viernes, 5 de enero de 2024

Al Año Nuevo le Pido…

Alusivo a la temporada de fin de año, me llegó una reflexión que supuestamente es una oración portuguesa que dice: “No le pido nada al nuevo año, solamente que no se lleve lo que tengo.” 

Me parece que la petición es genuina, pero exageradamente optimista. Si algo tenemos asegurado en esta vida, son las pérdidas. Comenzando por la pérdida de la vida misma; garantizada desde el día que nacimos, y pudiendo ser, de todo lo demás también, material o inmaterial. Pareciera que no hemos aprendido que nada de lo que tenemos, es seguro ni es para siempre.   

Aquella oración, no obstante, me hace reflexionar y buscar en mi cabeza formas de conectar con ella, y entonces pienso: Al año nuevo,  le pido que me enseñe a valorar todo lo que tengo y que sepa cuidar de ello mientras lo tenga y pueda, y a disfrutarlo consciente de que todo es prestado y por lo mismo es temporal. 

También pediría, aprender a prepararme para cuando las pérdidas lleguen, pues son parte de la vida. Claro que en algunos casos es imposible prepararse, pero en muchos otros casos es posible. 

Disfrutar lo que tenemos y cuidarlo, y comprender que los bienes, las cosas intangibles, las personas que nos rodean, la salud, y la vida misma, en cualquier momento, nuestra o de alguien más se pueden terminar. Muchas veces, la vida nos da señales, al nuevo año también le pido aprender a leerlas.  

Si bien, hay muchas cosas que no controlamos, hay muchas otras que sí, y a mí me gusta jugar con esas fichas. Con las que sí manejo, con las que sí controlo, con las que dependen de mí.  

En una posada reciente, un amigo me dijo: “Vamos a ver qué nos depara el próximo año”. – No amigo, - le contesté – yo no creo en el destino como algo ajeno, yo creo que el destino cada uno se lo va construyendo. Con sueños, proyectos y planes y luego con disciplina y constancia para trabajar en ellos y se vayan haciendo realidad. Ese es el destino en el que me gusta creer. 

Hagamos de este 2024 un año donde todos sigamos creciendo, y donde entendamos con serenidad que tanto las ganancias como las pérdidas que ocurran en el camino, son parte de la vida, de esta vida, que a pesar de tantos hechos lamentables, sigue estando llena de buenos motivos para vivir.

Correr, es como vivir.

Hay un punto de partida, un trayecto y un destino.

Empiezas con un plan en mente, una vuelta, o dos, o diez kilómetros, o un maratón.

Cuando empiezas a correr, sientes el peso de tu cuerpo y de tus pies en el camino. Sientes el piso que te soporta y el viento en la cara que a veces te acaricia y a veces te golpea, y buscas el paso, el ritmo correcto que te permita avanzar y mantenerte en el camino seguro, firme y constante.  

Avanzas y te preguntas dónde debes llevar la mirada. Acaso cercana para ver en dónde pisas, acaso a una media distancia, para ver el entorno y lo que viene más delante, o en el horizonte para soñar con aquello que tus ojos todavía no alcanzan a ver, y concluyes que no hay una sola respuesta, pues al correr como al vivir, tienes que estar atento a todo. 

Avanzas más y repasas mentalmente cada parte de tu cuerpo, ¿Cómo me siento? ¿Cómo siento mi respiración, mi pecho? ¿Me falta el aire? ¿Puedo acelerar el paso, me mantengo, disminuyo un poco la velocidad? ¿Qué me dicen mis piernas, mis tobillos, mis rodillas?, ¿Cómo siento mis brazos? ¿Qué me dice mi mente? 

Avanzo más y soy consciente de que no voy corriendo solo, en la carrera de la vida, me cruzo con otras personas que van corriendo su propia carrera, y me siento acompañado, aunque no los conozca. Con algunas personas, intercambiamos miradas, saludos o incluso palabras de ánimo. Es increíble como un “buenos días” nos conecta.

