miércoles, 11 de abril de 2012

Vacaciones en casa, agotadoras, pero hermosas.

Vacaciones en casa, agotadoras, pero hermosas.

No acostumbramos salir de vacaciones durante la Semana Santa. Los sitios turísticos suelen estar atiborrados, así como los restaurantes, hoteles y balnearios, y como en mi familia somos refractarios a las aglomeraciones, decidimos disfrutar de la hermosa Guadalajara, que durante ese período vacacional, lució todavía mejor.

Mis días comenzaban alrededor de las 7:30 de la mañana. Mi papá sabiamente me habría recomendado – No tiene caso hacer pendejadas tan temprano - y tiene razón, sin embargo no era por iniciativa propia abrir los ojos con el alba, sino que mi hijo de 4 años suele demandar atención desde esa hora.
-          Papá, ¿Me das leche?
Y yo que estaba programado mentalmente para despertarme un poquito más tarde, a esa  hora no distinguía si en verdad alguien me hablaba o aquella voz provenía de un sueño.  Como es natural, hice caso omiso a la demanda.  Ah, pero si hay algo que los hijos no perdonan es que los ignoren.

-          Pa – páaaa, -  me insiste poniendo su cara a medio centímetro de la mía. Siento su aliento.

-          Maaandeee – dije arrastrando la voz y todavía sin abrir los ojos. Con el temor de que al abrirlos, por allí se me escapara el poco sueño que me quedaba.

-          Quiero leche.

-          Es muy temprano, hijo, espérate un poquito…

-          Es que tengo mucha sed

-          Pues sírvete tantita agua…

Y aquí el puchero y las palabras pujadas, comienza a tomar forma en la base de la garganta

-          Eees que quieeero leeeeche…

-          Ándale pues.
Levantarte a preparar una leche, antes de las 8:00am implica que no puedas volver a pegar los ojos. Porque con el timbre del horno de microondas, o con la puerta del refrigerador, se despierta mi otro angelito de 6 años y con eso tengo para el resto de día.

-          Papá, ¿podemos prender la tele?  - me dice mi niña.

-          Si, pero bajito porque me quiero volver a dormir – lo dices con la esperanza de volver a la cama; sino a dormir, cuando menos a retomar el libro que deje a medias hace un par de días.  Y antes de que el otro becerrito se termine el vasote de leche, que ganas no me faltan de preparárselo con atole.

-          Ay, papá, acompáñame a ver una película

-          No hijita, es muy temprano.

-          Nada más le haces caso a mi hermano y a mí no – me lo dice con una voz que casi parece de sufrimiento por abandono.

-          Ándale pues, ¿qué vamos a ver?

-           “La Sirenita”

-          ¡¿OTRA VEZ?!

-          Está bien bonita, y hace mucho que no la vemos

-          Si, pero la hemos visto como treinta veces.

-          Porfi… porfis… porfis…

Y así comienza tu primer día de vacaciones cuando todavía no son las ocho de la mañana, ya estás viendo “La Sirenita” por enésima vez, con todo y su pescadito amarillo que no entiendo cómo le hace para hablar y respirar fuera del agua, pero en fin.

Con cinco minutos de película, sentí que los párpados se me cerraban  y comencé  a ver todo borroso. En virtud de que mi hija no se percataba de mi somnolencia, quise aprovechar para dormitar otro rato, y justo cuando el sueño me estaba venciendo llegó mi pequeño vástago como becerro recién amamantado.
-          Papá, ya me acabé la leche, ¿me prestas tu teléfono para jugar?

-          No.

-          ¿Por qué no?

-          Porque no, es muy temprano para que estés jugando con el teléfono.

-          Ya sé, - comenta emocionado - ¿Entonces me acompañas a jugar con mis carritos…?

-          Olvídalo, agarra el teléfono…

Hace mutis con una pícara sonrisa en los labios, sabedor de que logró lo que quería y se desaparece un buen rato, generalmente hasta que el teléfono se queda sin pila.

                En ese tenor transcurre una buena parte de la mañana:

-          Papá ¿jugamos con el wii?  - me dice mi hijo, cuando ve que al teléfono casi le sale humo.

-          No.

-          Mi hermana ya vio mucho la tele, ahora sigo yo.

