guiando en todo el proceso.
-          Lávate las manos, Pablo, es lo primero que hace todo cocinero.
-          Las traigo limpias... – me dice como pensando “A ver si pega…”
-          Andabas jugando en el suelo, si me vas a ayudar te las tienes que lavar.
De mala gana pero accede.
-          Saca unos limones del refri…
-          ¿Cuántos? – me pregunta.
-          Algunos…
-          ¿Algunos?
-          Unos 5 o 6…
-          ¿5, o 6?
-          6, pues.

Aquí me viene a la mente que mi hijo en ese detalle salió a su madre, requieren cantidades, pesos y medidas de cada ingrediente.
-          Parte los limones y quítales  las semillas.
-          ¿Para qué son?
-          Vamos a hacer 4 salsas distintas y una de ellas lleva limón.
Mientras tanto yo volteaba tomates y chiles que se iban asando procurando que se pusieran negros  lo más parejo posible.
-          ¿Te ayudo a voltearlos?
-          Cuando termines con los limones… pero así no, espera…  los limones se parten al otro lado…
-          Está bien, yo puedo solo.
Con el resto de ingredientes asados, continuamos la labor.
-          Ya acabé con los limones
-          Ahora los vas a exprimir y todo el jugo debe caer en este recipiente ,  “Adentro”
-          Si, ya lo se…
La primera salsa que haremos es de puro tomate, así que esa es especial para ti que no comes tanto chile.
-          Ayúdame a poner los tomates en la licuadora.
-          ¿cuántos? – me pregunta preocupado por seguir correctamente las instrucciones.
-          4
-          Le ponemos un poco de agua y tantitos polvos mágicos (knor tomate) …
-          ¿La puedo encender?, me dice con el dedo en el botón de la licuadora…
-          ¡No!… Espérate a que le ponga la tapa,
-          ¿Es peligroso hacerlo sin la tapa?
-          Muy peligroso… tu mamá nos puede matar a los dos.
-          Ahora si, enciéndela y cuando la enciendas cuentas hasta 3 y la apagas
-          ¿Por qué?
-          Porque así queda más rica, para que no se licúe tanto, listo ¡Enciéndela! (uno, dos, tres) listo ya, ¡Apágala!
-          ¿y ahora?
-          Ahora picamos cebolla
-          ¿Te puedo ayudar?
-          No
-          Pero ya se partir limones,
-          Pero cebolla no, hasta que tengas 8 años.  Además ya la tenía picada, la vamos a poner a freír con aceite y cuando esté suave le vamos a verter la mezcla de la licuadora.
-          ¿Y los limones?
-          Esos son para otra salsa.

Mientras esto ocurría el resto de los chiles y tomates se ponían cada vez más negros en el comal.

-          Ahora si, ya está la cebolla lista, le vertemos lo que licuamos y lo dejamos a que hierba un poquito, y ya, tendremos una riquísima salsa para hacer tus chilaquiles.
-          Ahora la otra…  en la licuadora ponemos los chiles habaneros.
-          ¿Cuántos?
-          Todos…  (una salsa picante, pero comible puede hacerse con el mismo número de chiles que de tomates) ponlos en la licuadora, le ponemos un poquito de agua y más polvos mágicos… tantita sal  y ¿qué nos falta? -  Le pregunto antes de que se le ocurra encender la licuadora destapada.
-          La Tapa
-          Exacto, la tapa,   ahora  ¡Enciéndela¡ (uno, dos, tres)   y listo… apágala.
-          ¿Por qué no te gusta que quede tan licuada?
-          Para que parezca que la hicimos en un molcajete
-          Esta ya está lista, ahora vamos por la siguiente
-          Ya llevamos 2, la que no pica y la que pica mucho… ¿y los limones?
-          ¿ya terminaste de exprimirlos?
-          No,
-          Pues ándale… - lo apuro para que termine.
-          Es que me distraes mucho papá…
-          Vamos a poner los últimos tomates en la licuadora, y ahora los chiles serranos
-          ¿todos?
-          No, solo la  mitad (8), la otra mitad, los vamos a usar para la última salsa.
-          ¿También le vamos a poner polvos mágicos?
-          Si pero ahora de los amarillos (Knor suiza) y un chorrito de agua para que se disuelva (preferentemente caliente)
-          Y la tapa
-          Claro y la tapa, y ahora si, Enciéndela… (uno, dos, tres) y listo, la apagas.  Ya tenemos 3 salsas, solo nos falta una.
-          La de los limones….
-          Claro, ya está el jugo, me dice orgulloso de haber hecho correctamente su tarea.
-          Ya, bueno, le ponemos tantita salsa de soya.  Y los chiles serranos que nos quedaron en el comal, los vamos a picar en rebanaditas y los echamos en el jugo del limón y les ponemos un poquito de sal en grano.  Esta salas ya está terminada, pero todavía no está lista, la tenemos que dejar cuando menos una hora macerando para que sepa mejor.
-          Bien, hijo, pues me ayudaste muy bien,
-          Ahora si tenemos  4 salsas, una que no pica y tres que si pican, ya estamos listos para preparar cualquier platillo, ¿Qué quieres que te haga de desayunar?
-          Un cereal…
-          ¿Un qué?
-          Un cereal con leche…
-          ¿no quieres unos chilaquiles con queso, crema y bañados con la salsa que hicimos?
-          No, quiero un cereal y un yakult.
-          ¿Cuándo menos dime si te gustó hacer salsas conmigo?
-          Si,  si me gustó, ¿Por qué lo preguntas, papá?