Me inspiro en los demás. Me motivan los que me rebasan a paso firme y veloz. Es fácil ver que son cuerpos más entrenados que el mío, muchas veces más jóvenes o con mejor preparación, pero eso no me detiene, su historia no es la mía, su historia es la de ellos y en gran medida la ignoro, yo los veo cuando me pasan, y trato de estudiar su ritmo, su pisada, su respiración. Luego vuelvo y me concentro en mí. Verifico mi respiración, mi paso, ajusto el ritmo y sigo avanzando. 

Me inspiro también en aquellos que alcanzo y logro rebasar, porque de ellos admiro su esfuerzo y su fortaleza para no claudicar, muchas veces son gente mayor que yo, y pienso en cuántos años y cuántos kilómetros habrán caminado, corrido y recorrido, otras veces, son personas haciendo esfuerzos descomunales, ya sea por falta de condición física, por un sobrepeso mórbido, o por alguna enfermedad o discapacidad más allá de su control, también me inspiro en ellos, les reconozco su esfuerzo, su condición y su fortaleza y sigo y vuelvo a concentrarme en mí.  

A veces siento la tentación de correr para competir, luego veo que siempre habrá gente que corra más y otros que corran menos que tú. Habrá algunos que corran caminos similares, y otros que jamás se cruzarán contigo, y por insólito que parezca, habrá muchos que correrán en sentido contrario al que corres tú. Todos están bien.

Puedes aprender de los que corren más y si quizá enseñar a los que corren menos. 

Puedes incluso parar a media carrera, hacer un alto, ya sea para descansar, ya sea para meditar, y reflexionar en lo que has avanzado o para verificar si todavía quieres seguir en la misma dirección antes de continuar. 

Correr es como vivir, pero no viceversa. 

Porque correr, es como una linda forma de vivir.

Anécdota de una navaja.

Desde hace muchos años me gustan las navajas. Me parecen bonitas y además útiles. 

He tenido varias, algunas las he comprado y otras me las han regalado.

Recuerdo la primera que compré, fue en Toledo, España. Era de marca Muela, de una sola hoja, con su seguro metálico y cacha de madera. La usé un tiempo y un mal día la perdí. Recuerdo que cuando la compré, fue en una tienda de mostrador en el centro de aquella ciudad; que Agustín Lara bautizara como “Lentejuela del Mundo”, donde el tendero; un señor regordete con bigotes largos y voz atronadora, me regañó ofendido cuando intenté regatearle el precio de la pieza. Parece que lo estoy viendo, alzando la voz y manoteando me decía que su establecimiento era muy serio y que ahí las cosas valían lo que decían y no se regateaba nada. Como en la canción de Antonio Aguilar, …nomás el recuerdo queda.

Al pasar de muchos años, mi papá me regaló otra, una Victorinox de cachas negras y herramientas varias. La conservo y la cuido con cariño especial, tanto, que la llevé a grabar con mi nombre en la hoja principal, y así es como luce hasta la fecha.  

Resulta que por trabajo viajé a Chihuahua y me llevé la navaja, la puse en la maleta que documentaría como equipaje. De ida no tuve ningún problema, pero de regreso, al llegar al aeropuerto, entregué la maleta en el mostrador de la aerolínea y me dirigí al área donde se hace la revisión de seguridad. Cuando comienzo a sacar mis pertenencias de los bolsillos para cruzar los arcos, me percaté de que traía la navaja; un objeto por demás prohibido en la sección de pasajeros y por lo tanto en riesgo de perder si la dejaba a la vista de cualquiera de los oficiales de seguridad. 

Rápidamente vuelvo a guardar mis cosas y argumento que debo regresar a la sección de mostradores. – Es que olvidé algo, oficial…

Ya en el mostrador, pedí mi maleta que acababa de entregar para guardar algo adicional. La señorita amablemente me dijo que recuperarla era imposible en aquel momento, y que si no me apuraba, además perdería el vuelo. Le expliqué que se trataba de guardar algo que no podía llevar en la cabina y que de no hacerlo, la perdería, y tan amable como insensible, me recomendó que la diera por perdida – Eso nunca, chula. – Lo pensé, pero no lo dije, solamente sonreí. 