-          Tienes razón. Hija, sigue tu hermano de ver la tele, préstasela… y yo mientras voy a retomar mi libro.

-          Está bien, - dice mi hija – Papá, ¿vas a leer?

-          Si

-          ¿Me lees un cuento?

-          No, quiero leer mi novela…

-          Es que te vas a tardar mucho, ¿Qué te parece si mejor pintamos?

-          Ándale pues… pintemos.

Y así transcurre otro rato del día, mientras mi libro sigue esperándome en el buró. Terminamos de comer en familia y cuando pasa por mi mente la disyuntiva entre tomar una siesta o sentarme finalmente a leer al menos un capítulo de mi novela, mi hijo tiene una brillante idea:

-          Papá, ¿jugamos dominó?

-          Hijo, eres el único niño que toma leche y juega dominó, algo no anda bien con tu desarrollo.

-          Andale, ¿si?, ¿jugamos? ¿jugamos?

-          Ándale pues… juguemos

Y así se nos pasa otro rato jugando varios juegos de mes en los que mi niño deja ver que el valor de la honestidad, apenas lo está aprendiendo

-          Pablo, eso que hiciste es trampa.

-          Nooo – contesta más que sorprendido, extrañado de la acusación.

-          Claro que si, ya perdiste.

-          No, en este juego no se vale perder – argumenta contundentemente en su defensa y me deja sin palabras, pensando en lo que dijo:  “en este juego no se vale perder”

-          Mejor dejemos los juegos de mesa por la paz y váyanse a ver la tele – los conmino con el ánimo de volver a mi anhelada lectura.

-          No, papá, - dice mi niña luciendo el rostro de quien acaba de tener una gran idea - Mejor vamos al parque y sacamos a pasear a Tina… (refiriéndose a nuestra perrita, no confundir con la chica de la limpieza quien a pesar de llevar el mismo nombre que nuestra mascota, no requiere que la saquemos a pasear).

-          Hijita, son las cuatro de la tarde, el sol cae a plomo, hace muchísimo calor…

-          Porfis… porfis… porfis…

-          Ándale pues, saquen cachuchas para todos –  y allá vamos al parque.

Ya cayendo la noche, les pido a mis hijos un momento de descanso que a leguas se ve que ellos también lo necesitan.

-          Papá, ¿tienes ganas de leer?

-          Si, hijita, desde en la mañana… por eso necesito que ya se vayan a dormir.

-          Ya sé, papá ¿Por qué no te vas al cuarto con nosotros y nos lees un cuento?

Dócilmente prefiero aceptar la propuesta que iniciar una confrontación.  Y así nos vamos hasta que caen rendidos en brazos de Morfeo. Finalmente me retiro a mi habitación donde también encuentro rendida a mi linda esposa.

-          Ya me voy a dormir – le digo con los párpados a media asta.

-          ¿Qué no ibas a leer? ¿no que estabas tan picado con la novela?

Volteo al buró y ahí está esperándome una emocionante historia. La tomo en mis manos, la sopeso en todo lo que representa y la vuelvo a dejar sobre el buró.

-          Si estoy picado con la historia, pero sabes una cosa, ya habrá tiempo de leer, porque la novela aquí la voy a tener siempre, y a mis hijos no. Dentro de 2 o 3 años ellos ya no van tener ganas de  jugar dominó conmigo, ni de pintar, ni de ir al parque, ni de jugar a los carritos, quizá ni de ver la tele juntos, así que si no los aprovecho ahora, cuando eso pase, me voy a arrepentir enormemente de haber leído tanto.

miércoles, 4 de abril de 2012

En sus marcas… listos… ¡FUERA!

Comienzan las campañas para la carrera presidencial, comienza la Semana Santa y comienzan las vacaciones. Pasearse por nuestro país en estos días es altamente excitante, por ejemplo si visitas una playa deberás estar dispuesto a ir por la carretera a vuelta de rueda. Tan pronto como tomes una avenida que te saque de la ciudad, te darás cuenta de que no fuiste el único al que se le ocurrió salir de vacaciones.

Si logras llegar a la playa, notarás que aquello parece un centro comercial en un sábado por la tarde. Si entre tus planes estaba previsto el descanso, será en este momento cuando pienses:  -¿Por qué no nos quedamos en la casa?, Ya estaríamos viendo películas… - pero no dices nada, porque no quiere que nadie descubra que estás arrepentido.