-          Nomás, hijo, nomás…  

miércoles, 5 de marzo de 2014

EL SOUNDTRACK DE MIS 40 AÑOS

Mis primeros recuerdos musicales se remontan a las tardes de domingo cuando yo tenía 4 o 5 años. El paseo obligado era de Ramos Arizpe a Saltillo y de regreso, paseaba con mis papás en el asiento trasero de un Maverick modelo setenta y tantos; sin cinturón de seguridad ni silla especial para menores de 30kg. Escuchábamos “La hora de Cri-Cri” que transmitía la XESJ de 5 a 6 de la tarde patrocinada por  la zapatería “Las tres B”. Ahí estaban el ratón vaquero, el ropero de la abuelita, todos los animales caminando hacia la escuela, las vocales, las canicas bajando por la escalera “tutiplén”,  la araña del barril desvencijado y todos los demás. 

Años después, siendo todavía niño, aparecieron grupos infantiles de México y de España que marcaron a todos los nacidos a principios de los 70´s. La Banda Timbiriche, Parchís y Enrique y Ana fueron los principales, y con ellos llegaron “El Gato Rocanrolero”, “Hoy Tengo que Decirte, Papá”, “Ganador”, “Hola, Amigos”, “El Disco Chino”, “Amigo Felix”, “Las Tablas de Multiplicar” y varios más.

Los años pasaron y en mi condición de hermano menor crecí escuchando la música de mis hermanos que ya rozaban la adolescencia. Gracias a esto y a un tocadiscos que había en la casa, a muy temprana edad, conocí por mi hermano los corridos de caballos como “El Cantador”, “El Caballo Blanco”, “El Moro de Cumpas”, “El Alazán Lucero”... Y por mis románticas hermanas,  la trova de los españoles Joan Manuel Serrat y el grupo Mocedades, que junto con otros más estaban haciendo sus primeras entradas a nuestro país.  Aquí llegaron “Tómame o Déjame”, “Eres Tu”, “Cantares”, “El Vendedor”, “Cinco Canas Más”, “Búscame”, “La Otra España”, etc. Más que canciones, fueron poemas que memoricé sin darme cuenta y que todavía recuerdo y disfruto cantar.  

Seguí creciendo hasta que me alcanzó la juventud, lo mejor de todo fue que Timbiriche creció junto conmigo, por supuesto que  a Sasha,  a Paulina, a Thalía y a Edith Márquez,  las empecé a ver con otros ojos. Las tardeadas y las fiestas de XV años comenzaron a despertar sentimientos de amor y desamor que hasta aquella época desconocía. Aquí comencé a entender mejor la música Pop, ya que no sólo me gustaba, sino que sus historias ahora significaban algo para mí.  Cantantes como Emmanuel, Mijares, Miguel Bosé y Yuri, el grupo Maná, Alejandro Sanz, y Alejandra Guzmán, por mencionar algunos, fueron dejando su huella en mi memoria.

Después me fui a la universidad y este movimiento me sirvió también para abrir mi gusto musical a otros géneros. Me convertí en asistente asiduo a conciertos y recitales de música clásica. Viene a mi mente noches de concierto en diferentes auditorios y teatros. Pocas obras me subliman tanto como el Canon en Re mayor de Pachelbel,  o la oda a la alegría de la 9ª Sinfonía de Beethoven, y por supuesto que de la mano con ellas me encanta el virtuosismo de Mozart, la fuerza de Wagner, la ligereza de Vivaldi, la magnificencia de Tchaikovsky, en fin. No acabaría nunca.

Luego incursioné en el teatro y se abrió para mí un mundo que apenas conocía, la comedia Musical, fue tal su fuerza que me atrapó. Desde entonces hasta la fecha disfruto la música de este género, lo mismo por el placer de escucharla como por haber tenido el privilegio de cantar varias de estas canciones en diversos foros. Aquí no pueden faltar los temas de  Andrew Lloyd Webber como “Memory” de Cats, “All I ask of you”, del Fantasma de la Ópera,  “No se cómo amarlo” de Jesucristo Superestrella, ni temas emblemáticos de otros autores como “Si yo fuera rico” de Violinista en el Tejado, o “Un día más” de Los Miserables.