Pensé en diferentes alternativas para no perder mi navaja. La puedo esconder en algún lugar del aeropuerto y le pido a un amigo chihuahuense que venga por ella. La meto dentro del tanque de un sanitario en el baño o debajo de un lavabo y la recojo en mi próxima visita. La entierro en una maceta o en una jardinera y la recupero después por medio de algún conocido. Me hago amigo de alguna mesera, o compro algo en alguna tienda y le pido al dependiente que me la guarde mientras alguien la recoge, o mejor aún, tomo el riesgo y paso con ella.

Llegué al área de seguridad nuevamente. Agradecí al oficial que antes me había visto regresar por la fila en sentido contrario y le dije que todo estaba en orden. Tomé la bandeja para poner mis pertenencias, saqué mi computadora de la mochila y como si no supiera, puse todo el contenido de mis bolsillos en la misma mochila haciéndo sonar ruidosamente las monedas, cartera, llaves, el cinto, lo lentes, mis plumas y la mentada navaja con el fin de que entre tantas cosas, pasara inadvertida. 

Considerando que aquello no era suficiente, puse la bandeja en la banda, saludé a la oficial que está detrás de la máquina y que le pagan por ver la pantalla de los rayos x, y justo cuando mis cosas pasaron por el visor alcé la voz cantando el conocido verso del corrido de Chihuahua que dice: “¡Qué bonito es Chihuaaahuaaa!” – y alargué la tonada lo más que pude, a lo que la señorita volteó a verme y con una sonrisa respondió - ¿Le gustó? – ¡Muchísimo! – le contesté – ¡Qué bonita tierra, qué buena comida y linda es su gente…! - todo ello sin más propósito que robarle unos segundos la atención del monitor tratando de que mi contrabando pasar desapercibido.  La chica sonrió y se sintió halagada con los piropos que le dediqué a su tierra y a su gente. Me deseó buen viaje y me dejó pasar. 

La navaja la pude conservar, nadie se dio cuenta de mi travesura y nadie salió lastimado a causa de ella. Lo que sí me queda claro es que los filtros y protocolos de seguridad de nuestros aeropuertos se rinden ante las emociones que provocan las inesperadas letras de nuestro cancionero mexicano.

miércoles, 7 de junio de 2023

LA IMPORTANCIA DE LA SEGUNDA PREGUNTA

Cuando terminé de estudiar mi carrera, regresé a vivir a mi ciudad de origen, y específicamente a la casa de mis padres. En esa época, siendo el único de los hijos que vivía con ellos, era común que cada noche fuera el último en llegar a la casa, y cuando lo hacía, comenzaba el ritual de cerrar rejas y puertas tal y como lo marcaba el protocolo al que mis papás nos habían acostumbrado. La cerradura de arriba, la de en medio, la de abajo, el pasador, el picaporte, la aldaba, el candado, la tranca, etc. (Años después mi hijo las contó y dijo que eran diecinueve cerraduras en total, en fin).