De pronto tu niño te pregunta: - Papá, ¿Por qué esta playa no tiene arena? -  y tu resignado le respondes: – Si tiene hijo, pero está debajo de la gente.

Conforme te acercas a la playa y no encuentras lugar disponible, decides que es mejor ir a una alberca. La primera dificultad es encontrar la alberca y una vez que lo haces, descubres que tampoco fuiste el único al que se le ocurrió.

Después de un rato logras apropiarte de una silla o camastro donde pretenderá descansar la familia entera, encimados o por turnos.  No acabarás de acomodarte cuando pasará alguien ofreciéndote cocteles de mariscos, tejerte trenzas, venderte pulseras de colores o darte una vuelta trepado en la banana o en el paracaídas. Así serán los dos o tres días que estés ahí.

Si por el contrario decidiste quedarte en la ciudad y aprovechar los días santos para visitar algún templo seguramente te tocará ver una representación del  “Vía crucis” en vivo, habiendo iniciado con el lavatorio de pies, el juicio del Mesías, y finalmente latigazos, corona de espinas, fariseos y romanos al por mayor. Morbosidad  y por momentos fanatismo garantizados.  

Ahora que si las playas están llenas, los templos lo están todavía más, pero a diferencia de las playas estos no están al aire libre, así que no esperen que al entrar huela a lavanda. Más bien concéntrate en el objetivo de tu visita y no te distraigas con todo lo que puedes ver en el interior, ya que podrás encontrar gente haciendo penitencia, avanzando de rodillas hasta el altar, flagelándose la espalda, cargando fardos con espinas y  rezando rosarios. Fuera de los templos, el ambiente es muy distinto, pues la gente aprovecha los tumultos para poner a la venta todo tipo de antojitos mexicanos.

Mientras estos dos contrastantes fenómenos ocurren en nuestro país, los candidatos a la presidencia de la república están haciendo lo posible por robar cámara y micrófono en todos lados, tan pronto dijeron “Arrancan” y ahora los vemos hasta en la sopa. Lo que me llama la atención es que se sobrevaloran tanto a sí mismos, que pareciera que los cuatro son lo máximo (según ellos mismos claro está)  si los juntáramos y los hiciéramos trabajar en equipo, podríamos tener la versión mexicana de los cuatro fantásticos, pero creo que eso también es imposible, porque si le preguntas a cualquiera de ellos por los otros tres te dirán que ninguno los merece. De momento lo que más ha salido a relucir, es que tenemos un candidato reciclado que promueve un amor a toda costa. Tenemos también a una señora que por momentos pareciera que se quiere convertir en la mamá de todos los mexicanos. Hay otro candidato que se siente un cromo de lo bonito  que está y por último a un señor cuya fisonomía  me recuerda a los personajes de Andrés Bustamante.  Todos ellos en pleno uso de sus derechos haciendo su luchita por ganar la confianza de la gente.  ¿Quién tendrá las mejores propuestas?,  ¿Será que las tienen?  O ¿Será que ante el bombardeo de publicidad ya ni les ponemos atención?, ¿Qué tal papel están haciendo los medios de comunicación?...  muchas respuestas todavía en el aire, pero no deben ser por ahora motivo de agobio.

Ahora que si está usted de viaje en nuestro país y no quiere ir ni a playas ni a templos aquí le tengo otra alternativa: visite alguna de las grandes ciudades como México, Guadalajara o Monterrey, ya que por estas fechas el flujo vehicular disminuye tanto que el asfalto de las calles se pueden ver, y los autos pueden circular a más de 40km/h.   Ahora que si lo que quiere es convivir con gente oriunda de estas tres ciudades, tendrá que irlas a buscar respectivamente a Acapulco, a Vallarta o a McAllen (con su variable de la isla del Padre).

¿Tiene ganas de probar un buen corte de carne? No tendrá problema en encontrar un restaurante donde se lo vendan a pesar de la vigilia, seguramente mientras se la sirven el mesero le dirá que el infierno no existe y el purgatorio menos. Ahora que si lo que quiere comer son pescados y mariscos, tendrá que esperar por horas a que le asignen una mesa. No se sorprenda si el servicio es malo, seguramente el mesero le dirá: - Es que no nos damos abasto, jefecito, pero si viene en dos semanas, ya verá que bien lo vamos a atender.