Pero en la universidad no todo era estudio ni instrucción, había que entender el pensamiento del ser humano en toda su diversidad, y para eso no hay mejor lugar que una peña.  Así que me volví cliente frecuente de este tipo de lugares donde uno fácilmente se topa con algún poeta extraviado, o con algún melancólico contador de historias buscando quién lo escuche. Ahí acudíamos a tomar vino y a escuchar canciones de Pablo Milanés, de Silvio Rodríguez, de Luis Eduardo Aute, de Joaquín Sabina y varios más, conocí artistas como Mercedes Sosa o Francisco Céspedes y mi relación con el género se volvió indisoluble. De aquí “El Unicornio Azul”, “El Breve Espacio”, “Gracias a la Vida”, “Peor para el Sol”, “Las 4:10”, “Oh, Melancolía”, “Rabo de Nube”…

También reconozco que en algún momento retomé el gusto por las canciones antiguas, más propias de la época de mis padres que de la mía, pero comprobé que gracias a su calidad musical seguían tan vigentes como cuando fueron estrenos. De ahí vienen canciones de María Grever, de Agustín Lara, de Armando Manzanero, que en las voces como la de Eugenia León, me siguen cautivando y transportando. Canciones como “Un solo beso”, “Como yo te amé”, “Contigo aprendí” o “Cuando vuelva a tu lado” me evocan una época que no me tocó vivir pero que añoro como si mi alma en verdad la hubiera conocido. Aquí los temas “A Mi Manera” y “As time goes by” (de la película Casablanca) se han convertido para mí más que en canciones, en himnos.

Ahora me doy cuenta que toda la música tiene su tiempo y su lugar.  Actualmente mis hijos están descubriendo sus primeros gustos musicales. Me gusta compartirles un poco de mis gustos y aprender un poco de los suyos.  Ellos han aprendido a disfrutar la música de Cri-Crí, y las bandas sonoras de las películas de Disney que personalmente me parece extraordinaria, pero también disfrutan la música de Kiss, de Aerosmith, de Black Eyed Peas, y hasta de Moderato y One Direction.  Creo que más que descubrir sus propios gustos están siendo influenciados por un papá clásico y conservador y una mamá moderna y rockera. Así les tocó vivir y algo bueno habrán de sacar de eso.

Después de este recuento de canciones, de esta antología musical que de una u otra forma ha marcado mi vida, entiendo porque mi amigo Pepe me llama “Alma Vieja”. Creo que ha sido el primero en descubrir que si bien mi cuerpo cumple apenas 40 inviernos, mi vieja alma tiene algunos años más.




viernes, 28 de febrero de 2014

LEJOS DE MAMÁ.

Cuando salí de casa por primera vez, pensé que lo peor que me podía pasar era que jamás regresara. Luego me di cuenta de que me podían pasar cosas peores, pero en aquel momento lo que más me aterraba era la idea de no volver a ver a mi madre. Con el tiempo aprendí a ir y a volver, y conforme me fui alejando cada vez más, descubrí que de cada viaje que hacía, regresaba con más gusto.

-Me hablas cuando llegues para saber que llegaste bien.- Siempre ha sido; de mi madre, su única petición.

Ella que siempre ha tenido el derecho de pedirme lo que quiera, jamás me ha pedido más.

Cuando ingresé a la universidad, me fui a vivir a otra ciudad. Ahí me di cuenta que sabía cocinar, planchar, pegar botones, zurcir calcetines y mantener mi cuarto más o menos limpio y ordenado, no supe cómo ni cuándo, pero estoy seguro que lo aprendí de ella.

Cuando alguien me pidió que lo escuchara, lo hice sin juzgar ni traicionar la confianza. Eso también lo aprendí de mi mamá.

Cuando tuve que consolar a alguien, también supe como hacerlo. Ella me lo enseño con su propio ejemplo.

Cada vez que fui a una casa ajena, supe que no podía llegar con las manos vacías, y eso también lo aprendí de ella.

Cuando he tenido que ser prudente y guardar silencio, el ejemplo de mi madre también ha estado ahí.

Cuando debo ser detallista, pienso en lo que ella haría si estuviera en mi lugar y aunque he querido ser igual, reconozco que eso no es fácil de aprender.

Cuando he tenido que cuidar algún enfermo, tampoco me cuesta trabajo, pues cuando fue necesario tuve el mejor ejemplo en casa.

Cuando llegó el momento de enamorarme, supe que sabía valorar a la mujer. Y también lo aprendí de ella, porque ella fue la primera mujer a la que aprendí a amar y a respetar.

Ahora que estoy al pendiente de mis hijos, mi mamá está presente en cada día, y cuando menos lo pienso sale por mi boca: - Ponte a hacer la tarea, vente a comer, recoge tus cosas, apaga la tele si no la vas a ver, me da frío "nomás" de verte… ponte un suéter.

Cuando he sido anfitrión en mi casa, me gusta servir y agasajar a mis invitados, me gusta hacerlos sentir como en su propia casa, y eso también lo aprendí de ella: - ¿Te sirvo más guisado?, ¿Quieres un café?, aquí tengo cajeta ¿Quieres?, Bueno ¿un plátano?, bueno llévatelos para el camino, ¿Te sientes mal?, ¿Quieres una ranitidina?...

Con tanto tiempo viviendo lejos de mis padres, lejos de mi casa, es decir, de mi primera casa, me doy cuenta de algo: Si acaso, algunas veces he sido yo quien ha estado lejos de mi madre, pero ella jamás ha estado lejos de mí.


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