El caso es que una vez que terminaba de cerrar todo, y entraba a saludar o dar las buenas noches, mi papá invariablemente me preguntaba:
- ¿Ya cerraste?
A lo que yo respondía:
- Ya.
Y luego venía la segunda pregunta. Una pregunta que, por muchos años no entendí, pero que para mi padre era muy importante.
- ¿Cerraste bien?
y yo contestaba:
- “Sí”
Y con esta respuesta concluíamos nuestra rutinaria conversación y pasábamos a otros temas o nos íbamos a dormir. Nunca me preguntó algo distinto y tampoco yo nunca le contesté algo diferente, pero sí llegué a pensar si en algún momento mi papá esperaba que yo le respondiera que había cerrado mal… Yo pienso que con la segunda pregunta, lo que él pretendía era cerciorarse de que el hecho de “cerrar las puertas” fuera un acto consciente y no mecanizado o rutinario, pero nunca lo sabré.
Pasaron los años, y una noche justo antes de salir de mi oficina, vi de soslayo una puerta que me obligó a detenerme. La susodicha tiene dos porta candados, uno arriba y otro abajo, y además un pasador en el medio. Sin embargo, aquella noche alguien la había cerrado solamente con el pasador central y sin poner ninguno de los dos candados en su sitio.
A cualquier persona aquel detalle le pudo haber pasado desapercibido; como seguramente le pasó a quien la cerró, o a quienes la vieron y no le dieron importancia. ¿Pero a mí? ¿A mí, que durante años me interrogaron cada noche si aquella serie de puertas las había “cerrado bien”? Era imposible que me pasara inadvertido. Inmediatamente me acordé de mi papá, y lo imaginé diciéndome, - “Ves, hay gente que cierra las puertas, pero lo hace mal, ¿ahora entiendes por qué te hacía la segunda pregunta?" - Y como se podrá imaginar, no me pude ir, hasta que la cerré correctamente.
Jamás pensé que aquella rutina se convirtiera con los años en una capacitación teórica y práctica de calidad. Mi padre murió hace casi dos años, pero en aquella puerta, como en muchas otras cosas cotidianas, lo recuerdo cada noche.
Luego reparé en que aquel comportamiento de hacer las cosas, sin verificar que estén bien hechas, es más común de lo que parece, y se ha vuelto una pésima costumbre hacer las cosas “al ahí se va,” “con las patas,” “a lo loco”, o “a lo pendejo” como seguramente mi papá lo hubiera dicho.
Causas de por qué actuamos así, hay muchas: Las prisas, la falta de cuidado, el desconocimiento de los detalles, el poco interés de hacer las cosas con esmero, la mediocre costumbre de ser “mal hechos”, o el inmaduro recurso de decir “Es que no me fijé”.
Por eso, “Muerto el niño queremos tapar el pozo”, y andamos corrigiendo, retrabajando, pidiendo disculpas, o dando ridículas excusas de por qué las cosas no salieron como se esperaba que salieran.
Gracias Papá, tu ejemplo y aquellas lecciones me siguen inspirando cada día.

sábado, 18 de febrero de 2023

¿Y usted en dónde vive?

 ¿Y usted en dónde vive?