Bello mi país, bella su gente. Un saludo enorme desde mi México, a todos aquellos que leen esta columna allende nuestras fronteras. Me emociona pensar que ojos de Centro y Sudamérica estén semanalmente pendientes de esta publicación. Un abrazo sincero a los lectores que desde España me siguen semanalmente y sobre todo a quienes viviendo en un país con un idioma distinto al español, están pendientes “como cada jueves”  Saludos especialmente a quienes me leen en Estados Unidos, Canadá, Rusia, Austria, Inglaterra, Alemania, Irlanda, Bélgica e Indonesia, quiero imaginar que el idioma nos acerca y nos recuerda que paisanos en tierra de extraños, somos como hermanos. Aquí nos vemos la próxima semana “como cada jueves” 

Twitter:  manuelhgil


jueves, 29 de marzo de 2012

El sembrador, cosecha lo que sembró

Apenas comenzaba a rasurarme cuando mi hija de seis años entró al baño:
- Papá, ¿te puedo hacer una pregunta?
- Si
- ¿Verdad que cuando alguien hace una promesa la tiene que cumplir?
Me quedé pasmado con el rastrillo en la mano tratando de imaginar qué pensamientos había  a las siete y cuarto de la mañana  en la mente de mi pequeña,  que la llevasen a lanzarme una pregunta de semejante calibre
-          Por supuesto, hija, cuando alguien hace una promesa, debe de cumplirla.
-          Ya sabía, papá, gracias. – lo dijo mostrando una sonrisa chimuela y haciendo mutis.  
¿Cómo es que ya lo sabía?, ¿Cuándo  lo aprendió?,  ¿Qué fue lo que la hizo dudar?  De una cosa si estaba seguro, mi hija entendía el concepto de “Promesa”, entendía también lo que significa  “Cumplir” y por supuesto, entendía  la relación que existe entre ambos conceptos.
Esta simple diálogo con mi hija, me hizo considerar  que por momentos se nos olvida que en nuestra cotidiana forma de vivir, vamos sembrando semillas en todos los campos a nuestro alrededor, donde con el tiempo vemos que los frutos que nos da la vida, no son, sino el resultado de aquello que sembramos tiempo atrás.
Un psicólogo hace tiempo, en una reunión de padres de familia nos explicaba que la inocencia, es esa condición que existe en los niños, que les hace creer  todo aquello que les decimos.  Muy cuidadosos debemos ser los padres en esta etapa de su vida, ya que nuestras palabras, pero sobre todo nuestros actos quedan insertos en su mente como semillas en la tierra  que algún día veremos  germinar.  Se imaginan el peso tan grande que tiene en un niño, las palabras y actos de papá  y de mamá en virtud de lo que estas figuras representan para él, y de lo frágil que es a su corta edad su estructura emocional y mental.
“Vivimos en la era del pensamiento débil” dice David Noel Ramírez Padilla en uno de sus libros.  Una  era en la que queremos todos los mensajes masticados, que no nos demande tener que pensarlos ni meditarlos, que no sea necesario procesar o decodificar aquello que nos quieren decir.  Sin embargo, devaluamos la importancia de meditar temas  que dan sentido a nuestra vida y preferimos navegar cual navíos al garete en vez de definir un destino y navegar en esa dirección.
Hace unos días estuvo de visita en nuestro país, el Papa Benedicto XVI, su recibimiento se dio en un ambiente de júbilo y esperanza.  Para mí la incógnita no era lo que el Papa iba a recibir de los mexicanos, eso era fácil de adivinar:  Miles de personas esperando para verlo, vallas humanas de varios kilómetros por donde iba a pasar, porras, gritos, bailables y canciones, serenatas con mariachi, mañanitas para despertarlo y obsequios propios de la cultura mexicana. Todo eso hubo hasta para llevar.
Sin embargo lo que a mí me interesaba, era conocer lo que el Papa traía para nosotros. Cuáles eran los mensajes que nos iba a dar al pueblo de México y cómo iba a reaccionar el pueblo ante aquellos mensajes.  
Las palabras del Papa fueron sencillas y a la vez profundas, claras y concisas pero cargadas de esencia que enaltecen al ser humano.
El Papa dijo ser un peregrino de la fe, la esperanza y la caridad.
Nos habló de no atemorizarnos ante la maldad.   
Nos dijo que había que vivir  la esperanza en Dios con una convicción profunda, convirtiéndola en una actitud de corazón, en un compromiso concreto de caminar juntos hacia un camino mejor.
Nos pidió que dejemos que el amor de Cristo cambie nuestro corazón, para que entonces nosotros podamos cambiar al mundo.
Nos habló del  secreto de la auténtica felicidad, ese en el que nos aliamos todos los hombres y que es el anhelo presente en el corazón de todos los pueblos, la paz.
Nos habló de que la maldad no se combate con maldad.
Nos pidió que cada uno nos transformemos en sembrador y mensajero de la paz.
Nos recordó que no hay edad para amar y para servir
Nos  invitó a rezar en casa, para experimentarán la alegría de hablar con Dios en familia
Estas y más frases como estas, son frases de las cuales se puede reflexionar, profundizar, compartir y escuchar otros puntos de vista, y ser fuente inspiradora que no tienen más fin que sembrar semillas en el corazón de quienes lo escuchamos.
Pareciera que el Papa con sus mensajes va lanzando las semillas al vuelo sobre un campo de cultivo. Así lo dijo un buen amigo, y la imagen se quedo grabada en mi pensamiento.
En la misa dominical, el Papa nos habló de que la semilla para dar fruto primero tiene que morir para luego renacer a la vida.  Es fácil poder decir cuántas semillas tiene una fruta, pero cuando la semilla muere y vuelve a nacer, nadie puede decir cuántas frutas saldrán de aquella semilla germinada.
Todos somos sembradores, todos tenemos campos de cultivo a nuestro alrededor, lo que crezca en ellos, será el resultado de nuestra siembra y nuestro cuidado.   Quizá con un poco más de conciencia y disponibilidad para escuchar y reflexionar los mensajes que nos llegan de gente como él, algún día  sentiremos la satisfacción de haber sembrado la semilla correcta, esa que nos hará decir lo que Amado Nervo sabiamente escribió : “Cuando sembré rosales, coseché siempre rosas…”

jueves, 22 de marzo de 2012

La paella entre amigos, una velada inolvidable


El primer paso para preparar una paella es descorchar una botella de vino tinto y dejarla respirar.
Recientemente celebramos entre amigos el gusto inconmensurable de querernos tanto, y teniendo como sede nuestra humilde casa decidimos cocinar una paella. Platillo más ceremonioso y espectacular pocas veces se puede degustar. 
El sábado comienza la faena con una obligada visita al mercado de la ciudad, donde obtendremos las costillas de cerdo, los muslos de pollo y los vegetales que a temprana hora suelen lucir frescos, firmes y brillantes.  Pimientos rojos y verdes, cebolla y chícharo son ingredientes fundamentales en este condumio; lo mismo el ajo que el azafrán, penetrantes sabores que aportan lo mejor de sí, para llenar de sensaciones indecibles al más experimentado paladar.
Después la vuelta obligada al mercado del mar. El mejor sitio para adquirir los camarones, calamares, almejas, mejillones, y todo aquello con lo que uno quiera personalizar el guiso.
Ya en casa con los ingredientes a la mano, una copa de tinto bien servida y los amigos que desde temprano van llegando, cada uno con sendas botellas provenientes de diversas regiones vinícolas, es el preámbulo perfecto para iniciar el proceso de elaboración. No sin antes hacer sonar en el ambiente una variedad de música española que va de los churumbeles a la zarzuela, de Plácido Domingo a la Suite Española de Agustín Lara y de vez en vez para consentir a la dueña de la casa, de un éxito de Mecano a una balada de Miguel Bosé.
Mi esposa y yo compartimos el gusto por la cocina,  y bien sabemos que a la hora de preparar los alimentos no hay nada mejor que  un cuchillo profesional bien afilado. Sin embargo, mi linda esposa; que todo lo sabe y todo lo ve, posee uno de los secretos mejor guardados en el territorio nacional, sobre el método más seguro para afilar cuchillos sin que exista la menor posibilidad de resultar herido; sobre todo cuando la ingesta de debidas alcohólicas ha comenzado.  Secreto que estoy dispuesto a revelar so pena de que mi esposa me expulse de la cocina para siempre, o lo que sería peor, que se salga ella y me deje dentro.  Pues bien, el mentado secreto para afilar cuchillos sin correr peligro es el siguiente: “que lo afile otro” y con ese principio en mente me instruyó a que pusiera las herramientas al punto.
Pareciera poca cosa eso de afilar el cuchillo, pero valga decir; para quienes desconozcan el proceso de elaboración de la paella, que para preparar este guiso, es necesario picar todos los ingredientes antes de comenzar a cocinar.
-          ¿También hay que picar el arroz? – me preguntó uno de mis amigos poco asiduo a la cocina.
-          No, mi amigo, el arroz no.
-          ¿Qué no vez que ya viene picado? – dijo el otro para rematar el comentario.
-          Si es cierto, no me había fijado ¡Salud!
Otro secreto importantísimo en la elaboración de una buena paella, se lo debo a mi hermano, quien a base de empeño y dedicación, se ha vuelto prominente organizador de paellas familiares.
-          Dime, hermanote, ¿Cuál es el secreto de una buena paella?
-          El secreto de una buena paella es: que la paguen entre todos
-          Ya en serio
-          Está bien, el secreto es que la paellera esté perfectamente horizontal, para que la cocción sea uniforme. Pero de todas formas lo otro también ayuda.