Vivo en una pésima colonia
No sé ni cómo llegué a vivir aquí. Cuando tomé la decisión, nos prometieron que aquí viviríamos tranquilos y felices, nadie nos advirtió que esta colonia es una de las peores de la ciudad.
La inseguridad es el pan de todos los días, no puedes dejar la puerta de tu casa abierta, porque no sabes qué puede pasar.
Debemos protegernos con rejas en las ventanas, alarmas y circuitos cerrados. Lo mismo pasa con los vehículos, dejarlos abiertos es algo que harás bajo tu riesgo y es probable que te lleves una desagradable sorpresa.
Los parques, jardines, y los arriates en las banquetas son un problema, nadie se hace cargo de ellos, hay gente que no cuida ni los jardines de su casa, con menor razón los públicos. Nadie los riega, nadie los poda, nadie se preocupa por el control de plagas o por poner abono, deshierbar, o reforestar, y de pensar en dar un mantenimiento mayor, ni hablamos.
¿Qué podré decir de las calles?, están llenas de baches, banquetas quebradas o levantadas por las raíces de los árboles, basura en las coladeras del drenaje pluvial, y por si fuera poco, los lotes baldíos parecen basureros, en verdad que nadie piensa en eso o a nadie le importa. Además, no tenemos barda perimetral, así que por muchos lados la vulnerabilidad y la inseguridad están presentes todo el tiempo.
Todo esto, sin hablar de los vecinos, porque esa es otra historia. Tenemos vecinos que no respetan nada, que circulan por las calles en sentido contrario, que hacen fiestas hasta altísimas horas de la noche sin importarles el escándalo que hacen ni la molestia que ocasionan, hay otros que tienen mascotas y no se hacen cargo de ellas ni de sus desechos, los sacan a pasear o simplemente les abren la puerta de la casa para que salgan a la calle y hagan lo que quieran. También están los vecinos que se entrometen en la vida de los demás, los que sólo están generando chismes o animadversión, y por supuesto los que no pagan sus cuotas de mantenimiento porque argumentan todo tipo de excusas, se quejan de todo y con nada están contentos.
Definitivamente, vivir aquí es una pesadilla.
Vivo en una excelente colonia.
Dichoso el día que nos vinimos a vivir aquí. Es una de las mejores decisiones que he tomado en la vida.
Recuerdo que tan pronto llegamos, tratamos de conocer a los vecinos, para nuestra sorpresa, nos encontramos con gente buena, amable y abierta a conocernos, quizá no somos los mejores amigos, pero hemos mantenido una relación cordial y solidaria donde nos apoyamos y sabemos mutuamente que en caso de emergencia podemos contar unos con otros.
Aquí me gusta salir a caminar, recorrer las calles y admirar el paisaje, me gusta sentir el viento fresco y el sol con sus primeros rayos. Lo mismo por las noches, las vistas de la luna y las estrellas suelen ser lindas cuando se dejan ver.
Sabemos que el fraccionamiento todavía tiene mucho por mejorar, ¿Pero acaso hay alguno perfecto? Aquí todo es mejorable, y es muy sencillo saber por qué. Porque nuestra colonia, es un lugar vivo, donde la gente entra y sale, donde vivimos y convivimos vecinos de todas las edades, desde los niños que alegran los parques y las calles con sus risas y juegos, hasta los adultos mayores que quizá con su andar más pausado recorren las calles o salen a los pórticos de sus casas para ver a la gente pasar, o aprovechan la sombra de algún árbol o la banca de algún parque para sentarse a descansar, a conversar o a contemplar y recordar la vida. Luego están los jóvenes, los que llenos de ímpetu y emociones, podemos ver corriendo o practicando algún deporte o simplemente conviviendo en grupos como lo hicimos todos en nuestra juventud, riendo y haciendo planes para cumplir sueños o enamorar a alguien. Y luego están los trabajadores, jardineros, encargados de limpieza y vigilantes, gente que quizá no vive, pero sí convive diariamente con nosotros, que de algún modo van formando parte de ese “nosotros” donde estamos todos, y por supuesto los padres y madres de familia que diariamente vemos la forma de que nuestra casa y nuestro entorno sea mejor para todos.
Aquí hay mucha gente amable, respetuosa y en la que puedes confiar. Gente que se hace cargo de sus casas, pero no evade la responsabilidad que como colono tiene con todos los demás. Gente que limpia los frentes de sus casas, que se hace cargo de sus mascotas, que apoya cuando se solicita algo extraordinario y que siempre está dispuesta a ver por el bien común.
En mi colonia, también hay tribus, y esto la vuelve muy interesante y divertida, están los corredores, ciclistas y deportistas en general, los que aman la jardinería, los músicos, los que se apasionan con los libros, los que adoran el cine y pueden hablar horas sobre el tema. Los que gustan de tomar una copita de vino o una taza de café y conversar y compartir. También están los que tienen niños chiquitos, los que aman a los animales, los que gustan de armar rompecabezas, los que hacen yoga, los que hacen parrilladas y los que venden algún producto o dan algún servicio y nos facilitan la vida con sus micro empresas.
Los parques de nuestra colonia son lindos, podemos ver variedad de plantas, árboles y aves, con algo de suerte, también podemos ver una buena cantidad de insectos y una que otra ardilla. Es muy importante fomentar y mantener la buena comunicación y coordinación entre los colonos, esto permite que las áreas comunes se conserven y se mejoren, la naturaleza hace su parte, pero nosotros debemos hacer la nuestra.
Las calles y banquetas de nuestra colonia, son variadas como en todos lados, yo me preocupo porque la nuestra esté limpia, para que todos podamos caminar de manera agradable y segura. A mí me gusta cuando los vecinos pasan por mi casa y saludan, algunos van solos, otros con sus familias o con sus mascotas, esto ayuda a refrendar los lazos, nos volvemos una comunidad fuerte y unida, y esa es la mejor forma de que nuestro fraccionamiento siga siendo lo que es.
Conocer a los vecinos, me hace sentir que vivo en un lugar seguro y acompañado, eso representa un gran valor para mí y para mi familia, y por si fuera poco, en la búsqueda, pude encontrar gente que colecciona las mismas barajitas que yo, y eso sí que es un tesoro.
Como ven, lo maravilloso de este lugar, no es solamente el lugar en sí, sino lo que los vecinos hemos hecho de él.
Nota:
Este texto no se refiere a ningún lugar en particular y, sin embargo, pudiera parecerse a muchos, Este texto sólo tiene el fin de sensibilizarnos en la importancia de conocer a nuestros vecinos para sumar fuerzas y hacer de nuestro entorno un mejor lugar para vivir.