Pues con todas estas consideraciones, y con la segunda botella descorchada, le echamos la bendición al cazo, y comenzamos a freír calamares, carne de cerdo y muslitos de pollo.  El aceite chisporroteaba por en cima de la paellera y casi alcanzaba a quemarme los brazos mientras bullía sonoramente. Luego llegaron la cebolla y el ajo a inundar de aromas nuestra cocina. La sal y la pimienta no se hicieron esperar, los pimientos se fueron friendo poco a poco y en un rato aquellos ingredientes estaban salteados e integrados.
Aparte hicimos un caldo de pollo y otro de camarón, donde aproveché para cocinar las almejas que una vez abiertas reservé para incorporar casi al final del proceso. Y ya para esta parte la segunda botella estaba casi expirando.
Cuando sendos caldos estuvieron listos y en hervor, los vertí dentro de la paellera con todo y su porción de azafrán. Con este caldo puse el arroz a cocer junto con casi todos los ingredientes y como es costumbre, tapamos la paellera con un paño húmedo a fin de lograr una cocción perfecta.
Minutos antes de que el arroz estuviera en su punto, agregamos los camarones, las almejas y mejillones y los chícharos para que se cocinaran con los últimos vapores emanados del fondo del recipiente, dando con ello los toques finales a la presentación del platillo.
Para esta hora la tercera o la cuarta botella de tinto estaba a la mitad y con vísperas a sucumbir. Honestamente lo mismo daba, ya  la casa entera olía a España. A cada pieza de zarzuela me daba por salir  a buscar  las castañuelas. Los vapores del tinto me hacían imposible distinguiera a Juan Lejido de Miguel Bosé.  Y La Verbena de la Paloma, igual me daba oírla con Plácido Domingo que con  Ana Torroja.
Pusimos la paella al centro de la mesa.  Juan Ruiz de Alarcón la habría descrito como la mesa que aparece en “La Verdad Sospechosa” “A lo italiano vistosa, a lo español opulenta...”.  Y la caterva de locos sentados en corro éramos como una representación del brindis del bohemio en un sábado por la tarde.
Como anfitrión de la casa convoqué a los convocados y poniéndome de pie (haciendo un esfuerzo por conservar la vertical) copa en mano les dije: Brindo por el gusto de ser  y de estar hoy aquí con ustedes.  ¡Salud!
Otro se levantó y al estilo de "Aguirre y Fierro" diría que estaba: “…Desbordante de risa y de contento, nos inundó en la luz de una mirada, sacudió su melena alborotada (es un decir, porque el susodicho está más pelón que peludo) y dijo así con inspirado acento:” ¡Brindo por la paella, que se ve que está con madre! Y comámosla porque si no, se enfría.
Otro quiso seguir el poema y dijo: “Solo faltaba un brindis, el de Arturo”
Y un tercero le contestó: “Pero como aquí nadie se llama Arturo, comamos.”
¡Qué tarde tan espléndida! Qué reunión tan entrañable, comimos y bebimos magníficas viandas, pero sobre todo, compartimos el placer de vivir y de convivir. Declamamos a Benitez Carrasco, a Juan de Dios Peza, a Antonio Machado, a Miguel Hernández hasta fragmentos del Tenorio de Zorrilla parecían hacernos sentir en la Hostería del Laurél.
Luego de muchas horas, la paella se terminó y la reunión también, todo fue un éxito, creo que los principales ingredientes no fueron los del guiso, sino los de la fiesta, es decir,  los amigos y la familia. Quiera Dios que no pase mucho tiempo sin volver a tener otra velada como esa. Mientras tanto, sirva la presente para evitar el olvido.
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miércoles, 14 de marzo de 2012