domingo, 2 de octubre de 2022

Conozcan a David Bokeh

Se autodescribe como: Padre, fotógrafo y retocador. Alguien que pone y quita personas de cuadros (Pinturas) y adorador de “La Bicha de Balazote” (Escultura Ibérica). @DavidBokeh

Conocí su trabajo gracias a twitter, esa ágora del siglo XXI que nos pones a todos a un mismo nivel como en una misma plaza. Lo encontré por mi afición a la pintura y al arte en general, como consecuencia de seguir cuentas de artistas, museos, etc. Y de entre tanto, un buen día di con él.
Ignoro si David sería capaz de entrar a hurtadillas a un museo y robarse un cuadro, pero no lo creo, además eso es tan burdo y ordinario, que lo podría hacer casi cualquiera. David hace lo que ninguno, él es capaz de entrar a un cuadro y robarse a las personas que aparecen en él.
Parece insólito, pero es verdad. Quisiera decir que su trabajo es real, pero obviamente es virtual y tan virtual que parece real. David no toca las piezas, no las maltrata, no las profana, más bien, las explora, las estudia, las analiza y luego les dice a los protagonistas: “Todos a casa que voy a limpiar.” Y salen todos del cuadro, como si los modelos tuvieran sus horas de descanso cuando cierra el museo. ¡Vamos!, si las salas se quedan solas, ¿Por qué los cuadros no pueden quedarse también? ¿Acaso Adán y Eva nunca tienen frío o el más mínimo pudor como para envolverse en una frazada por un rato?, y la muchacha que pintó Dalí asomándose por la ventana ¿No se cansa de ver el Mediterráneo?
Aunque trataré de hacer una descripción, la obra de David se tiene que ver. Imaginemos por ahora que viajamos hasta Francia, a la ciudad Luz, entramos al museo de Louvre con la ilusión de ver a la Gioconda o Mona Lisa de Leonardo Da Vinci, y después de recorrer el vestíbulo, los pasillos y las galerías que te lleva la sala más concurrida de todo el museo, ves la pintura, la reconoces, pero algo pasa, no está como la esperabas, la protagonista ha salido del cuadro, ahí está el fondo, el murete que tiene a sus espaldas y el emblemático paisaje en perspectiva que va de marrones y ocres a grises azulados. Sólo falta ella.
Lo mismo pasa si vas al Prado en Madrid, Ilusionado entras a la sala de Velázquez y al fondo, en el mejor lugar esperas ver a las famosísimas Meninas, pero han vaciado la habitación por completo y han sacado hasta al perro. Como si les hubieran dicho: ¡A tomar un descanso, chicas!, afuera todos, y usted también maestro Velázquez, que voy a barrer para que trabaje más a gusto, terminando les aviso para que sigan en lo suyo.
Me parece fantástico el trabajo de David, su obra nos permite apreciar el arte de un modo distinto, los fondos, los escenarios, la arquitectura, los paisajes al natural, la nueva composición de la obra nos obliga a re admirarla poniendo el foco en elementos distintos a los habituales y que quizá no habíamos visto.
Además, imagino que los personajes lo deben adorar, si les ha venido a dar un descanso. Imaginen la lumbalgia que tendrán las espigadoras de Millet, agachadas desde 1857, y el Saturno que muerde al hijo pero ni lo mastica ni lo traga nunca.
Celebro que la tecnología nos permita conocer y explorar e imaginar nuevas formas de arte y de comunicación, y celebro que haya artistas como David Bokeh que muestren su talento al mundo para seguir difundiendo el arte desde perspectivas nunca antes vistas. Bravo, David.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Muérase a Gusto y Descanse en Paz, Desde Ahora.

“Eso de morirme, sí lo pienso dejar hasta el final.” Creo que así lo dijo Germán Dehesa, y lo cumplió.
Morirse, no tiene por qué ser nuestro destino, pero siempre será el final de nuestro corto o largo camino. Y si bien algunos seres se han acercado a alcanzar la inmortalidad; “¿Quién podría decir que murió Beethoven?” por ejemplo, así preguntaba Facundo Cabral, lo cierto es, que a la mayoría de nosotros, dentro de tres o cuatro generaciones, nadie nos recordará, a menos que a través de nuestros actos o nuestras obras, logremos la mentada trascendencia que, si bien algunos buscan frenéticamente, a otros ni por casualidad les quita el sueño.
El punto a reflexionar es, que si de algo conviene estar conscientes; es de que algún día se nos terminará la pila para siempre, es decir que entregaremos el equipo, o simplemente moriremos. Eso no es ningún secreto, el gran misterio es que desconocemos cuándo y cómo ocurrirá. Aunque siendo optimistas, desconocer esos “pequeños” detalles, resulta un gran alivio, pues de lo contrario viviríamos como esperando la ejecución de una sentencia, o como quien mira el consumir del tiempo en un reloj de arena.
¿Quién se ha puesto a pensar seriamente en cómo será su propio funeral? ¿Quién estará presente y quién se hará cargo de todo? ¿Dónde será? ¿Quiénes asistirán? ¿Permanecerá el ataúd abierto o cerrado? ¿Qué pensará y qué comentará la gente que asista, cuando esté delante de nuestro cuerpo?
¿Y quién ha pensado en lo que pasará después? Cuando regrese la serenidad a la familia ¿Qué pasará con el dinero que tiene? ¿Alguien además de usted sabe en dónde lo tiene y podría disponer de él? ¿Qué pasará con la información que está en su teléfono y en su computadora? ¿Quién tendrá acceso a ella? ¿Quién seguirá pagando los servicios de su casa, la luz, el agua, el gas, y por cuánto tiempo? ¿Qué sucederá en su trabajo y qué pasará con la lista de pendientes y proyectos futuros? ¿Quién se quedará con su auto y sus propiedades? ¿Qué pasará con las cosas que son valiosas, y con aquellas que aun sin serlo, guardan algún valor estimativo?
¿Quién querrá sacar ventaja de su muerte? ¿Quién aprovechará su ausencia para beneficio personal? ¿Por qué no solucionar algunas cosas desde ahora? Ahora que podemos hacerlo, ahora que tenemos la oportunidad de dejar en regla nuestros asuntos y nuestros bienes, ¿Por qué no definir el destino que queremos para todas nuestras cosas? Y con ello hacer más llevadero el momento de la muerte para las personas que nos quieren.
En México tenemos un mes dedicado al testamento, eso sería lo ideal, hacer las cosas de la mano de un profesional, pero si no podemos o no queremos, al menos comencemos por poner en blanco y negro lo que es importantes para nosotros y los nuestros, y evitemos heredar problemas.
Escribamos y metamos en un sobre, las “Instrucciones para continuar viviendo, después de nuestra muerte.” Como una carta a nuestros deudos, pero que esté al alcance de la gente que nos quiere y que ellos lo sepan. Hagámoslo de manera responsable y descansemos en paz, desde ahora, mientras seguimos celebrando el milagro de la vida.
Para nosotros, hacerlo o dejarlo de hacer, no representará gran diferencia, pero para los que se quedan, será una de las mejores herencias que les podemos dejar, una forma de perpetuar aquello por lo que tanto vivimos.
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