A los toros en familia


Domingo por la tarde, en lo alto brilla el sol, la plaza ya está llena, por ver al matador… Así comienza una canción de las menos conocidas de Cri-crí.  Y con esa canción en mente, nos hicimos presentes el pasado domingo en la plaza “Nuevo Progreso” de Guadalajara, a presenciar una corrida de toros.  
La fiesta brava es un acontecimiento polémico que a mí siempre me ha gustado. Mi papá diría: “Puede más el vicio que la razón”, y tiene razón,  lo cierto es que el gusto lo heredé de él y hasta la fecha lo disfruto cada vez que piso una plaza.

Con el propósito de saber si mis hijos disfrutarían de aquel espectáculo, en un par de ocasiones les había mostrado videos de corridas de toros y siempre la curiosidad los había mantenido atentos.

Pues bien, la semana pasada llegué a casa y junté a mis hijos y a mi esposa para darles el notición:  - “¿Qué creen? El domingo los voy a llevar a los toros” -  (y enmudeció el palenque).  Los tres abrieron los ojos más de lo normal y no supieron qué decir. - ¿Qué acaso no están contentos?

En eso mi hija de seis años visiblemente preocupada me dijo:

-          Papá, pero yo todavía no se torear – como suplicando que mejor los llevara al cine o a comer un helado.
Le expliqué que ninguno de nosotros iba a torear y que solamente iríamos a ver  cómo toreaban los toreros.  A pesar de que la explicación para mí era obvia, mi niña después de la explicación en verdad, respiró aliviada. 

Llegamos a la plaza y en los alrededores el ambiente ya estaba en su punto: Tortas, tacos y fritangas de todo tipo se ofrecían en venta, así como sombreros, capotes, puros y botas para vino, todo esto al tiempo que la gente caminaba, sonreía, saludaba, fumaba y se disponía a disfrutar de una emocionante tarde.
Entramos a la plaza y ocupamos nuestras localidades, ya para entonces traíamos nueces garapiñadas, cacahuates, gomitas y refrescos, agua de jamáica, papitas, etcétera.

-          ¿Y si un toro vuela y nos cuerna? – preguntó mi hija sintiéndose más vulnerable que ante la pantalla del televisor.

-          Pues si un toro vuela, será un milagro, y no te preocupes por las cornadas, porque aquí estoy yo que soy tu padre, y de algo te he de servir. Mejor escucha qué bonito toca la banda – que al ritmo de un regordete director, ya dejaba escuchar los primeros acordes de “España cañí”

Salió el primero de la tarde y comenzaron los problemas, todo fue que lo puyaran por el morrillo para que la sangre le brotara como un verdadero manantial
Mi linda esposa, que todo lo sabe y todo lo ve, volteó a verme con ojos de pistola y me preguntó

-          ¿Estás consciente de lo que nos trajiste a ver?

La verdad, yo si estaba consciente,  pero no tuve palabras que decir, así que solamente tragaba saliva.
Mi hijo de cuatro años inmediatamente detectó la emergencia:

-          Papá, al toro le está saliendo sangre, que le pongan un curita…

Mi hija por más que quería no podía cerrar ni los ojos ni la boca y mi esposa finalmente me dijo:

-          A ver ahora cómo arreglas esto. Te quiero escuchar dándoles una explicación convincente.

Definitivamente no había manera. Comimos cacahuates y nueces hasta que pasó el tercio de banderillas y llegamos a la faena, todavía el diestro no había dado cinco muletazos cuando ya estaba de nuca sobre la arena. En un inesperado cabezazo del animal el pobre torero estaba con los pies en el aire y hasta la fecha me imagino que no supo ni qué le pasó. 

Mi hija ante el percance decretó lo que yo ya suponía: 

-          Papá, mejor ya no quiero ser torera, ya se me quitaron las ganas.

-          Me parece muy bien hijita, a mi también se me quitaron desde que tenía tu edad.

Apenas salió el segundo toro cuando mi linda esposa sugirió:

-          Creo que es mejor que me vaya con los niños, esto es demasiado fuerte.

-          Pues como ustedes quieran, - les dije - si quieren vean uno más y ya… Niños, ¿se quieren ir?

-          Nooo…  -  contestaron a coro

-          “Puede más el vicio que la razón” bien lo dice mi padre.

Apenas dije eso cuando salieron los picadores en sus aletargados jamelgos. No se habían  puesto todavía en posición cuando el toro ya había prendido a uno de ellos  mandándolo de bruces a la arena con todo y caballo.

-          ¿Quién quiere papitas y refresco? -  Fue lo único que se me ocurrió al momento.

-          Yooo, - gritaron entusiasmados mis hijos.

Y comiendo golosinas y tomando refresco se entretuvieron durante toda la corrida.

Realmente la tarde fue divertida, aunque taurinamente dejó mucho que desear. El matador accidentado no volvió ni por sus tiliches, así que la tarde continuó en la modalidad de mano a mano.

El cuarto de la tarde, apenas salió al ruedo, clavó los cuernos en la arena y con el impulso que llevaba, dio una voltereta que lo hizo caer de espalda para expectación de todos.

Otro toro arremetió contra uno de los picadores de tal forma que caballo y picador se fueron de lado hasta que el primero rodó por encima del segundo. Ese picador debe haber amanecido con dolores musculares hasta en las pestañas.  Afortunadamente y para tranquilidad del respetable, el recientemente apachurrado se levantó por su propio pie, se aupó de nuevo y salió del redondel montado sobre el  que le había pasado por encima. Ignoro si se recuperó o si quedó como para ponerlo en un álbum, lo que si estoy seguro es  que un aplastón de esos, no se tiene todos los días.

La corrida en realidad no fue tan buena. Solo uno de los diestros  logró conjuntar suerte, temple, técnica, valor y mucha pasión. La gente lo ovacionamos y en honor a la verdad salió de la plaza bien aplaudido y con una oreja en la mano. A los otros dos, a más del percance que sufrió uno de ellos, pareciera que les faltó un poco de suerte y otro tanto de entrega, motivo por el cual alguien de entre el público sugirió que las orejas se las cortaran al torero y se las dieran al toro. 

Como es costumbre, la raza de sol no dejó apurar al director de la banda, pidiéndole que no dejara de tocar, y al grito de: “Tócale pinche gordo”, la banda correspondía con alegres pasodobles. Mismos que una vez terminados eran aplaudidos y agradecidos nuevamente por la turba con un sonoro: “Gracias gordo”.

Al Señor Juez, máxima autoridad en el recinto, también le dieron hasta “pa´llevar”, aplausos por sus buenos juicios y mentadas de madre por sus malas decisiones, fueron como en todas las corridas, la sal y la pimienta que manaba de las graderías.

Al terminar el sexto y último toro de la tarde mi hija me preguntó:

-          ¿En verdad este es el último?

-          Sí, mi amor.

-          Gracias a Dios, - exclamó mientras exhalaba un prolongado suspiro.  

Salí de la plaza contento de haber vivido esa experiencia con mi familia, creo que fue debut y despedida, y no me queda duda de que a la próxima me van a mandar solo. Sin embargo, ya les expliqué que lo que ahí se vivió es parte de nuestras fiestas, costumbres y tradiciones.

Finalmente pienso que lo valioso es conocer el mundo a través de experiencias propias que con el tiempo adquiere un valor incalculable, y al final del día es lo único que permanece en nuestra memoria.  

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Gracias a Miguel Hernández, por la corrección ortográfica de la semana pasada. Saludos.